Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

En defensa de la desesperanza

Ante la actual coyuntura y un año que no acabará nunca, es hora de superar la esperanza

Impeachment de Dilma en Brasil
Diputados celebran la formación de la comisión que estudiará el 'impeachment'. Câmara dos Deputados

La esperanza es consenso. Al mismo tiempo amalgama,exhortacióny virtud. Aquel que acusa al otro de causar desesperanza se presenta a sí mismo como un portador de esperanza. Jamás, bajo ninguna hipótesis, como un desesperanzado. El desesperanzado es un paria político, es un paria social, es incluso un paria doméstico. El desesperanzado no tendría nada que ofrecerse a sí mismo, a los demás o al país. Solo encuentra un poco de compasión si, en vez de desesperanzado,acata el diagnóstico de “depresivo” y pasa a consumir drogas legalespara “curarse”. Entonces ya no es un desesperanzado, sino un“enfermo”. Para el enfermo hay perdón.

La esperanza es la creencia de que une todos los credos, inclusive la falta de credo. Exige fe y, por lo tanto, adhesión. Si la niegas, te conviertes en un riesgo para todos los creyentes.

Quiero hacer aquí una defensa de la desesperanza, en este momento tan agudo de Brasil.

Antes, algunas consideraciones sobre el abismo.

1)  La falsa polarización

El acto contra el proceso de destitución de Dilma Rousseff (PT) puso a más gente en las calles de Brasil que el acto a favor de la destitución. En esta confrontación puntual, los “contra el golpe” vencieron los “a favor de ladestitución”. Entre “a favor de ladestitución” y “contra el golpe”, ¿dónde estamos? En el reino de la falsa polarización, que solo sirve para reducir la política y encubrir el agujero más grande, aquel que continuará justo aquí, con o sin la destitución de la presidenta. Ahí radica la obscenidad.

El país parece condenado a poner de nuevo en escena la polarización, como una especie de encantamiento macabro, un bucle maldito.En cierto modo, lo que sucede ahora, con el tema de la destitución, es una vuelta a la campaña electoral de 2014. Dilma ganó de Aécio Neves (PSDB) por un margen pequeño. Posiblemente habría perdido, si no fuese por el voto útil o el voto crítico de una parte de la izquierda que, a pesar de no tener ningún respeto por su primer mandato, creía que ella era la opción menos mala. O creyó en el famoso “giro a la izquierda”.

En aquel momento, las redes sociales se habían convertido en una carnicería, volaban pedazos de izquierda hacia todos lados. Quien no apoyaba a Dilma era considerado un “traidor”. Amistades se rompieron, matrimonios temblaron, se volvió difícil caminar por cualquier calle, virtual o concreta, sin salir con el alma o el cuerpo despellejado. Hay quien llegue a la Navidad del año siguiente sin haberse reconciliado. Incluso así, Dilma ganó. E, incluso así, 37 millones —la suma de los votos nulos y en blanco y de las abstenciones— no le votaron ni a Dilma ni a Aécio. La tesis de la polarizaciónoculta diferencias y complejidades, vuelve homogéneo aquello que no lo es.Falsifica la coyuntura del país.Escribí sobre eso en el artículo tituladoLa herencia más maldita del PT, publicado tras la primera manifestación contra Dilma Rousseff y el partido, en marzo de 2015.

Hoy en día, hay gente en el propio PT que lamenta la victoria, convencida de que lo mejor sería haber mentido menos en la campaña, incluso a expensas de una derrota, y recomponerse en la oposición con vistas a 2018. Hay quienes crean que habría sido mejor para el PT y mejor para el país, que podría beneficiarse más de tener al partido en la oposición que en el poder. Pero, como se sabe, el “qué pasaría si” no sirve para nada.

