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ANÁLISIS i

Contra el enemigo ultra de Europa

Muchos lamentaban que desde el desplome de la URSS, la UE carecía de una auténtica amenaza exterior, pero el adversario sigue dentro: el nacionalismo endógeno

Partidarios del partido ultranacionalista italiano La Liga se manifiestan este  sábado en Milán reivindicando los nacionalismos.
Partidarios del partido ultranacionalista italiano La Liga se manifiestan este sábado en Milán reivindicando los nacionalismos. Getty Images

Europa tiene, al fin, enemigo. Lo vemos en Milán. Es el populismo ultra. O nacionalismo autoritario. O parafascismo xenófobo. ¿Al fin? Sí. Quizá sea una bendición. Muchos lamentaban que desde el desplome del muro y de la URSS, la Unión carecía de enemigo exterior. Porque el enemigo es un espejo cóncavo —Valle-Inclán— donde ver los horrores del que te asedia brutalmente y poner de relieve la calidad del proyecto propio. La rivalidad ante un tercero agresivo es factor integrador, federador.

Europa ha gozado de ese contrario, pero interno: la gran querella nacionalista endógena. Extremada hasta las guerras que casi acabaron con ella, las Comunidades Europeas nacieron justamente para afrontar sus secuelas y sus causas. Y ahora retorna ese momento fundacional, aunque ya el enemigo ultra interno se dobla de exterior: el trumpismo, el putinismo. ¡Ya no podemos quejarnos por falta de estímulos! El populismo brexitero es el parteaguas. Es el taller donde los 27 han redescubierto la solidez de sus costuras, los beneficios del mercado interior, la irrelevancia de las pequeñas naciones que campan cada una por su cuenta y riesgo. Es una referencia que está “desarmando a partidos eurófobos de otros Estados miembros a seguir predicando alegremente las virtudes de la vida fuera de la Unión”, resaltan Mercedes Guinea y José Díaz Lafuente en el útil examen El cumplimiento de la Comisión Europea con sus ciudadanos, recién editado por el Movimiento Europeo (Marcial Pons).

Tras constatarse las imbecilidades del aislacionismo británico, ya nadie propone abandonar la Unión. Sino carcomerla por dentro, desnaturalizarla, esterilizarla. Paradoja: los Salvini, Orbán y Le Pen trenzan entre ellos lazos... cuasifederales europeos. De forma desconcertante, la marcha iliberal, antisolidaria, prende en algunos de los países que más se han beneficiado de la solidaridad comunitaria, de la protección frente a Moscú, de los fondos estructurales y de cohesión. Encabezan el podio de quienes han mejorado su bienestar gracias a esos apoyos. Los países contra los que Bruselas ha abierto el procedimiento de infracción del Estado de derecho del artículo 7 —o amenaza con hacerlo— son quienes más se han aprovechado de la generosidad vecinal. Así, Hungría ha aumentado 7 puntos su riqueza (PIB per capita) entre 2006 y 2017; Polonia, 19, y Rumania, 24, subraya Eugenio Nasarre en el mismo libro.

Por eso se propone, y la idea merece un apoyo entusiasta, un Pacto de Calidad Democrática, que reexamine periódicamente las credenciales liberales de los socios. Y condicione las transferencias solidarias a que mantengan una conducta virtuosa. Resulta contradictorio que los criterios de Copenhague de 1993 (económicos y) democráticos sirvan solo para condicionar el acceso de los nuevos socios, y que al poco de entrar en el club vuelvan a los demonios familiares de la (in)cultura neoliberal/soviética. Ese mal ejemplo refuerza indirectamente conductas que sin ser autoritarias no destacan por su espíritu de cohesión. Así, a un buen país como Irlanda no le inquieta haber recibido 85.000 millones de euros para su (exitoso) rescate, ni todo el ingente apoyo a sus intereses territoriales frente al divisionismo del Brexit... ... Y mantener sin embargo una miserable competencia fiscal agresiva y desleal frente a sus socios. El tipo del impuesto de sociedades es del 12,5%: cerca de ¡la mitad! de la media europea (22,9%).

Cosas parecidas pueden decirse de otros miembros de la antifederal Liga Hanseática, como los bálticos, militantes contra el presupuesto de la zona euro, contra el seguro europeo de desempleo, contra la creación de eurobonos y contra el aumento de la solidaridad. Claro que todo eso es en parte efecto de la pujanza de las ideas ultras, no ultraísmo en sí mismo. Los cavernícolas que se refugian en el (compartible) lema de “mejor Europa”, contraponiéndolo a la idea de “más Europa”, son eso, cavernícolas. Porque para alcanzar una unión monetaria inmune a las recesiones, y una política social que suture la brecha de la desigualdad, se necesita más Europa. O sea, más solidaridad, más mutualización, más responsabilidad compartida.

Solo una Unión más completa puede ser una Unión mejor: incluso decargándose de algunas políticas, las obsoletas. Está muy bien que los demócratas de amplio espectro decente dirijan críticas acerbas contra las posturas populistas. Siempre que no sigan su estela exhibiendo versiones de las mismas igualmente mendaces, solo que menos repulsivas. Pueden hacer mucho más. Hay una gran oportunidad para destruir (no a las personas sino a) las políticas e ideas que encarnan el enemigo de Europa.¿Cómo? Denunciando que se apoyan en mentiras y exageraciones. Así, la xenofobia contra inmigrantes y refugiados no solo es moralmente deleznable. Es que sus bases son falsas de toda falsedad. No hay un problema migratorio, más que la necesidad de más inmigración —legal— para compensar el envejecimiento europeo. Así lo indican las cifras de entradas irregulares: si el año del gran flujo, 2015, alcanzaron 1,8 millones, fueron 511.000 en 2016, 204.000 en 2017 y 150.000 en 2018.

El fabricante de ultras es el sueño neosoberanista. Pero todos saben que las mini-fronteras nacionales no sirven para combatir los ciberataques, la evasión fiscal, el terrorismo global, el narcotráfico, las distintas formas de criminalidad transnacional organizada. Solo la soberanía compartida europea —y ni siquiera en solitario— puede desafiar eficazmente esas amenazas.

 

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