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COLUMNA i

La potencia de la primera generación sin esperanza

Los adolescentes que lideran la huelga climática encarnan la más importante adaptación al planeta en colapso y demuestran que están más cerca de los pueblos de la selva que de sus abuelos de tradición europea

La activista sueca Greta Thunberg (centro), en una manifestación en Austria.
La activista sueca Greta Thunberg (centro), en una manifestación en Austria. AP

En mayo terminé una charla sobre la Amazonia y la creación del futuro, en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, afirmando que la esperanza, al igual que la desesperación, es un lujo que no tenemos. Con un planeta que se está sobrecalentando, no hay tiempo para lamentos ni melancolías. Tenemos que movernos, aun sin esperanza. Al terminar, un gran empresario brasileño hizo una manifestación apasionada en defensa de la esperanza y parte del público lo aplaudió con entusiasmo. La esperanza, y no la destrucción acelerada de la Amazonia o la emergencia climática global, fue el asunto del debate que siguió. Algunos entendieron que yo era una especie de enemiga de la esperanza y, por lo tanto, una enemiga de (su) futuro. La reacción revela este momento en que una jovencísima generación, la de los niños y adolescentes, le ha puesto el dedo en la cara a los adultos y le ha ordenado que crezcan.

La esperanza tiene una larga historia, y espero que algún día alguien la escriba. De las religiones a las filosofías, del marketing político al mundo de las mercancías del capitalismo. En un planeta con el suelo cada vez más movedizo, donde los estados-nación se desmontan, la esperanza ha ocupado progresivamente el lugar de la felicidad como un activo de mercado. ¿Recuerdan que hasta hace poco todo el mundo tenía la obligación de ser feliz? ¿Y quien afirmaba que no lo era tenía el alma deformada o estaba enfermo de depresión?

La “felicidad” como mercancía ya ha sido bastante disecada por diferentes áreas del conocimiento y por la experiencia cotidiana de cada uno. Convertida en producto del capitalismo, en el que era objeto de consumo que supuestamente se garantizaba con más consumo, hoy ha perdido valor de mercado, aunque eventualmente sigue abarrotando las estanterías de libros de autoayuda. La esperanza va ocupando su lugar en un momento en que el futuro se dibuja sombríamente como un futuro en un planeta peor.

Mi investigación personal sobre la esperanza empezó en 2015. Y vuelvo a ella dentro de unos párrafos. Lo que llevé para la parte final de mi charla fue lo que me parece más fascinante de esta época: la que quizá sea la primera generación sin esperanza. A la vez, también es la generación que ha roto el sopor de este momento histórico marcado por adultos infantilizados, que alternan la parálisis y el automatismo, también en el acto de consumir. Al romper el sopor, esta generación ha dado esperanza a la generación de sus padres. El impasse en torno a la esperanza revela el impasse entre la generación que ha llevado al paroxismo el consumo del planeta —la de los padres— y la generación que vivirá en el planeta agotado por sus padres.

“Nuestra casa está en llamas. No quiero vuestra esperanza. Quiero que entréis en pánico”

La generación sin esperanza tiene la imagen de Greta Thunberg, la chica sueca que, en agosto del año pasado, con solo 15 años, inició una huelga escolar en solitario frente al parlamento de Estocolmo. Y, desde entonces, ha inspirado dos huelgas globales de estudiantes por el clima, arrastrando a las calles del mundo a cientos de miles de niños y adolescentes en cada una de ellas. A Greta, que se ha convertido en una de las personas con más influencia del planeta en menos de un año, se la conoce por declaraciones tan brillantes como afiladas. En una, responde a los adultos que miran extasiados su cara de muñeca de souvenir y confiesan con ojos empañados que ella y su generación los llenan de esperanza. La adolescente, hoy con 16 años, les dice:

“Nuestra casa está en llamas. No quiero vuestra esperanza, no quiero que tengáis esperanza. Quiero que entréis en pánico, quiero que sintáis el miedo que siento todos los días. Quiero que actuéis, que actuéis como si vuestra casa estuviera en llamas, porque lo está”.