Hoy en día hay dos cosas indefendibles: el proceso de destitución y el gobierno de Dilma Rousseff”

Al final del primer año del segundo mandato de Dilma Rousseff, el peor primer año de cualquier gobierno, al menos desde la redemocratización del país, la falsa polarización se reedita en torno al “a favor del proceso de destitución” versus “contra el golpe”. Se han producido algunas escaramuzas en las redes sociales, tanto a la derecha como a la izquierda. A la derecha, porque una parte no se sumó la tesisde la destitución debido a varios factores, entre ellos el hecho de que el comandante del proceso esEduardo Cunha, el perverso que goza en nombre de Jesús.A la izquierda, porquemuchos consideran que es imposible defender el gobierno de Dilma Rousseff. Se ensayó un “traidor” aquí, otro allá, a los que se negaron a unirse a las filas del “a favor del proceso de destitución” o “contra el golpe”, pero con mucha menos convicción que en la campaña electoral. Una frase que circula por las redes tal vez resuma la situación sin salida a la que se enfrenta la parte de la sociedad que desafía la polarización: “Hoy en día hay dos cosas indefendibles: el proceso de destitución y el gobierno de Dilma Rousseff”.

Incluso así, los movimientos sociales salieron a las calles para defender la bandera de que la destitución es un golpe encubierto, para que la presidenta entendiese, al fin, “quién estaba con ella”. El tal del “giro a la izquierda”. Algunos sectores celebran la baja de Joaquim Levy en el Ministerio de Hacienda como un primer resultado de este apoyo. Pero el historial de Dilma Rousseffno es bueno en este sentido. Cada vez que la cosa se ponía fea, ya fuese cuando corría el riesgo de perder las elecciones, o ahora, cuando corre el riesgo de que la quiten del poder mediante el proceso de destitución,se puede oír su grito: “¡Llama a los movimientos sociales para que defiendan al gobierno!"

Con ellos, se hace posible presentar la narrativa como una lucha entre las fuerzas conservadoras y las progresistas.Si valen las experiencias anteriores, en seguida la presidenta se olvida de que necesita hablar con las bases. Dilma es tan explícita en su falta de paciencia que, en su discurso de victoria, en 2014, se irritó con aquellos que, tras dar la sangre en las elecciones (en algunos casos, literalmente), interrumpían su discurso con aplausos y vítores.

La realidad, sin embargo, no se reduce al pastiche que quieren hacer de ella.

2) ¿Ha quedado gobierno que defender?

La pregunta más difícil para quienes no se suman a la tesis de la destitución es: ¿Hay gobierno que defender? ¿Qué se pierde, de hecho, sin Dilma Rousseff como presidenta?

La cuestión de la legalidad, es conveniente dejarlo explícito, no es pequeña. Dilma ganó las elecciones, y a quien no le guste tendrá que esperar las próximas para cambiar al gobernante. Esta es una lección importante de la democracia: incluso habiendo descubierto que el propio voto fue desastroso hay que responsabilizarse de él como adultos. Incluso habiendo perdido, hay que respetar el voto de la mayoría. Respetar esta regla básica es fundamental, más aún para una democracia tan frágil como la brasileña. Hay dudas considerables sobre la legitimidad de las razones alegadas para un proceso de destitución, desde el punto de vista legal. Y, aunque se sepa que una destitución es un rito mucho más político que legal, vale la pena repetir que eso no es poco ni es una cosa de importancia menor. La destitución de un presidente es algo demasiado serio como para no haber un consenso mínimo sobre la legitimidad del pleito, como lo había en el caso de Fernando Collor de Mello. Al ampliarse aún más las grietas, en lugar de la confrontación honesta de nuestros conflictos históricos, puede volverse más difícil para el país seguir adelante.

¿Cómo defender al gobierno, si ya no hay gobierno que defender?

Dicho esto, vale la pena detenerse en la siguiente cuestión: ¿Qué ha quedado de este gobierno y de esta presidenta? Para mantenerse en el poder, Dilma Rousseff y el PT han hecho concesiones más allá de cualquier límite, han roto la barrera de la decencia. No han entregado todo, pero casi. Se pueden escribir varios libros sobre el mostrador de chantajes en el que se negoció lo innegociable, temas cruciales para el país comercializados como si salchichas fueran.En la lucha libre a la que el PT se tiró ante la posibilidad concreta de perder el poder, el partido perdió el gobierno.No todo, peroes posible que haya llegado al punto de no retorno. Así que el final de 2015 revela un escenario trágico: ¿Qué defender, a final de cuentas? ¿Cómo defender al gobierno si ya no hay un gobierno al que defender?

