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ANÁLISIS i

Compasión

Tampoco para Europa este funeral merece ningún himno a la alegría

Theresa May, tras su conferencia de prensa con motivo del acuerdo del Brexit en el Consejo Europeo, este domingo en Bruselas.
Theresa May, tras su conferencia de prensa con motivo del acuerdo del Brexit en el Consejo Europeo, este domingo en Bruselas. AFP

La hora del acuerdo del Brexit es también la hora de la compasión con tantos conciudadanos y amigos británicos. La de compartir pasión, y lamento, con los jóvenes que nacieron europeos. Con quienes se entremezclaron, gracias al programa Erasmus, con los demás colegas universitarios. Con los profesionales cosmopolitas. Con los médicos sin fronteras. Con los innovadores y los investigadores.

Y también con los demás no incluidos en esas categorías. Como los creyentes de buena fe en la bondad de la secesión. O los crédulos en las prédicas pesadilla sobre su superioridad predestinada, el dividendo de recuperar una soberanía imposible y el de la vuelta al sueño del Imperio.

O, simplemente, con los que dieron crédito a Theresa May cuando afirmó: 1) Que “Brexit significa Brexit”; 2) Que eso suponía el completo adiós de Reino Unido al mercado interior europeo y a la Unión Aduanera, y 3) Que el Ulster tendría igual régimen normativo que el resto del reino.

Lo que ha acordado su Gobierno es exactamente lo contrario. El Acuerdo de Retirada contempla que durante todo el período de transición (casi dos años y una eventual prórroga de otros dos) ocurrirá que:

Reino Unido seguirá en un área aduanera común con la UE. Irlanda del Norte, en la Unión Aduanera y el mercado interior. Y ahí se mantendrá una vez termine el período transitorio, salvo que se encuentre una mejor solución... mientras el resto del reino deberá diseñar para sí un régimen en principio distinto.

Además, ¿dónde demonios estará la soberanía? En ese plazo, Reino Unido seguirá rigiéndose por normas europeas. Pero no colegislará sus retoques, al quedar fuera de la Comisión, del Consejo, del Parlamento Europeo...

... mientras sigue pagando su contribución presupuestaria a las políticas comunes. Los euroescépticos más fanáticos solo tienen razón en un asunto: al calificar esa situación como propia de un Estado vasallo.

Los engaños a la ciudadanía británica no acaban ahí: se le anunció que la ruptura sería rápida y limpia (no es ninguna de ambas cosas) y que los 27 se dividirían (ha sucedido lo contrario).

Que el cambio se alcanzaría antes del fin de 2019 (veremos si se logra para el 1 de enero de 2021). Que acabaría su sangría de aportaciones netas (pagarán entre 45.000 y 60.000 millones de euros). Que mantendrían el mismo acceso al libre mercado europeo (no sucederá con servicios y finanzas). Que cerrarían ventajosos acuerdos comerciales con otras zonas (lo tienen vedado).

Comparado con su posición de Estado miembro de la UE, ese estatuto es humillante y ominoso para los británicos, aunque sea el propiciado por su Gobierno.

Peor, Reino Unido no era un socio cualquiera, sino uno de los más influyentes: en legislación, estrategia, nombramientos. Y el que más obstaculizaba la federalización. Mandaba. Mucho.

Así, en 45 años relanzó su economía, afianzó su City y dio alas a su industria del talento, que sustituyó con éxito a la economía postimperial. Esto se acaba y Londres se queda sin estrategia para el continente. Desde antes de Wellington, su política exterior consistía en impedir —desde el exterior— la fragua de hegemones continentales. Eso valía para la era de guerras. Pero en la de paz solo se consigue desde dentro.

Por supuesto que esta birria (para la isla) de acuerdo le es mejor que un desacuerdo: pararían sus aviones; capotaría su comercio como en el siglo V, cuando Roma se evaporó de Britania; su PIB se derrumbaría (un 4%, según el FMI; un 8%, según el King’s College); se quedaría largo tiempo sin socios externos...

Compasión, pues. Y una lejana esperanza —¿utópica?— de que rectifique. Porque tampoco para Europa este funeral merece ningún himno a la alegría. Se nos va la tercera potencia económica del club, la primera militar, una cultura democrática de altísimos valores. Melancolía.

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