En general, después del susto inicial, los adultos vuelven al enamoramiento, no se lo tienen en cuenta por su “juventud”, “ya crecerá...” (y, quién sabe, ¿tendrá tantas esperanzas como ellos?). Y, así, intentan ignorar lo que dice sobre la esperanza, y sobre lo de actuar. Incluso los científicos y los activistas del clima, que conocen la realidad de la emergencia climática y se saben de memoria los números de la catástrofe, tienen cierta dificultad con esa afirmación. Temen que, si no hay esperanza, la gente se paralice y no reaccione ni presione a las autoridades para que se hagan políticas públicas de combate al sobrecalentamiento global, ni tampoco consiga adaptarse a los cambios (a peor) que ya han empezado a imponerse sobre el día a día.

El 24 de mayo, en la segunda huelga estudiantil global por el clima, unos 30 niños y adolescentes brasileños que protestaban fueron recibidos por el asesor de cambios climáticos de la Secretaría de Infraestructura y Medio Ambiente del Estado de São Paulo. Oswaldo Lucon, que también es miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambios Climáticos de la ONU, afirmó, según el periódico Folha de S. Paulo, que “pasar a los más jóvenes mensajes de total desesperanza puede no ser el mejor camino”. Ante el sentimiento de urgencia de los jóvenes, dijo que es “importante luchar, pero también intentar traer soluciones para los problemas”. Que deberían preocuparse por crecer para ocupar cargos públicos y también en las empresas para, entonces, tomar decisiones que produzcan cambios. El problema, para sus jóvenes interlocutores, es que solo tenemos 11 años para impedir que el planeta se caliente más de 1,5 grados centígrados, lo que parece tremendamente difícil con el actual cuadro de adultos al mando. Los estudiantes en huelga climática saben que no queda tiempo, que tienen que sacudir a esos hombres y mujeres crecidos pero atontados, antes de que sea demasiado tarde.

La declaración del adulto en la sala fue bienintencionada, como también son bien intencionados muchos adultos que enfrentan el mayor desafío de nuestra especie en toda su trayectoria: la alteración del clima del planeta provocada por la acción humana. La cuestión que los adultos parecen no entender es que hay un cambio en el modo de pensar. Un cambio profundo. Mi hipótesis es que, sin este cambio en el modo de pensar, los adolescentes de la generación de Greta no conseguirían hacer lo que hacen. Me refiero a Greta porque ella es el principal icono de esta generación, pero otros líderes de la juventud por el clima ponen la esperanza en un lugar menos estratégico que la generación de sus padres. No me parece que tengan ningún problema con la esperanza ni que esté en su horizonte inmediato de preocupaciones. Solo que en su vida no es tan importante como lo es en la vida de sus padres. La esperanza aparece en el discurso porque la provocan los adultos.

Al decir que no tienen esperanza y que no quieren dar esperanza a nadie, mucho menos a quienes son en gran parte responsables del legado de un planeta agotado, los adolescentes demuestran tener una aguda intuición. Rechazan el discurso hegemónico y también la idea de un discurso hegemónico. Europa, de donde vienen Greta y la mayoría de los líderes estudiantiles por el clima, es la que discursa no solo sobre qué es la propia Europa, sino sobre todos los demás, la que discursa sobre la humanidad y también sobre civilización y barbarie. La esperanza está embutida en este paquete de la “tradición occidental”. Al rechazar la idea fácil de esperanza, los adolescentes intuyen —o concluyen— que, si quieren enfrentar la vida en el planeta que vendrá, tendrán que rechazar esa matriz de pensamiento o no tendrán ninguna oportunidad.