Este es un dilema que les ha quitado el sueño y la razón incluso a militantes fieles. Tal vez el ejemplo más emblemático sea la entrega del Ministerio de la Salud al PMDB en la última reforma ministerial, hecha a medida para obtener apoyo en un Congreso hostil, donde incluso los pececillos se convirtieron en tiburones al sentir el olor a sangre. No se trata apenas del ministerio con el presupuesto más elevado, sino de un ministerio estratégico parapolíticas públicas esenciales y para el sistema público de salud, del que dependen decenas de millones de brasileños para vivir en vez de morir. Un ministerio estratégico para causas muy importantes para el PT, aquellas de identidad, las que fueron la propia razón de existir del partido.

Los efectos del desmantelamiento del ministerio y de las políticas públicas en marcha en materia de salud, por citar solo este caso entre tantos, solo empiezan a aparecer. El 10 de diciembre, el nuevo ministro de Salud, el psiquiatra Marcelo Castro (PMDB), eligió para la Coordinación de Salud Mental, Alcohol y Otras Drogas un nombre que muchos creían enterrado en un pasado oscuro: Valencius Wurch Duarte Filho. Sin dejar de reconocer los límites de la reforma psiquiátrica, que hasta la fecha no se ha completado, la elección de Wurch es un escarnio. Por si sola ya configura, simbólicamente, un retroceso de al menos dos décadas. Wurch fue director, en los años 90, de la Casa de Salud Dr. Eiras, en Paracambi, Río de Janeiro, identificada como el manicomio privado más grande de América Latina. Después de varias denuncias de violaciones de los derechos humanos a lo largo de los años, en el contexto de la lucha contra los manicomios y de la reforma psiquiátrica, la casa al fin se cerró, en 2012. Las escenas encontradas allá evocaban un campo de concentración.

La ciencia es como Dios. A falta de argumentos, siempre hay quien llame a una o a otro

Pero, mira por dónde, se olvida ¿o se recuerda? el pasado y Valencius Wurch reaparece en 2015 ya no al mando de un manicomio, sino de algo mucho mayor, al ser nombrado jefe de la entidad que determina la política de salud mental del país. Frente a las protestas en varios estados y capitales de Brasil y también de figuras internacionales de referencia en el área, el ministro Marcelo Castroinvocó a la “Ciencia”.La Ciencia es como Dios. A falta de argumentos, siempre hay quien llame a una o a otro.

En este campo minado —y altamente lucrativo, tanto para quienes ganan dinero con internaciones psiquiátricas como para la industria farmacéutica—, es común que una parte de los psiquiatras recurran a la “Ciencia” para defender su feudo ante el avance de otros enfoques sobre el sufrimiento psíquico. Esta vez, invocar a la “Ciencia” o una elección “técnica” no funcionó, ya que el desempeño “científico” de Wurch es insignificante y el de su predecesor destituido, Roberto Tykanori Kinoshita, bastante vistoso. Trabajadores, pacientes y familiares ocuparon las salas de salud mental del ministerio como un acto de resistencia.

La elección de un exdirector de manicomio para el mayor cargo del área de salud mental revela que hoy, en Brasilia, cuando ya se han superado todos los límites, impera la incerteza de que es posible decir y hacer cualquier cosa y seguir incólume. Pero hay un aspecto interesante en esta elección del ministro que se llevó el ministerio en el mostrador de los chantajes: ante la perversión de su propio nombramiento, nada más lógico que llamar a un director de manicomio. Después de todo, la elección de Valencius Wurch puede haber sido tan solo un acto fallido del psiquiatra.

