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La posibilidad de un acuerdo con EE UU genera esperanza en los pueblos mineros de Ucrania

La guerra y la corrupción han dejado los yacimientos ucranios al borde del desastre. Quienes dependen del sector desean un pacto con Washington que les ayude a recuperarse económicamente

Guerra de Rusia en Ucrania
Lola Hierro (enviada especial)

En Irshansk, los ánimos no son los mejores: la guerra ha asestado un zarpazo importante al yacimiento de titanio que lleva dando sustento a esta población de unos 6.000 habitantes desde 1960. En Zavallia, otro municipio a 375 kilómetros, también se nota el desánimo porque la mina de grafito también está pasando verdaderos apuros. En Irshansk y Zavallia, una en la provincia de Yitómir, en el norte de Ucrania, y la otra en la de Kirovogrado, hacia el centro, la situación es similar: las canteras son su principal motor económico y están en decadencia. Pero también comparten el prudente optimismo con el que los trabajadores han acogido las noticias sobre el acuerdo de minerales que Estados Unidos ha propuesto a Ucrania —que podría formar parte de un alto el fuego con Rusia— porque podría atraer nuevos inversores y resucitar el sector que les da de comer.

La firma del tratado debía haberse llevado a cabo el 28 de febrero en la Casa Blanca, pero se suspendió a raíz de la discusión en el Despacho Oval entre el presidente de EE UU, Donald Trump, y su homólogo ucranio, Volodímir Zelenski. La semana pasada, Washington planteó un nuevo borrador en el que exige más beneficios que antes, además de la devolución con intereses de la ayuda aportada a Ucrania. Kiev todavía lo está examinando, pero el viernes Zelenski advirtió de que Ucrania no aceptará nada que ponga en peligro su adhesión a la UE, al otorgar un trato preferente a las empresas estadounidenses que podría ir contra las leyes de competencia europeas y el mercado único.

Yacimiento de grafito de Zavallia, en la provincia ucrania de Kirovogrado, este viernes.

El yacimiento a cielo abierto de grafito de Zavallia se ve como un inmenso cráter. Al fondo, el mineral de hierro oxidado ha teñido el agua de color verde turquesa. Desde arriba, a más de 200 metros, se distinguen dos excavadoras, ambas paradas. No hay ninguna actividad a pesar de que esta es la mayor mina de grafito de Ucrania y de las más importantes del mundo: se encuentra entre las 10 principales productoras de grafito natural, un componente clave en la producción de baterías de vehículos eléctricos y frenos —entre sus clientes figuran marcas de Fórmula 1 italianas, presume Valeriy Jarkovets, responsable de producción— y que también se utiliza en los reactores nucleares.

Jarkovets, empleado desde 1991, recuerda los viejos tiempos, en los que había hasta 2.500 empleados. Tras la caída de la URSS y con las sucesivas privatizaciones, la actividad se redujo, pero todavía en los noventa la producción era de más de 40.000 toneladas métricas (Tm) de concentrado de grafito al año. Ahora quedan 90 empleados que trabajan un mes al año, la última en noviembre, y apenas se extraen entre 4.000 y 8.000 Tm, según el informe ucranio y europeo Minerales estratégicos de Ucrania y su atractivo para la inversión.

La razón de la inactividad también es que el aumento de los precios de la electricidad (en parte por los ataques rusos a la infraestructura energética) ha incrementado los costes de producción. “Necesitamos producir más barato para ganar más dinero porque todo es muy caro ahora”, sostiene Jarkovets. En la actualidad, la entrada a la cantera parece un cementerio de maquinaria oxidada, desvencijada e inútil. En lo alto de una grúa abandonada ondea una bandera nacional hecha jirones.

Una bandera ucrania ondea en una máquina de la mina de Zavallia, en la provincia ucrania de Kirovogrado, este viernes.

“Estamos esperando que un acuerdo con EE UU atraiga inversiones; no importa quién sea el dueño, sino que se paguen los salarios”, resume Jarkovets. El empleado de este yacimiento, ahora gestionado por la compañía Zavallivsky Graphite LLC (70% de propiedad australiana y 30% ucrania) sostiene que es complicado pedir a los propietarios que inviertan cuando están en plena guerra. “Hay miedo; no sabes qué va a pasar mañana”, subraya. Y reconoce que han perdido muchos clientes porque no se puede garantizar una producción estable.

De esos tiempos de bonanza económica característicos de las ciudades industriales de la era soviética se acuerdan bien los jubilados de Irshansk. Es fácil encontrarlos paseando o charlando por las calles de este tranquilo municipio, y más aún que resulten ser extrabajadores del yacimiento. Vitalii Viktorov, de 78 años, trabajó en el taller de reparaciones de las excavadoras durante 41 años y cree que si la planta desaparece, la ciudad morirá. “Si tengo que elegir entre dar la fábrica a EE UU o que los rusos se la queden, mejor la primera opción. Pero lo principal es que la gente cobre”, espeta. Este anciano de afable sonrisa asegura que sus vecinos están preocupados por el futuro del yacimiento y, más a corto plazo, por sus sueldos. “He escuchado que van a reducir los salarios un tercio porque no pueden vender los productos”.