Se niegan también a ser consumidos por los adultos asustados, pero siempre ávidos por cuerpos jóvenes, como toda generación que envejece y pasa a temer la muerte. La de los adultos actuales tiene la particularidad de ser una generación fuertemente influida por Estados Unidos y su esperanza de exportación, alimentada por Hollywood primero, por el Valle del Silicio después. Si se vuelven fuentes de esperanza, los estudiantes por el clima pasan a ser adornos cucos en tiempos de tinieblas, miniaturas que se venden en las tiendas de fruslerías. Greta se reduciría a una redonda carita de porcelana. No se alzaría a la potencia que efectivamente es.

Negarse a ser objeto de esperanza es negarse a ser consumida por el engranaje que ya ha engullido a rebeldes mucho mayores y experimentados y ha masticado insurrecciones con todos los dientes, solo para escupirlas a continuación. De alguna manera, la juventud por el clima parece intuir también que hay que hacer que estos adultos renuncien a la muleta de la esperanza, porque con ella continúan en su largo sopor en un sofá metafórico mientras, como dice Greta, “nuestra casa está en llamas”.

Debe de ser aterrador tener como padres a mi generación o a la inmediatamente posterior, que todavía es más débil

Puedo imaginarme cómo puede llegar a ser de aterrador tener como padres a mi generación o a la inmediatamente posterior, que me parece todavía más aletargada porque está mimada por el supuesto “derecho” a consumir. Estos niños y adolescentes ven la casa quemando, sienten el calor del fuego y el sabor agrio del humo tóxico invadiendo sus pulmones. Y sus padres ahí, cuidando de otros asuntos. Se dan cuenta de que, si no hacen algo, están acabados, porque son ellos los que vivirán en un planeta mucho peor. A la vez, son estos adultos los que están en el poder y (no) tomando las decisiones necesarias. Cuando finalmente alguien se les enfrenta, los adultos o reaccionan con represión, al sentirse alcanzados en la autoridad que les confiere la edad, o exigen esperanza. Es, como mínimo, enervante.

El punto más interesante es que la demanda de esperanza de los adultos choca con la lógica. El discurso general es de que, sin esperanza, las personas no lucharán contra el sobrecalentamiento global. Y la realidad muestra que las personas que están cambiando el paradigma de la lucha, hecho reconocido por los científicos y los activistas del clima más veteranos, afirman que no tienen esperanza, o que tener esperanza no es lo más importante en este momento. Quien ha roto el sopor de la especie son estos adolescentes que quieren que los adultos entren en pánico inmediatamente y empiecen a actuar ya.

Somos testigos, sin darnos cuenta de la grandeza del hecho, de la más fascinante adaptación a la emergencia climática del planeta

En lugar de rechazar lo que dicen, los adultos deberían escucharlos con toda la atención. Somos testigos, quizá, de la primera generación que se da cuenta de que no hay tiempo para esperar que los padres solucionen el problema que, hasta hoy, solo han empeorado, y mucho. Como ya escribí en un artículo anterior: “Nunca ha habido nada parecido en la historia. En ninguna historia. Las crías intentan salvar el mundo que los especímenes adultos destruyen sistemáticamente. Se necesitarán muchos años de estudio para entender los efectos de esta inversión sobre la forma de comprender el mundo y el lugar que ocupan los que serán adultos mañana. Pero, para ello, antes hay que tener un mañana”.

Dicho de otro modo. Somos testigos de una nueva forma de pensamiento adaptada a la nueva realidad del planeta. Mi hipótesis es que somos testigos de una adaptación a la emergencia climática. Producida a nivel subjetivo, esta adaptación está generando acontecimientos en el planeta. Después de que los científicos y los activistas del clima hayan gritado solos durante décadas, el mundo finalmente empieza a escuchar que la casa se está quemando porque la nueva generación, la que prescinde de la esperanza, es quien lo está diciendo.