Hay ejemplos como este en diversas áreas importantes para la historia del PT, y hoy en día los focos de resistencia en los que todavía quedan algunos principios de base son cada vez más escasos. Incluso aunque la destitución no se concrete, e incluso aunque Dilma Rousseff termine el mandato para el cual fue elegida, parece una posibilidad remota en la actual coyuntura que ella recupere el poder de hecho. Y tampoco se sabe qué ha quedado del PT, en el sentido de aquello que hizo que el PT representase el proyecto político de al menos dos generaciones de izquierdas.

Muchos se aferraban a políticas públicas como las llevadas a cabo en el área de la salud mental — por permanecer en el mismo ejemplo — para decir que un gobierno del PT aún marcaba la diferencia. Si hasta eso se ha vendido en el mostrador de salchichas, ¿qué ha sobrado? ¿Cuál esporqué? Si en nombre de la “gobernabilidad” se ha perdido el gobierno, la pregunta es seria y también honesta: ¿Ha quedado algo que defender?

3)Cuando había un gobierno, ¿era defendible?

Esta es una cuestiónaún más espinosa. Y no hay una respuesta fácil, ni que “sí” ni que “no”. Creo que Brasil, en muchos aspectos, es mejor después de PT. Pero se puede decir que, en vez de enfrentarse a los conflictos históricos, estructurales, del país, la opción del PT en el poder, con algunas excepciones, fue acomodarlos. Y la acomodación es siempre temporal. Se puede simplificar(espero que no demasiado), diciendo que la cuestión central en Brasil hoy continúa siendo que, para reducir la desigualdad, es necesario tocar los privilegios. No solo económicos y sociales, sino también culturales. Las élites tendrán que perder, mucho más que el “derecho” a no tener a un pobre y negro a su lado en el avión.

Lula, el conciliador, trató de hacer magia, aquella en la que todos ganan sin que nadie tenga que perder. Financió esa magia con las materias primas y con un irrecuperable costo naturaleza.La magia se ha agotado, el encanto se ha roto. Y Brasil, más violento hoy, también porque hay más gente que tiene qué perder —y está corriendo el riesgo de perderlo— se encuentra ante su llaga histórica, que se puede resumir en una frase que se ha convertido casi en un mantra:“Si la paz no es para todos, no será para nadie”.

El PT no hizo la reforma agraria ni tocó los ingresos de los más ricos. El desempeño en la demarcación de las tierras indígenas fue vergonzoso, en especial con Dilma Rousseff. El PT también retrocedió al afrontar temas como el aborto, la homofobia y las drogas. Y avanzó muy poco en el flagelo nacional, factor clave de la desigualdad, la educación. El lema “Patria Educadora”, de este mandato, ya nació muerto a manos de los profesionales de marketing. La propia ascensión de lo que se acordó llamar la “nueva clase media” o “clase C”, como medida de una inclusión no solo, sino principalmente mediante el consumo,empieza a estar en peligro por la crisis económica. Y el programa Bolsa Familia, obligatorio ante la indigencia criminal de una parte de la población brasileña, ha avanzado poco más allá de la política compensatoria.

¿Es posible defender a un gobierno y a un partido que se han corrompido, a pesar de que hayan producido avances importantes para el país?

Esto no significa no reconocer los avances de un gobierno del PT, durante el período en el que el PT gobernó.Se puede pensar quela ampliación del debate fundamental sobre el racismo,hoy visto en otros términos, se debe mucho al protagonismo de la primera generación de negros que llegaron a la universidad por medio de las cuotas raciales.Una parte de los movimientos políticos que hoy emergen, y que incluso se enfrentan a la política partidista, se puede pensar (también) a partir de la experiencia de inclusión asegurada mediante acciones afirmativas. No cabe duda de que hoy en día una parte de la población que tenía poco que perder tiene más que perder, y quiere más.

