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Quién escucha las llamadas de los presidentes

Las conversaciones de los jefes de Gobierno suelen estar grabadas o registradas en notas, y se clasifican según el grado de confidencialidad

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El presidente ruso, Vladímir Putin, en diciembre de 2018 en San Petersburgo.

Los registros de una conversación telefónica entre Donald Trump y Volodímir Zelenski ha desencadenado una tormenta política y un proceso de destitución del mandatario estadounidense. En ese caso, varios funcionarios tomaban notas que después se hicieron públicas. Cada país tiene unos protocolos para dejar constancia de las llamadas de sus líderes y cómo se clasifican en función de su grado de confidencialidad. A continuación, algunos ejemplos:

Rusia

Como EE UU, Rusia registra todas las conversaciones de Putin con los líderes internacionales. El Kremlin desea que las transcripciones de las llamadas del presidente, Vladímir Putin, y Donald Trump sigan siendo confidenciales. “Esperamos que en nuestras relaciones bilaterales, en las que abundan problemas bastante serios, no lleguemos a eso”, ha apuntado el portavoz del presidente ruso, Dmitri Peskov, tras el escándalo derivado de la conversación del presidente de EE UU con el de Ucrania, Volodímir Zelenski.

El Servicio Especial de Comunicaciones e Información del Servicio Federal de Seguridad, una de las agencias de inteligencia de más alto nivel de Rusia, es el que se ocupa de las conversaciones telefónicas del presidente. En ellas, cuenta una fuente de ese organismo al diario Moskovski Komsomolets, está presente un traductor —incluso si ambas personas tienen buen conocimiento del idioma común—, un ingeniero de comunicaciones y parte del equipo del mandatario. Hay registro de todas, aunque no se detalla si es siempre una grabación de audio o una transcripción o ambas. Y están consideradas secreto de Estado. Alguna vez, Rusia ha amagado con publicar alguna de esas conversaciones.

Francia

Las conversaciones del presidente con otros líderes quedan registradas en las notas de sus consejeros diplomáticos. Sin embargo, no todas las conversaciones quedan siempre registradas. Los documentos presidenciales se transmiten a los archivos una vez que termina el mandato y, a partir de este periodo, se mantienen en secreto durante 25 años, ampliables a 50 en el caso de que afecte a los intereses vitales del Estado.

Italia

Las conversaciones que mantienen los primeros ministros con otros jefes de Estado pasan a través de la oficina diplomática del Palacio Chigi, sede del Gobierno. Normalmente, explica un exjefe de Gabinete, “siempre hay alguien más que las escucha”. “Algunas se hacen a través de una línea protegida, otras no”, detalla. Las conversaciones suelen grabarse y archivarse. No son públicas. Solo se entregarían en caso de requerimiento de un juez, explican fuentes del Palacio Chigi.

La presidencia de la República, en cambio, actúa de modo distinto. Según explican en el Palacio del Quirinal, las conversaciones que mantiene el presidente actual, Sergio Mattarella, no se graban nunca.

Alemania

No se graban ni se registran las conversaciones telefónicas de la canciller, Angela Merkel. Otra cosa es que personas de la cancillería cercanas a Merkel y que formen parte del núcleo duro de la toma de decisiones puedan escuchar determinadas conversaciones con su consentimiento y cuando lo consideren necesario. Consultada la cancillería, declinan hacer declaraciones oficiales sobre lo que consideran un procedimiento interno.

Los servicios secretos alemanes no forman en ningún caso parte de ese grupo reducido. Desde la Oficina para la Protección de la Constitución (BFV, por sus siglas en alemán), los servicios secretos internos alemanes, indican a través de una portavoz: “No escuchamos ninguna conversación de la canciller Merkel”. Recuerdan que la privacidad de las comunicaciones está protegida por el artículo 10 de la Constitución alemana. “En Alemania, las comunicaciones están muy, muy protegidas. Aquí no sería posible [escuchar]”, añade la portavoz, quien detalla que solo en casos muy excepcionales de terrorismo se podría poner en pie una comisión del Gobierno ad hoc para permitir cierto acceso al contenido de las conversaciones. “Implicaría un procedimiento muy complicado”, añaden desde la BFV.

Con información de María R. Sahuquillo (Moscú); Daniel Verdú (Roma); Ana Carbajosa (Berlín) y Marc Bassets (París).

España, sin protocolos, deja manos libres a cada mandatario

Miguel González

El 11 de noviembre de 1989, sábado, el entonces presidente Felipe González llamó a La Moncloa a su principal asesor diplomático, Juan Antonio Yáñez. Mientras cuidaba sus bonsáis, el presidente preparó con su colaborador la conversación que iba a mantener con el canciller alemán Helmut Kohl, la primera tras la caída del muro de Berlín. Yáñez recuerda perfectamente los mensajes que González transmitió a Kohl: “Cuando un pueblo se pone en marcha no hay quien lo pare”, “ten por seguro que España estará con vosotros en este momento crucial” y “todo esto hay que hacerlo en el marco europeo”. El respaldo español a la unificación de Alemania, plasmado en aquella charla, frente a los recelos de otros socios europeos, fue crucial para que Berlín apoyara decididamente a Madrid en futuros debates clave de la UE.

En esa época no existían teléfonos móviles y los medios técnicos eran muy limitados, pero con frecuencia el propio Yáñez, o algún miembro del Departamento de Internacional de la Moncloa, asistía a las conversaciones de González con mandatarios extranjeros y posteriormente elaboraba una minuta sobre su contenido.

Eso siempre que se tratara de una conversación programada, ya que había muchas llamadas imprevistas o a horas intempestivas, sobre todo las de América, dada la diferencia horaria. En esos casos era uno de los ayudantes del presidente quien decidía si el asunto merecía despertarle. Y quien tomaba nota de lo hablado.

Un exmiembro del Gabinete de Mariano Rajoy explica que este preparaba con sus colaboradores las conversaciones con sus homólogos extranjeros, con un orden del día previamente pactado. Sin embargo, en el momento de la llamada, Rajoy se encerraba en su despacho sin más testigo que la intérprete, que estaba en otra sala. Nadie, asegura la misma fuente, escuchaba ni grababa la conversación por decisión del presidente, quien lo consideraba una falta de respeto a su interlocutor. Era el propio Rajoy quien tomaba notas y luego las dictaba al Gabinete, que elaboraba un informe.

Fuentes gubernamentales aseguran que con Pedro Sánchez sigue sin existir un protocolo sobre cómo abordar este tipo de conversaciones. Sólo confirman que las llamadas, cuando están programadas, figuran en la agenda del presidente, pero no su contenido. En La Moncloa no aclaran si alguien las graba o las escucha o si se transcribe o resume su contenido por escrito.

En cualquier país avanzado las conversaciones del presidente desde su despacho oficial y con mandatarios extranjeros son objeto de un informe que se incorpora al archivo de Presidencia del Gobierno. En España, sin embargo, los presidentes se resisten a reconocer la existencia de estos documentos o los tratan como si fueran suyos. Aznar borró los archivos informáticos de La Moncloa cuando perdió el poder y Zapatero se llevó la carta del Banco Central Europeo que le instaba en 2011 a realizar ajustes para publicarla en un libro de memorias.

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