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La nueva Malasia da la espalda a China

El cambio de Gobierno en el país asiático puede alterar el mapa geopolítico regional, actualmente a favor de Pekín

El primer ministro malasio, Mahatir Mohamad.
El primer ministro malasio, Mahatir Mohamad. AP

Atrás quedaron los días en los que Malasia desplegaba la alfombra roja a China. Desde que Mahathir Mohamad llegó —o más bien regresó— al poder el pasado mayo, el país asiático ha dado muestras de un cierto repliegue en el ámbito doméstico. Un Malasia first (Malasia primero) del que China es, de momento, el principal damnificado: cuatro proyectos de infraestructura relacionados con empresas estatales del gigante asiático han sido suspendidos, socavando la hasta ahora imparable influencia de la segunda economía mundial en los países vecinos.

El retorno de Mahathir a Malasia ha caído como un meteorito en los pilares de un sistema que él mismo construyó cuando gobernó entre 1981 y 2003. El objetivo aparente del dirigente, de 93 años, es sanear las cuentas del país como sea. Para ello, quiere recuperar los miles de millones de dólares (4.500, según el departamento de Justicia de EE UU) presuntamente malversados del fondo de inversión en desarrollo 1Malaysia Development Berhard (1MDB) creado por su predecesor, Najib Razak; pero también desengrosar la deuda pública heredada del anterior Gobierno, que según la nueva Administración sería del 65% del PIB, y no del 54% como se había dicho hasta ahora. Para todo ello, Mahathir ha puesto el país patas arriba.

Najib está a la espera de juicio tras ser acusado de corrupción y abuso de poder por su implicación en el escándalo del 1MDB. Altos cargos como el gobernador del banco central o el jefe de la comisión anticorrupción han sido reemplazados. El principal objetivo: investigar el fondo creado por Najib en 2009 para impulsar el desarrollo en el país y cortar el gasto público. La suspensión de los proyectos con la segunda economía mundial responde a ese cometido.

Conocido por sus reticencias hacia Pekín durante su primer mandato, Mahathir ordenó a comienzos de julio la suspensión de tres oleoductos y una línea ferroviaria destinada a conectar la costa oriental de Malasia, en el mar de China Meridional, con la estratégica ruta marítima del estrecho de Malaca, al oeste. En total, el valor de los proyectos asciende a 23.000 millones de dólares (19.500 millones de euros). Todos eran respaldados por empresas estatales chinas y fueron acordados al final de la era Najib (2009-2018). La línea de tren, presupuestada en 17.000 millones de euros, era la joya de la corona de China en su ánimo de expandir la sacrosanta “nueva ruta de la seda” por el sureste asiático, el plan maestro de Pekín para asegurar las conexiones terrestres y marítimas entre Asia y Europa.

Mahathir, quien aseguró en una visita a Tokio (Japón) el pasado junio que es “justificable” para naciones en desarrollo como Malasia disfrutar de algún tipo de proteccionismo porque no pueden competir en igualdad de condiciones con las grandes economías, quería renegociar los términos de algunos acuerdos y esclarecer supuestos vínculos con el 1MDB. En concreto, el Ministerio de Finanzas malasio sospecha que un banco estatal chino utilizó parte de un préstamo destinado a los oleoductos para pagar deudas acumuladas por el fondo, según Reuters.

Y es que China ha desempeñado un papel clave desde que el escándalo del 1MDB saltó por los aires en 2015. Varias compañías estatales del gigante asiático, entre ellas del sector energético y ferroviario, evitaron entonces la ruina del fondo a través de varias operaciones financieras, un favor que Malasia devolvió acelerando la aprobación de proyectos de infraestructura en su país relacionados con la ruta de la seda, como la línea ferroviaria ahora suspendida. Najib llegó a firmar un acuerdo de Defensa con China durante su visita a Pekín a finales de 2016, entonces un gran gesto de acercamiento entre ambos países, en plena disputa por las islas Spratly, en el mar de China Meridional.

Pero con Najib fuera del Gobierno y el 1MDB investigado bajo la batuta de Mahathir, los acuerdos con Pekín son mirados con lupa. Dada la débil posición fiscal de Malasia y que muchos de estos proyectos financiados por empresas chinas “tienen un valor económico dudoso, eliminarlos puede jugar a favor de los intereses a largo plazo de Malasia”, apunta Alex Holmes, de Capital Economics. El analista explica que éstos podrían endeudar aún más al país y provocar además un exceso de capacidades en el sector sin que Malasia, que disfruta de buena infraestructura, lo necesite.

En cualquier caso, los pasos actuales dados por Mahathir interrumpen la luna de miel que China ha disfrutado con el sureste asiático en los pasados años. Especialmente desde que el filipino Rodrigo Duterte llegó al poder en 2016. El lenguaraz dirigente anunció en Pekín meses después de su investidura la “separación” de su socio Estados Unidos y su acercamiento a China. Duterte hizo la vista gorda a un fallo dirimido ese año por la Corte Penal Internacional (CPI) que daba la razón a Manila en sus disputas con Pekín por las Spratly, también reclamadas por Filipinas. Malasia, endeudada por el 1MDB, siguió los pasos de Filipinas. Y países como Camboya o Myanmar, amonestados por Occidente por sus políticas domésticas, abrazaron las inversiones de Pekín.

Zona "libre y abierta"

Pero Mahathir podría revertir esta tendencia. En su citado viaje a Tokio, el mandatario abogó por estrechar lazos con Japón, histórico enemigo de China. El acercamiento entre Malasia y Japón, indica Tang Siew Mun, investigador del Instituto de Estudios del Sureste Asiático de Singapur, “puede dar ímpetu al plan de Tokio de promover un Indo-Pacífico libre y abierto”. Se trata de la iniciativa de Estados Unidos y su aliado Japón de contar más con India para contrarrestar el peso de China en la región, a la vez que defienden la libre navegación en el Pacífico ante la expansión de Pekín por el mar de China Meridional. Mahathir ya ha advertido de que esas aguas “no deben ser controladas por ningún país, ni Estados Unidos ni China”, una postura mucho más firme que la de Najib.

La distancia, no obstante, que Malasia puede poner con China es limitada. El comercio bilateral entre ambos países llegó el año pasado a los 82.000 millones de euros, consolidando a Pekín como el segundo socio comercial de Kuala Lumpur, después de Singapur. Mahathir está preparando un inminente viaje a China, en el que negociaría los términos de los acuerdos suspendidos, al menos de los oleoductos, de menor coste. Se comprobará entonces si la ruptura se formaliza, o si es solo una fase más de la compleja relación entre la potencia asiática y sus vecinos.

Más cambios a la vista

Aunque China sea la primera “víctima” del viraje político de Malasia, parece que no será la última. Mahathir ya ha dado indicaciones de que revisará la participación de su país en el Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), salvado por Japón y otros diez países después de que se retirarse Estados Unidos con la llegada de Trump. Y se espera que adopte un enfoque similar con la alternativa regional de China, la Alianza Económica Integradora Regional (RCEP), negociada actualmente entre potencias como Australia, Japón, India y todos los miembros de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN).

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