La percepción de estos avances, sin embargo, ha sido corroída por la crisis política y económica. Eso queda claro, por ejemplo, en una reciente encuesta realizada por el instituto Datafolha, que muestra que, concretamente, los ingresos de todos los brasileños han mejorado considerablemente en los 13 años del PT. Todos han ganado, pero los más pobres han ganado más (un 129%). Incluso así, solo un 31% de los brasileños reconoce que su vida ha mejorado. Esta es la tragedia del partido. O una de ellas. Ha perdido, al menos temporalmente, la batalla de la memoria.

La corrupción, a su vez, no es un dato de importancia menor. Es cierto que atraviesa la mayoría de los partidos más brasileños, como el Mensalão de Minas Gerais, del PSDB, finalmente comienza a mostrar y las investigaciones de la operación Lava Jato ya han demostrado. Pero también es cierto que del PT, que se presentó como aquel que restauraría la ética en la política, se exige, con toda justicia, mucho más.

¿Es posible defender a un partido —y el gobierno de un partido que se corrompió al ser gobierno—incluso aunque haya hecho avances importantes para el país? ¿O este es un límite ético? Esta es una pregunta, incómoda, que no se debe tergiversar y de la no se puede escapar.

Pero es en la elección por el tipo de desarrollo donde el PT se convierte, no solo para parte de la izquierda, indefendible. Toda la anatomía que ahora se desvela viene siendo denunciada por líderes de la Amazonia desde hace muchos años, cuando Lula y luego Dilma estaban en el apogeo de su popularidad. Y recibida con oídos sordos, pues, a final de cuentas, ¿a quién le importan los gritos de indígenas y ribereños? ¿A quién le importa lo que sucede allí, en la selva y en las ciudades corroídas de la región que siempre ha sido vista por el centro-sur como un cuerpo para la explotación y la exportación de materias primas?

Es en la Amazonia donde las contradicciones del PT en el poder se revelaron en toda su complejidad y mucho más temprano

La mirada histórica del centro político-económico de Brasil sobre la Amazonia es la del colonizador, y todavía no ha cambiado. El proyecto de Lula y de Dilma para la región resultó ser muy similar al de la dictadura civil-militar.La política de las grandes obras en alianza con las grandes contratistas que ocupan Brasilia desde que la construyeron tiene en la central hidroeléctrica deBelo Monte su mayor síntesis, que aún no ha sido desvelada por completo. Es también allí donde se arrojó fuera de la ley a los más desamparados. Y es allá donde el proceso de conversión de indígenas y ribereños en pobres de los suburbios urbanosplantea cuestiones acerca de la visión de mundo del partido. Es allá aún, muy lejos del centro-sur, donde las contradicciones del PT en el poder se revelaron en toda su complejidad y mucho más temprano.

Me refiero a la Amazonia, pero vale la pena observar también el noreste y, más específicamente, la transposición de río São Francisco, como una obra-símbolo de una visión de mundo sin ninguna sensibilidad socioambiental, hecha sin escuchar a los que allá viven, sin ningún respeto al conocimiento de una población reducida por el poder público a objeto.

Esta es la pregunta más complicada. Ahora ya no se trata de a qué ha renunciado el PT con la justificación —cuestionable— de la “gobernabilidad”, una palabra que se ha ido volviendo cada vez más obscena. Sino que la cuestión es qué eligió efectivamente el PT cuando tenía todo el capital político para gobernar.

4) Hay un fondo en el pozo sin fondo?

Se ha afirmado que 2015 fue un año de parálisis. Mejor que lo hubiese sido. Andar hacia atrás aún es andar. El año 2015 fue de retroceso acelerado, y no solo en el aumento del desempleo y de la inflación, o en la caída del PIB. Basta con ver todos los proyectos colocados en la agenda gracias a Eduardo Cunha y el grupo BBB (Buey, Biblia y Bala) en la Cámara de los Diputados, por no mencionar el terrorismo de la ley antiterrorismo.En 2015 se perdió mucho. Se vieron afectadas conquistas históricas de los trabajadores. Se chantajeó con la legislación ambiental, se amenazaron los derechos constitucionales de los indígenas, se lanzaron ataques a la salud reproductiva, se retomó un concepto de familia de la Biblia. Y la Licencia de Operación de Belo Monte se concedió sin el cumplimiento de algunos condicionantes.

