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Los Verdes afrontan el reto de llevar a las urnas el clamor ciudadano

La formación ecologista busca subirse a la ola de protestas contra el cambio climático

La líder de Los Verdes, Ska Keller, durante una rueda de prensa en Berlín, este lunes.
La líder de Los Verdes, Ska Keller, durante una rueda de prensa en Berlín, este lunes. AP

En la política de miedos suele invocarse el temor a la inmigración como razón del crecimiento de la ultraderecha. Siguiendo esa lógica, el malestar frente a la desigualdad sería el elemento movilizador de la izquierda. Y el desasosiego por la ruptura del orden establecido, el de la derecha. El último gran sobresalto global tiene que ver con el deterioro del planeta. Y su articulación política, Los Verdes, busca convertir la emergencia climática en el punto central de la campaña a las elecciones europeas del 26 de mayo.

La formación vive una paradoja. Las manifestaciones pidiendo medidas contra el calentamiento global recorren el continente con ímpetu inusitado. Los científicos advierten de los efectos dañinos de la actividad humana para la biodiversidad. Los grandes partidos incorporan fórmulas propias para proteger el medioambiente. La UE aprueba estrictos límites de emisiones y restringe el uso de plásticos. En definitiva, nunca antes el ideario verde había tenido tanta influencia. Sin embargo, la cristalización electoral de esa nueva sensibilidad global que brota con especial vigor en Europa es todavía débil.

La media de sondeos del Parlamento Europeo otorga a los ecologistas 57 eurodiputados en los comicios de la semana que viene, cinco más que hace un lustro. El resultado puede leerse de dos formas: en un contexto propicio, con las mayores protestas climáticas de la historia copando titulares y el bipartidismo en su momento más bajo —por primera vez populares y socialistas no sumarán el 50% de escaños— la receta verde no termina de explotar, y quedaría relegada a la sexta posición. A la vez, de cumplirse las predicciones, rondarían su mejor dato en unos comicios europeos, y ante el bache de populares y socialistas, pueden ser decisivos para forjar una nueva mayoría, lo que les permitiría obtener a cambio ciertas concesiones.

El estado de ánimo varía sobremanera desplazando el dedo por el mapa. Las encuestas alimentan el sueño de Los Verdes alemanes de un sorpasso sin precedentes a los socialdemócratas para ser segundos solo por detrás de los democristianos de la CDU de Merkel. Y a una escala menor, esperan progresos en Bélgica y Holanda —epicentros de importantes manifestaciones—, y buenos resultados en Francia, Luxemburgo, Austria, Finlandia y Suecia.

Los países del Mediterráneo y el Este son su talón de Aquiles. En España, Portugal y Grecia están integrados en candidaturas de izquierda donde el mensaje ambientalista no es protagonista. Mientras, en Italia, el intento de concurrir en solitario no está claro que vaya a cuajar. Entre los herederos del bloque soviético tampoco despegan pese a que puede haber argumentos para ello: la justicia europea condenó el año pasado a Polonia por la mala calidad del aire. “España, Italia y Polonia aportan muchísimos diputados. Si quieres tener un grupo fuerte en el Parlamento tienes que estar representado con fuerza en todos los países”, lamenta un europarlamentario ecologista que pide no ser citado.

Más que ecologismo

Su condición de partido temático tiende a desdibujar el resto de propuestas, claramente orientadas a la izquierda. Su programa incluye una renta mínima, más tren y menos avión, educación gratuita, más garantías para los refugiados y una política fiscal que grave a los que más contaminan y no haga concesiones a multinacionales y gigantes de Internet. Además, son críticos con la carrera por bajar impuestos, reclaman el fin de las exportaciones de armas a dictaduras, e integran en su discurso el concepto de Europa feminista.

La alemana Ska Keller, de 37 años, y el holandés Bas Eickhout, de 42, lideran un partido que en el pasado se nutrió del carisma sesentayochista de Joschka Fischer y Daniel Cohn-Bendit. Keller, la más joven de los candidatos a la presidencia de la Comisión Europea, representa la renovación, y alude con insistencia a las revueltas estudiantiles por el clima para que esa potente inercia arrastre a su partido a cotas mayores. Por ahora, los sondeos le dan un papel de paquete en la motocicleta europea. Pueden corregir el rumbo para que no vuelque, pero no acelerar.

La excepción española

La ausencia de una fuerza ultraderechista fue hasta la irrupción de Vox motivo de extrañeza y halago cuando en el exterior se hablaba de política española. Ahora, la peculiaridad que separa a España de buena parte de Europa es la falta de empuje de un partido ecologista. Un dirigente verde lo atribuye a que mientras el movimiento germinaba en Europa, España se encontraba inmersa en la dictadura. Después, la dicotomía democracia-franquismo e izquierda-derecha, unida al tenso debate territorial, opacó la discusión ambiental hasta el punto de que apenas apareció en los recientes debates electorales.

Con la losa de ese terreno perdido, en el entorno ecologista hay cierto desánimo por la deriva de los últimos años. Equo, el partido que nació para llenar el vacío, concurre integrado en Podemos. Y hay voces que hablan de fagocitación. “Los partidos con los que nos hemos aliado, IU y Podemos, nos han absorbido sin darnos la importancia adecuada. Eso te mata. Tras las elecciones vamos hacia una refundación, porque el espacio político existe, pero hay una debilidad estructural”, admiten fuentes de la formación. El lado positivo de esas alianzas lo ven en los lugares donde han tocado poder, como Madrid, donde Inés Sabanés ha sido una de las inspiradoras del cierre al tráfico en el centro.

La situación española no es tan singular si se compara con otros países del Sur. En Portugal, el ecologismo concurre con el Partido Comunista y en Grecia con Syriza, con lo que carecen de visibilidad. Mientras que en Italia es minoritario.

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