Y lo está diciendo con nuevas palabras. En mayo, el periódico The Guardian anunció que cambiaría su manual de estilo para utilizar un lenguaje más preciso para informar: en lugar de “climate change” (cambio climático), empezó a utilizar “climate emergency, crisis or breakdown” (emergencia climática, crisis climática o colapso climático); en lugar de “global warming” (calentamiento global), “global heating” (expresión de difícil conversión, que traduzco como “sobrecalentamiento global”). La presión por los cambios realizados en el lenguaje la hicieron, en parte, líderes jovencísimos como Greta Thunberg.

Movimiento y esperanza no están conectados, como prueban, día tras día, los (extremamente) jóvenes activistas del clima. Es posible actuar sin esperanza. Pero, como me dijo Anuna de Wever, líder belga de la juventud climática, con la alegría de estar juntos, de hacerlo juntos. Su respuesta remite a otra urgencia: la de tejer lo “común”, la de hacer comunidad. No clan, ni nación. Sino comunidad. También es comunidad lo que la joven generación de activistas climáticos hace en el mundo, en cada huelga estudiantil del clima. Derribando fronteras y echando abajo los muros en nombre de lo “común”: la lucha contra el sobrecalentamiento global, la batalla contra los señores del mundo que están agotando el planeta y haciendo que no exista un mañana para los que vienen después, el enfrentamiento de la lógica capitalista del consumo engullidor de mundos.

Somos testigos, muchos sin darse cuenta de la grandeza de lo que ven, de la especie reinventándose (o, siendo más precisa, desinventándose) para sobrevivir en un ambiente hostil. Y haciéndolo no solo mientras se quema su casa, sino mientras en el planeta dirigido por adultos se multiplican los gobiernos populistas de extrema derecha dedicados a construir muros y armar fronteras. La lucha del presente puede resumirse entre los que tejen un común y los que rasgan la posibilidad de lo común, como el gobierno de odio de Jair Bolsonaro en Brasil, el gobierno de muros de Donald Trump en Estados Unidos, y todas las crías monstruosas de los nuevos fascistas.

Los populistas de extrema derecha niegan el sobrecalentamiento global porque mueren de miedo de que se cree lo común

No es mera casualidad que los populistas de extrema derecha nieguen la emergencia climática. Saben que en la lucha contra el sobrecalentamiento global la humanidad puede unirse para tejer un común. Hoy, tiemblan de miedo ante los niños que les ponen el dedo en la cara, e intentan convertirlos en objetos de consumo. Cuando no lo consiguen, se inventan conspiraciones para descalificarlos, como hacen tanto la extrema derecha como la extrema izquierda, siempre tan parecidas. También en este punto entra la demanda por esperanza. “No es que estos niños no tengan esperanza, es que todavía son muy jóvenes, no entienden el mundo”, oigo decir. Claro, quien entiende el mundo son estos seres experimentados que destruyen el planeta cada día con más ahínco.

En un bello texto publicado en la revista de psicoanálisis Percurso, del Instituto Sedes Sapientiae, uno de los adultos más interesantes que viven en Brasil, el filósofo Peter Pál Pelbert, escribe sobre lo “común”:

“Quizá el desafío sea abandonar la dialéctica del Mismo y del Otro, de la Identidad y de la Alteridad, y rescatar la lógica de la Multiplicidad. Ya no se trata, solo, de mi derecho a ser diferente del Otro o del derecho del Otro a ser diferente de mí, preservando en todo caso entre nosotros una oposición. Ni siquiera se trata de una relación de apaciguada coexistencia entre nosotros, donde cada uno está atado a su identidad como un perro a un poste, y, por lo tanto, encastillado en ella. Se trata de algo más radical, en estos encuentros, de también embarcar y asumir rasgos del otro, y con eso a veces hasta de diferir de sí mismo, despegarse de sí, desprenderse de la identidad propia y construir su deriva insólita”.

