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El efusivo saludo de Putin da un respiro al acorralado heredero saudí en el G20

La cumbre pone en evidencia el aislamiento de Bin Salmán tras la crisis abierta por el asesinato de Khashoggi

Foto: Bin Salmán bromea con Putin, este viernes en Buenos Aires. (Sergio Moraes / Reuters) /Vídeo: Reuters

Durante su viaje a Estados Unidos y Europa la pasada primavera, todo el mundo quería un selfie con el heredero de Arabia Saudí. El joven príncipe Mohamed bin Salmán, conocido como MBS, todavía representaba la promesa de la modernización y apertura del reino. Ahora, salir en una foto con él resulta arriesgado, como ha visto don Juan Carlos, el rey emérito español. Aunque no hay indicios de que MBS vaya a ver frustrado su acceso al trono por el caso Khashoggi, el asesinato del periodista ha perjudicado su imagen internacional y pone en peligro su ambicioso programa de reformas económicas. De ahí que busque una foto con los líderes mundiales para enviar el mensaje de que ha superado la crisis.

La participación de MBS en el G-20, su primera aparición internacional desde el incidente, se ha convertido en una prueba de fuego. Aparte del anfitrión, Mauricio Macri, y del presidente ruso, Vladímir Putin, ¿alguien más querrá verle en privado? ¿Aceptará el turco Recep Tayyip Erdogan la cita que le ha pedido? De momento, ya lo ha hecho el primer ministro indio, Narendra Modi, y se ha anunciado una cita con la británica, Theresa May. Con el presidente francés, Emmanuel Macron, se ha reunido brevemente. Pero por mucho que los comentaristas saudíes interpreten que con su presencia en Buenos Aires el heredero “ha torpedeado las pretensiones de los adversarios de Arabia”, el viaje, con paradas en distintos países árabes tanto a la ida como a la vuelta, es un intento de reparar su reputación tras el brutal asesinato de Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul.

El primer ministro indio, Narendra Modi, y Bin Salmán, este viernes en Buenos Aires.
El primer ministro indio, Narendra Modi, y Bin Salmán, este viernes en Buenos Aires. REUTERS

El heredero saudí fue el primero en llegar a Buenos Aires para la cumbre el G20, dos días antes. Enseguida se refugió en la embajada de su país, un lujoso edificio de estilo francés que fue especialmente acondicionado con cristales antibala en las ventanas y un alto vallado policial. Desde el miércoles, cuando aterrizó en Buenos aires, no se le vio fuera del edificio. Su actitud ha sido la contracara de otros líderes, como Macron, quien hasta cenó en una típica parrilla argentina y visitó librerías.

A partir de entonces todo ha ido cuesta arriba para MBS. Los líderes se lo han hecho saber con pequeños gestos que denotan el malestar que tienen hacia el príncipe tras el asesinato de Khashoggi. La foto de familia del inicio de la cumbre ha sido una muestra de ello. Un evento nimio, de rutina, dejó sólo a MBS en la segunda fila, el último a la derecha y con dos lugares vacíos a su lado, cerca de Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), y del presidente de Ruanda, Paul Kagame. Fue también uno de los primeros en abandonar el escenario.

Después de la foto, en el plenario, MBS tuvo una pequeña revancha de alto contenido político. Las cámaras captaron el momento en que el presidente Vladímir Putin se encuentra con él ante los asientos que tenían asignados. El dirigente ruso levanta una mano y la choca efusivamente contra la de MBS, un saludo informal y lejos de cualquier protocolo, realizado entre sonrisas.

El príncipe heredero tiene motivos de preocupación en Buenos Aires. La ONG Human Rights Watch ha solicitado a la justicia argentina que pida la captura del príncipe heredero por presuntos crímenes de guerra de Arabia Saudí en Yemen. El escrito, que cayó en el juez Ariel Lijo, hace referencia también a la responsabilidad de MBS en la muerte del Khashoggi. El argumento de HRW es que Argentina debe juzgar en virtud del principio de justicia universal, que el país sudamericano admite en su Constitución. Lijo ha aceptado la petición de HRW y ha pedido a Yemen y a Turquía que le informen de si MBS es investigado en esos países por los crímenes denunciados. Sólo si no hay expedientes en trámite Argentina puede avanzar en sus tribunales contra el heredero.