El año 2015 también fue aquel en que las alternativas del espectro político-partidario, que ya eran escasas, se arruinaron. Al embarcar en el chantaje del proceso de destitución, contemporizar con una figura siniestra como Eduardo Cunha y hacer declaraciones vergonzosas, el PSDB y sus próceres se empequeñecieron. Incluso Fernando Henrique Cardoso, que ocupaba un lugar simbólico de cierta respetabilidad, manchó su imagen. Geraldo Alckmin, Aécio Neves y José Serra perdieron cualquier pudor al soltar que la destitución sería más o menos legítima en función de sus respectivos proyectos de poder. Algo así como “la medida soy yo”.

Andar hacia atrás aún es andar. Pero 2015 fue un año de retroceso acelerado

Con este comportamiento vergonzoso, el PSDB, que ya había perdido mucho del respeto que llegó a tener en el pasado (distante), cuando era considerado una alternativa de centro-izquierda, reveló que se está pudriendo. Quedó, como reserva ética, Marina Silva. Pero Marina salió de lacampaña de 2014 desgastada, tanto por los ataques por debajo de la línea de la cintura del PT como por sus propios errores y contradicciones. Y la Red, el partido que al fin consiguió hacer realidad, nació sin el capital de novedad de cuando fue lanzado. Si Marina, que hasta hoy no ha logrado resonar entre los más pobres, todavía es capaz de representar una alternativa para una parte suficiente de los brasileños es una incógnita.

Si la opción inmediata es un gobierno del PMDB de Michel Temer, el vicepresidente que conspira, y si la alternativa al chantaje de Eduardo Cunha, del PMDB, es Renan Calheiros, también del PMDB, al menos hasta que la operación Lava Jato alcance al nada honesto presidente del Senado, Brasil no ha llegado al fondo del pozo, porque los días han probado que el pozo no tiene fondo.

¿Cuál es el proyecto político capaz de hacerles frente a las viejas fuerzas, que se han reorganizado para mantener todo como siempre fue?

El problema es menos el ahora, y más el después.El callejón sin salida, como ya he escrito,es infinitamente mayor que la destitución o no de Dilma Rousseff. Si se tratase de eso, sería hasta fácil. El mayor drama, sin embargo, es aquel que no acaba si Dilma se queda ni si Dilma sale. La tragedia es que en este teatro sobran los villanos y faltan las virtudes. El abismo es el país que durante tantas generaciones se vio como un futuro que nunca llegaba, creyó haber alcanzado al fin el presente y se descubre atascado en el pasado.

¿Cuál es el proyecto político, de hecho, político, y no un mero proyecto de poder, para el presente-futuro de Brasil?¿Cuál es el proyectopolítico capaz de hacerles frente a las viejas fuerzas que se han reorganizado para mantener todo como siempre ha sido?

Este es el reto para el que no parece haber respuestas convincentes.De ahí, la sensación de que 2015 no acabará nunca, o por lo menos va a tardar muchos años acabar. No es solo una cuestión de rescatar la política, en su sentido amplio y profundo, el de un diálogo entre diferentes en el espacio público, sino de crear una nueva política.

¿Pero, cómo?