Este pasaje me evocó de inmediato esta joven y nueva generación de activistas del clima que todavía está en lo que llamamos pubertad. Esta joven generación que reivindica lo nuevo, que, más que reivindicarlo, “es” lo nuevo. También indica cuán necesario es dejar de ser ese perro atado al poste del que habla el filósofo para arriesgarse a otras identidades posibles en un mundo alentado por lo imposible. Cuán necesario es desplazarse de sí para experimentar otra experiencia de ser, y de ser juntos. Empezando por entender que mi andamiaje de experiencias no cubre todo el mundo. Y, también por eso, necesito al otro, para que pueda enseñarme a ver, y al ver con él asumo sus rasgos sin temer perder los míos.

Al final, el filósofo escribe, refiriéndose al poeta palestino Mahmud Darwish: “La mejor respuesta está en el poema de Darwish, que la pone en boca de Saïd. ‘Si me muero antes que tú, dejo como legado lo imposible’. Y Darwish pregunta: ‘¿Está muy lejos lo imposible?’. Y la voz de Saïd responde: ‘A una generación de distancia’. Es casi Kafka: ‘Hay mucha esperanza, una esperanza infinita, pero no para nosotros’”.

Pienso que lo imposible es la condición de esta generación que ya no está a distancia. Pienso que, ante lo imposible, tenemos que crear un ser nuevo, hacer algo que nunca hemos hecho, arriesgarnos a ser lo que no sabemos.

La historia no termina mientras tengamos memoria

La cuestión de la esperanza surgió, para mí, mientras seguía la construcción de la central hidroeléctrica de Belo Monte y la destrucción del río Xingú, en la selva amazónica. Una —la construcción— dio como resultado la otra —la destrucción—. Vi a personas que lucharon contra la muerte y que vieron a sus compañeros caer a tiros en las luchas del pasado por la selva, pero que solo en aquel momento sentían que habían llegado al fin de la historia. Belo Monte se erguía violando todas las leyes y violando también los cuerpos de los más frágiles —y todavía lo hace—, durante el gobierno del PT, partido que habían ayudado a fundar. Las casas eran destruidas e incendiadas, la selva quemaba, los animales morían ahogados, en convulsión. El mundo amazónico se transfiguraba.

Lo que vimos y vivimos fue exceso de lucidez, una inmersión, casi ahogamiento, en la oscuridad más profunda de los acuerdos del poder y de las estructuras de la sumisión, de la política de control de los cuerpos, de todos los cuerpos, el del río, el de los árboles, el de los animales, el de los humanos.

Pero la historia no tiene fin mientras tengamos memoria. Y, por eso, yo, como otros, nos hemos dedicado a la memoria. Ahí percibí que me había convertido en otra yo, junto con los otros que también se habían convertido en yo y otros. Me descubrí un yo sin esperanza. Y descubrí que no era triste, tampoco desesperada. Esas oposiciones ya no reverberaban en mí. La esperanza ya no era una cuestión porque no la sentía ni como falta, porque ya no me faltaba. La esperanza se desimportaba de mí, y yo me desimportaba de ella.

Lo que me fascinaba en aquel momento, y todavía me fascina, era la alegría de estar juntos incluso en la catástrofe, un “fenómeno” que primero vi, después experimenté, junto con los ribereños expulsados por Belo Monte, los refugiados dentro de su propio país, como los llamé. La alegría como acto de insurrección, como el dedo metido en el ojo del huracán, barrenando la córnea del opresor. No sustituí la esperanza por la alegría, lo digo antes de que se me malentienda otra vez. Me convertí en otra manera de ser/estar en el mundo. Una que ríe aunque sea por descaro y que es capaz de luchar aun sabiendo que va a perder. Me poseyó la vida feroz.