El caso Khashoggi ha desatado una crítica generalizada a la capacidad del joven príncipe para liderar el mayor exportador de petróleo, lo que a sus 33 años podría significar varias décadas en el poder. Casi de un día para otro, MBS ha pasado de ser el prometedor gobernante que iba a catapultar su país hacia el futuro a convertirse en alguien que la mayoría de los dirigentes de las democracias occidentales consideran no solo controvertido sino incluso nocivo.

Aunque el príncipe ha negado tener conocimiento previo del asesinato, políticos y analistas dudan de que pudiera realizarse sin que lo supiera debido al poder omnímodo que ha acumulado desde la llegada al trono de su padre en 2015. De inmediato, el rey Salmán le nombró ministro de Defensa y presidente del poderoso Consejo Económico y de Desarrollo. Al año siguiente le designó viceheredero y le entregó el control de la compañía estatal de petróleo, Aramco, la primera vez que la joya de la corona se ponía en manos de un príncipe. Nunca antes un miembro de la familia real había acumulado tanto poder en Arabia Saudí. Un año más tarde, desplazó a su primo como heredero.

En ese proceso, MBS no solo marginó a otras ramas de los Al Saud que hasta entonces se repartían el poder, sino que redujo sus asesores a un pequeño grupo de afines que actuaban más como caja de resonancia que como contrapeso. El caso Khashoggi ha sido la gota que ha colmado el vaso, pero ya de antemano había cometido graves errores de política exterior, desde la guerra de Yemen al embargo a Qatar. Además, su purga de príncipes y empresarios el año pasado había minado la confianza de los inversores.

Esa campaña “contra la corrupción” se saldó con pagos por parte de los afectados que superan los 100.000 millones de dólares, según cifras oficiales. Menos publicitada ha sido la salida de capitales que se ha producido desde entonces (hasta 90.000 millones de dólares, un 10% del PIB y un 13% más que en 2017, según JPMorgan Chase & Co, citado por Bloomberg). Más difícil de calcular es en qué medida ha desincentivado las inversiones extranjeras que MBS quería atraer para librar a su país de la dependencia del petróleo. Si la purga enfrió las perspectivas, el asesinato de Khashoggi las ha congelado.

De hecho, Arabia Saudí ha vuelto a recurrir a los petrodólares para comprar voluntades dentro y fuera del país. En contra del programa de austeridad promovido por MBS desde que tomó las riendas del poder, su padre acaba de distribuir una lluvia de millones durante una repentina visita por varias provincias, la primera de su reinado. Por otro lado, Riad está tratando de ampliar sus apoyos en el mundo árabe como se ha visto con la reciente transferencia de 60 millones de dólares (53 millones de euros) a la Autoridad Palestina, o la escala de camino a Buenos Aires que el príncipe hizo en Túnez, donde prometió un préstamo blando de 500 millones de dólares (440 millones de euros) y financiar dos proyectos por importe de 140 millones, según Reuters.

Pero si, en aras de una muy necesitada ayuda económica, el presidente tunecino, Béji Caïd Essebsi, obvió el papel saudí en aplastar las primaveras árabes, la sociedad civil expresó su malestar con la visita. Los tunecinos han sido los primeros árabes en manifestarse en contra del heredero del rey Salmán, en claro contraste con las paradas que hizo antes en Emiratos Árabes, Bahréin y Egipto, donde, como sucede en el Reino del Desierto, no existe posibilidad alguna de expresar la menor discrepancia. No en vano Túnez es el único país donde la primavera árabe ha echado raíces. Protestas parecidas le esperan en Argelia en su viaje de vuelta.

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