Viktorov no va desencaminado. Natasha, empleada en labores de limpieza, asegura que no han recibido el sueldo correspondiente al mes de febrero. “Tenían hasta el 8 de marzo para ingresarnos la nómina y no lo han hecho; no nos han dicho cuándo nos pagarán”, asegura. También añade que es la primera vez que ocurre en los 17 años que lleva en la firma. Las canteras pertenecen desde 2014 a la estatal UMCC Titanium, la mayor compañía de extracción de mineral de titanio de Ucrania, y entre sus clientes se encuentran industrias refractarias, de fundición, cerámica, pigmentos, metalúrgicas y vidrio.

Vitalii Viktorov, extrabajador jubilado del yacimiento de titanio de Irshansk, el 27 de marzo.

En la plaza del centro de Irshansk tres autobuses de aires soviéticos permanecen estacionados. Uno de ellos lleva un cartel en el que se lee Cantera 9 y en su interior algunos hombres aguardan; otros fuman fuera, en corrillos. Son algunos de los pocos trabajadores que quedan y ninguno quiere hablar. La situación es delicada porque la empresa está en pleno proceso de privatización y por esa razón declina responder. “Actualmente, se están llevando a cabo una serie de procedimientos legales. Por lo tanto, no podemos hacer comentarios”, alega una portavoz en un correo electrónico.

Apoyados en una valla blanca que rodea el Ayuntamiento, Vasil y Pavlov también opinan. Ambos retirados, el último hace unos meses, hicieron toda su carrera en estas canteras durante más de 40 años. “Queremos que las plantas funcionen y que la gente trabaje como antes”, afirma Vasil. “A mí me gustaría que volvieran los años ochenta porque entonces todo estaba en muy buenas condiciones, si algo se rompía, inmediatamente se reparaba”, secunda Pavlov.

Un autobús con trabajadores de la cantera de titanio de Irshansk se dispone a partir, el pasado 27 de marzo.

“Antes, un solo jefe tomaba las decisiones y un solo jefe cobraba. Si son 10 jefes, más dinero y menos decisiones claras”, critica Pavlov. Tanto en Zavallia como en Irshansk son conscientes de que la corrupción también ha sido un motivo para la falta de inversiones. Volodímir Landa, economista en el Centro de Estrategia Económica, una institución ucrania de análisis económico, reconoce que el país no ha ofrecido buenas condiciones para los inversores en los últimos años. “Tuvimos una difícil situación hasta 2014, sobre todo con [el expresidente Víktor] Yanukóvich, que era totalmente corrupto. Y después sufrimos la agresión rusa”. No obstante, destaca que el país obtuvo alrededor de 1.000 millones de dólares en inversiones extranjeras.

Todos son conscientes de que no habrá inversiones sin un acuerdo de paz con Rusia. Ucrania, con más de 600.000 kilómetros cuadrados de territorio, tiene numerosos yacimientos donde explorar y explotar recursos minerales, pero un 18% del país está ocupado por el ejército ruso. Igualmente, aunque el acuerdo de minerales fuese beneficioso para el sector minero ucranio e incluso aunque se firmase la paz, los años dorados no volverán en un día. Según un informe del Banco Mundial, es necesario invertir más de 41.000 millones de dólares para recuperar el sector energético y el minero. “Incluso si estas empresas que inviertan son extranjeras, también es positivo porque pagarán impuestos y crearán empleos en Ucrania”, sostiene Landa. Jarkovets no sabe especificar cuántos millones harían falta para renovar toda la maquinaria y las instalaciones de Zavallia y devolverle su ritmo de trabajo de antaño. “De las 300 remolcadoras, nos quedan 11, y de los 30 Belaz [el camión minero con mayor capacidad de carga del mundo], ya no queda ni uno”, lamenta. Esto, sin contar la inversión que supondría desarrollar la extracción de otros minerales raros como el litio, el que más interesa a Trump, y que aún no se ha empezado ni a explotar.

Maquinaria inservible en la mina de Zavallia, en la provincia ucrania de Kirovogrado, este viernes.

Vasil relata cómo antes de la guerra había seis canteras en funcionamiento. Ahora solo hay una. “No pueden encontrar clientes a los que venderles el titanio porque han perdido muchos por la guerra. Muchas empresas estaban en Rusia y otras en Crimea, que está ocupada, y también en Zaporiyia y Sumi, cerca del frente, y han parado la actividad”. En los buenos tiempos, dicen estos ancianos, hasta 2.000 personas comían gracias a este yacimiento.

Un paseo por los alrededores de las canteras da la razón a los jubilados de Irshansk. En la entrada principal, un anciano guardia de seguridad que atiende al nombre de Yaroslav, solo acompañado por un perro, indica que no se puede pasar, pero que no hay apenas trabajadores. El paisaje es lunar: inmensas dunas de tierra amarillenta o rojiza rodean las canteras, y a lo lejos, pequeñitas, se divisan las excavadoras, pero solo una está en funcionamiento. El silencio es absoluto en todo el perímetro del complejo.

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Sobre la firma

Lola Hierro (enviada especial)
Periodista de la sección de Internacional, está especializada en migraciones, derechos humanos y desarrollo. Trabaja en EL PAÍS desde 2013 y ha desempeñado la mayor parte de su trabajo en África subsahariana. Sus reportajes han recibido diversos galardones y es autora del libro ‘El tiempo detenido y otras historias de África’.
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