En 2015, pensé en contarlo en este espacio. Escribí una columna titulada “En defensa de la desesperanza”. Hoy parece un pasado tan distante y lo que era malo se volvió peor, pero en el Brasil de 2015 las personas temían que el año nunca acabara, y yo pensé que podría colaborar contando lo que había percibido y aprendido. Escribí: “Tal vez haya llegado el momento de superar la esperanza. Autorizarse a la desesperanza o al menos no linchar a quien a ella se autoriza. Quiero afirmar aquí que, para hacerle frente al desafío de construir un proyecto político para el país, la esperanza no es tan importante. Creo, de hecho, que está sobrevalorada. Tal vez haya llegado el momento de entender que, ante tal coyuntura, es necesario hacer lo mucho más difícil: crear/luchar incluso sin esperanza. Lo que va a coser los trazos de Brasil no es la esperanza, sino nuestra capacidad de hacerles frente a los conflictos, incluso cuando sabemos que vamos a perder. O luchar incluso cuando ya se ha perdido. Hacer sin creer. El hacer como un imperativo ético”.

Como los años siguientes mostraron, la mayoría de los brasileños, a la derecha pero también a la izquierda, prefirió no hacer frente a los conflictos y a las contradicciones, sino poner en su lugar el odio y la falsificación. El resultado lo estamos viendo. Y viviendo.

Recuerdo que un año antes, en la Fiesta Literaria Internacional de Paraty, la FLIP de 2014, el antropólogo Eduardo Viveiros de Castro dijo: “Los indígenas entienden de fin del mundo porque su mundo acabó en 1500”. Su provocación se refería al hecho de que, quizá, si tienen ese deseo, los indígenas pueden enseñarnos a vivir después del fin del mundo representado por la emergencia climática, porque entienden de fin del mundo, ya que el suyo acabó con la invasión europea.

Al sumergirme en el río del pensamientos, entendí que la catástrofe no es el fin, está en el medio

La frase me impactó a mí y a todos los que estábamos allí, pero solo la entendí por completo cuando me fui a vivir a la Amazonia y me expuse a otros modos de vida. Y otros modos de vida son también otros modos de pensamiento. Al sumergirme en el río de pensamientos, entendí que la catástrofe no es el fin, está en el medio. Lo entendí con mi cuerpo —lo que constituye una diferencia crucial— al convivir con personas que habían vivido varias catástrofes, personas para las que el mundo se había transfigurado varias veces, y la vida se inventaba por medio de la resistencia. Pero una resistencia con una dimensión diferente de la que conocemos a partir de la experiencia occidental blanca. Una resistencia que no es la de la carga o la cruz, la de la resignación martirizada, ni la de la venganza y la espada. La risa de descaro era parte de esa resistencia, que Viveiros de Castro denomina “rexistencia”: “Los pueblos indígenas no pueden resistir so pena de no existir como tales. Su existir es eminentemente un resistir, que condenso en el neologismo rexistir”.

En el Xingú, donde el Estado y la Norte Energía S.A. construyeron ruinas de grandes dimensiones, vi —y viví con— personas que existían porque resistían, y resistían para existir. Lo que me impresionó, al empezar a escuchar a las chicas y a los chicos de la huelga estudiantil por el clima, fue cómo esta juventud europea, mayoritariamente blanca y de clase media, se ha aproximado tanto al pensamiento de los pueblos de la selva sin nunca haberlos conocido. ¿Por qué caminos invisibles sus pensamientos se han encontrado, cómo se ha creado este diálogo que ha sucedido sin nunca haber sucedido?

Quizá, pero solo quizá, porque solo estoy empezando mi investigación, sea la catástrofe en medio de las vidas, la catástrofe que no se vive como el fin de la historia. La de los pueblos de la selva, que ya han vivido la catástrofe y están amenazados con vivirla otra vez, la de los adolescentes que saben que tendrán que vivir en un planeta poscatástrofe, o “encatástrofe”. Esta percepción del mundo, de la vida “encatástrofe”, altera el cuerpo entero, y también el modo de poner el cuerpo en el mundo. Es un cuerpo en estado de movimiento. O “moviente”.

