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Venezuela afronta el fantasma de la crisis de combustible

El régimen necesita colocar en el mercado los 435.000 barriles de petróleo que no podrá vender a EE UU

Colas en una gasolinera de PDVSA en Caracas, en septiembre de 2017.
Colas en una gasolinera de PDVSA en Caracas, en septiembre de 2017. Reuters

La concreción del veto estadounidense a la compra y comercialización del crudo venezolano y el gravísimo deterioro de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) podrían debilitar aún más al Gobierno de Nicolás Maduro y sumir al país en una peligrosa espiral de escasez crónica de combustible y electricidad en un corto espacio de tiempo.

El plazo de 90 días dado por la Administración de Trump ha expirado: Venezuela ya no puede colocar en el mercado estadounidense los 435.000 barriles diarios de petróleo que todavía le vendía a ese país, 300.000 de los cuales estaban destinados a la refinería estadounidense Citgo, propiedad venezolana, ahora con una directiva nombrada por el presidente encargado, Juan Guaidó.

La Administración de Maduro trabaja contra el reloj para intentar conseguir compradores alternativos en el mercado, pero se ha topado con enormes dificultades, todas vinculadas al veto y las sanciones impuestas por Washington en el terreno económico.

Pocas empresas quieren negociar con el Gobierno de Maduro en estas circunstancias. La compañía india Reliance había aceptado la oferta de crudo del Gobierno bolivariano, pero tuvo que declinar nuevos compromisos en virtud de las presiones de Estados Unidos, que también maniobra para vetar el uso del dólar en las transacciones financieras tras el anuncio de sanciones al Banco Central de Venezuela.

En este momento, las autoridades venezolanas trabajan a marchas forzadas para triangular algún acuerdo con Turquía y Qatar, buscando en alta mar cargueros que permitan gestionar intercambios de petróleo por gasolina.

Rusia y China, dos de los tradicionales aliados del chavismo, serían, en teoría, las dos naciones que podrían suplir la demanda de Estados Unidos y devolver la tranquilidad al país. Rafael Quiroz, experto petrolero, autor y académico de la Universidad Central de Venezuela, apunta que ambos países están, sobre todo, muy interesados en que Maduro vaya cancelando las enormes deudas que Venezuela tiene con ellas: China estaría dispuesta a pagar el 20% del despacho de crudo, y aceptar el 80% restante como amortización de las deudas venezolanas. Rusia acepta pagar el 30% del petróleo ofertado. La deuda actual de PDVSA con China es de 84.000 millones de dólares, un monto que duplica la totalidad de la deuda del Estado venezolano con la banca acreedora internacional en los años ochenta.

Las finanzas venezolanas están en alerta roja. Y la otrora todopoderosa industria petrolera local, fuente de la tradicional abundancia del pasado, está en las ruinas: luego de ser un productor de más de tres millones diarios de barriles de petróleo, en este momento apenas promedia los 800.000, según datos actualizados que maneja la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP). “Sólo el 10% de la producción petrolera actual venezolana genera utilidades”, asegura Quiroz.

Parte de la urgencia actual consiste en que el país se puede quedar sin combustible en muy poco tiempo. Los inventarios actuales de gasolina y diésel, según documentos internos de la propia compañía, ofrecen unos niveles de autonomía futura de 10 días, y unos 20 días para el combustible de aviones. Hasta poco después de la llegada de Hugo Chávez al Gobierno, PDVSA surtía con histórica suficiencia todo el mercado interno de combustibles y derivados energéticos. Víctor Poleo, ingeniero y académico de posgrado de la Universidad Central de Venezuela y ex viceministro de Energía, asegura que la producción local de gasolina es el 25% del mercado

“La situación de PDVSA es muy grave”, agrega Poleo. “El Estado necesita importar urgentemente componentes de gasolina, diluentes y nafta catalítica que antes fabricaba, y el diésel, con el cual se alimentan las plantas termoeléctricas”. El académico no descarta en lo absoluto un estado crónico de escasez de combustibles y luz en el país. El entorno de demandas legales y vetos, junto a la formalización de estas sanciones son para Poleo “el tiro de gracia a la industria petrolera venezolana en este momento”.

Gestión catastrófica

La evaporación de los sueldos y el deterioro general del país han ocasionado una grave sangría de cuadros gerenciales y recursos humanos en PDVSA. Los volúmenes de corrupción, despilfarro, donaciones internacionales incontroladas, acuerdos energéticos forzados políticamente y tráfico de influencias fueron desproporcionadamente altos durante las administraciones de Alí Rodríguez Araque, Rafael Ramírez y Eulogio Del Pino, los gerentes petroleros de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Tras años de desinversión, despilfarro y accidentes industriales graves, que no fueron investigados por el anterior Legislativo chavista, las refinerías venezolanas, con una capacidad instalada de las mayores del mundo, “no refinan”, como afirma Poleo, no producen naftas, gasolina, aceites o diésel, y trabajan, en líneas generales, al 25% de su capacidad.

El Gobierno de Maduro ha procurado suavizar su discurso y su actitud hacia las multinacionales petroleras, algunas de las cuales siguen operando en el país, pero no consigue entusiasmarlas para que se embarquen en operaciones que reactiven la producción. Las empresas rusas mantienen con Maduro una relación de trabajo permanente. El Estado venezolano necesita muchos millones de dólares para reactivar la industria que le daba de comer, y ahora no tiene una empresa petrolera poderosa que tenga los recursos para invertir en ello.

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