Ante el tamaño del abismo, me riesgo apenas a tres afirmaciones relacionadas con los temas que sigo como periodista. No hay un proyecto de hecho sin enfrentarlas. La primera es la de que este país ya no puede seguir posponiendo sus conflictos históricos: entre los principales, el racismo. La segunda es que no se enfrentarán ni el racismo ni la desigualdad ni la violencia ni la tragedia educativa, cuestiones íntimamente relacionadas, sin que las élites económicas, políticas, sociales y también culturales entiendan que van a necesitar perder privilegios. Y me refiero no apenas a los ingresos, sino a perder privilegios más difíciles de contabilizar, tales como el de hablar solo, por ejemplo, o el de tener la razón solo, o el de establecer los límites hasta donde se permite cuestionar los propios privilegios. Privilegios más sutiles, de los que ni siquiera se cree que sean privilegios, de tan asimilados que están, pero que se han puesto a prueba en las luchas del feminismo y contra el racismo a lo largo de este año. Nadie —realmente nadie— está fuera de eso. Y la tercera es que no hay salida sin sensibilidad socioambiental, que exige valorar los conocimientos y la riqueza de experiencias de los pueblos tradicionales. No solo para detener los diversos etnocidios en marcha —además de encontrar maneras de establecer diálogos entre los Brasiles—, sino también para encontrar caminos ante los enormes retos que plantea el cambio climático.

5) La desesperanza como un imperativo ético

Ahora, de vueltaal principio. O a la idea más dura de este artículo,también la de mayor potencia.

En Brasil, declararse sin esperanza se ve como un defecto de carácter, una traición a lo colectivo y a sí mismo: “¿Qué me estás diciendo, que no tienes esperanza?” La esperanza es como la felicidad en la lógica capitalista: un objeto de consumo que mide el éxito de una vida.La esperanza es una palabra invocada por todos lados en la actual coyuntura de Brasil. Sea de forma espontánea, sea como una construcción de marketing. Según la posición de aquel que la evoca, la esperanza sería algo a recuperar, tanto para queel partido que perdió el país recupere su lugar como para que el país se recupere a sí mismo. Estos rescates de uno y del otro pasarían por el rescate de la esperanza. Pero también destaca como una palabra de acusación al PT, el partido que habría secuestrado la esperanza de esa enigmática entidad a la que se le da el nombre de “pueblo brasileño”. La reposición de la esperanza, y de quien puede reponerla, suponiéndose que perdida esté, es un campo de disputa. Lo que une todas esas narrativas es que sería ella, la esperanza, aquella capaz de zurcir el tejido rasgado llamado Brasil.

Tal vez haya llegado el momento de superar la esperanza y hacer algo mucho más difícil: crear/luchar incluso sin creer

La esperanza como concepto alcanza en Brasil niveles peculiares, que aún vale la pena investigar en más profundidad. Como invocación, tiene un lugar estratégico en los 13 años del PT en el poder. Marca la primera campaña victoriosa de Lula, en 2002: “La esperanza para vencer al miedo”. Era una reacción a la afirmación de la actriz Regina Duarte, en el programa del rival, el PSDB, al decir que le daba miedo una victoria del PT. En las elecciones de 2014, para la reelección de Dilma Rousseff, Lula afirmó: “Ahora tenemos que hacer una campaña para que la esperanza venza al odio”. En 2015, uno de los programas de PT, atormentado por tener la presidenta más impopular desde la redemocratización y bajo la amenaza de la destitución, señalaba la salida a la crisis por “el camino de la esperanza”.

Tal vez haya llegado el momento de superar la esperanza. Autorizarse a la desesperanza o al menos no linchar a quien a ella se autoriza. Quiero afirmar aquí que, para hacerle frente al desafío de construir un proyecto político para el país, la esperanza no es tan importante. Creo, de hecho, que está sobrevalorada. Tal vez haya llegado el momento de entender que, ante tal coyuntura, es necesario hacer lo mucho más difícil: crear/luchar incluso sin esperanza. Lo que va a coser los trazos de Brasil no es la esperanza, sino nuestra capacidad de hacerles frente a los conflictos, incluso cuando sabemos que vamos a perder. O luchar incluso cuando ya se ha perdido.

Hacer sin creer. El hacer como un imperativo ético.

Eliane Brum es escritora, periodista y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - o avesso da lenda, A vida que ninguém vê, O olho da rua, A menina quebrada, Meus desacontecimentos, y de la novela Uma duas.

Sitio web: desacontecimentos.com Email:elianebrum.coluna@gmail.comTwitter: brumelianebrum

Traducción de Óscar Curros