Lo que se disputa hoy no es el futuro, sino los pasados que nunca han existido

Escribí, meses atrás, en mi columna en el periódico El País de Madrid, que hoy la disputa se da sobre los pasados. Del Brexit al trumpismo y al bolsonarismo, el debate del presente ha abandonado el horizonte del futuro para dedicarse a pasados que nunca han existido. Caricaturas como Donald Trump y Bolsonaro consiguen tanto apoyo (también) porque la dificultad de imaginar un futuro donde se pueda vivir ha alcanzado niveles inéditos: por primera vez, el mañana se anuncia como catástrofe. No como una catástrofe posible, como en el período de la Guerra Fría y la bomba atómica. Sino como una catástrofe difícilmente evitable, ya que es casi seguro que la Tierra se caliente por lo menos 2 grados centígrados. Pero eso siendo optimistas. Los hechos indican que nos estamos dirigiendo hacia un aumento de 3 o 4 grados, lo cual tendrá un impacto absolutamente tremendo.

La sensación de “ningún futuro” tiene como efecto subjetivo inventarse pasados a los que presuntamente se podría volver. Los británicos que votaron a favor del Brexit creen que podrán volver a una Inglaterra poderosa y sin inmigrantes. Los blancos del interior de Estados Unidos creen que Trump les puede devolver un país donde los negros eran subalternos y, como ellos, cada “cosa” estaba en su lugar y cada uno podía vivir sabiendo qué lugar ocupaba cada cosa. Los electores de Bolsonaro niegan toda la tortura y los asesinatos cometidos por los agentes del Estado durante la dictadura, o lo justifican, porque prefieren creer que vivían en un país donde había “orden” y “seguridad” —“y los hombres era hombres y las mujeres eran mujeres” y los hombres no tenían relaciones sexuales con hombres ni las mujeres con mujeres— y pueden volver a vivir en él.

Como se sabe, esos pasados nunca han existido inmunes a vastos conflictos y enormes violencias, pero ¿quién va a decir lo que ha existido? Así, el populismo de extrema derecha disputa el pasado como estrategia de ocupación de poder mientras trabaja en la destrucción sistemática de la memoria, aunque para eso tenga que destruir los cuerpos que la abrigan.

Los populistas como Bolsonaro reciben la adhesión de seguidores que se comportan en la política como creyentes religiosos, aun cuando son ateos, porque, por primera vez en la trayectoria humana, el futuro, en gran medida, está dado. Sabemos que viviremos en un planeta mucho peor. Lo que se disputa, de hecho, es si las condiciones de vida en la Tierra serán malas u hostiles, que es muy diferente. Lo que se disputa también es cómo vamos a lidiar con ello. Los que niegan la realidad, sin embargo, disputan un pasado para ponerlo en el lugar del futuro que no consiguen enfrentar. La negación, en general, es desesperada. Y la desesperación es un gran activo del odio.

Pero ¿qué es el futuro a fin de cuentas? El futuro también tiene que desinventarse como concepto de futuro para que se vuelva a imaginar. O el futuro tiene que despegarse de los conceptos hegemónicos de futuro para abrirse a otras posibilidades de ser pensado como futuro. Quizá no tenga ni siquiera el nombre de futuro, sino otros. Hay que desgarrarse de las matrices de pensamiento europeas y de las estructuras lógicas establecidas por los inventores de la civilización que nos ha traído hasta este momento límite. Este futuro desinventado de futuro lo están tejiendo las experiencias de minorías venidas de otros territorios cosmopolíticos. Entre tantas malas noticias, hay una muy buena: por caminos sorprendentes, la joven generación de suecas está viniendo como indígena.

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes – o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos, y de la novela Uma Duas. Sitio web: desacontecimentos.com. E-mail: elianebrum.coluna@gmail.com. Twitter: @brumelianebrum.Facebook:@brumelianebrum

Traducción de Meritxell Almarza.

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