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La economía se enfrenta al calendario

El saneamiento bancario que se ha hecho en buena parte de la eurozona sigue pendiente en este país

Pantalla con el reloj de la deuda, en la estación Termini de Roma, el 15 de febrero. Ampliar foto
Pantalla con el reloj de la deuda, en la estación Termini de Roma, el 15 de febrero. AFP / Getty

Cuando ya parecía un mal recuerdo de lo peor de la Gran Recesión, la prima de riesgo volvía a acaparar en los últimos meses la atención de los inversores. Ocurrió durante la formación del Gobierno de coalición en Italia, y las tensiones contagiaron a las economías del sur de Europa. Los mensajes antieuropeístas del Movimiento 5 Estrellas y la Liga durante la campaña, la elección del euroescéptico Paolo Savona para dirigir el Ministerio de Economía y los planes de gasto público del programa de gobierno avivaron los temores a una nueva crisis del euro. Y aunque los mercados han recuperado cierta calma en las últimas semanas, la amenaza está ahí.

“Pero no es nuestro escenario central”, resume Rafael Doménech, jefe de Análisis Macroeconómico de BBVA, reflejando el sentir entre la mayoría de los expertos. No todos, claro, porque cuando surgen problemas en la eurozona, siempre vuelven a primer plano los analistas que defienden que el euro es un fracaso como proyecto político y como instrumento para el crecimiento de los países miembro, como el reciente artículo de Martin Wolf en Financial Times. “Pero todo depende de lo lejos que quiera ir el actual Gobierno; y salirse de la disciplina europea, de cuán lejos quiera ir en materia de déficit y de reversión de algunas reformas fundamentales, como la laboral o de pensiones”, precisa Doménech.

Lo cierto es que las propuestas del nuevo Gobierno de reducir a dos los tipos del impuesto sobre la renta —15% y 20% —, de establecer una renta mínima de ciudadanía de 780 euros y de rebajar la actual edad de jubilación a los 67 años tendrían un coste estimado de entre el 6% o 7% de su PIB, según los cálculos elaborados por el think tank europeo Bruegel. Eso supone un aumento del gasto que tendría que financiarse con un aumento de la deuda pública que parte ya de unos niveles muy elevados, el 132% del PIB. En un entorno de aumento del precio del dinero, con las subidas de los tipos de interés, eso encarecería, y mucho, la financiación para toda la economía italiana con el consiguiente impacto sobre el crecimiento.

En todo caso, la crisis de Grecia, fundamentalmente, pero las de España e Irlanda también, han permitido a la Unión Europea dotarse de algunas herramientas que no existían al principio de la Gran Recesión. Como bien recordaba el saliente vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), Vitor Constancio, en uno de sus discursos de despedida, “de ahora en adelante, el BCE no tendrá excusas para incumplir su mandato de hacer frente a las dificultades de transmisión de la política monetaria a través de la intervención en el mercado de bonos soberanos”. Es decir, ya sabemos todo lo que el BCE puede hacer para garantizar la estabilidad financiera del área euro. Tras la crisis del euro 1.0, para que no se produzca contagio entre los países basta que el BCE confirme su predisposición a hacer “todo lo que sea necesario”, como dijo su presidente Mario Draghi en julio de 2012, para salvar al euro y sacar la artillería.

Junto a los nuevos instrumentos de los que se ha dotado la Unión —aunque la unión monetaria aún esté lejos de completarse—, es verdad que los países han llevado a cabo reformas durante la crisis, muy dolorosas en términos socioeconómicos e impopulares en términos políticos, que han impulsado su recuperación. Y ahí, es verdad que Italia se ha quedado atrás. El saneamiento bancario que se ha llevado a cabo en buena parte de la eurozona sigue pendiente en Italia. Un dato: el país cuenta con el mayor volumen de activos dudosos de toda la UE, con 224.200 millones de euros, lo que equivale al 14% del PIB y un 23,8% del total de la Unión.

El saneamiento bancario que se ha hecho en buena parte de la eurozona sigue pendiente en este país

“Una crisis en Italia sería muy diferente a la que vivió Grecia, incluso a la de España o Irlanda. Porque el tamaño de la economía italiana es mucho mayor”, advierte desde Copenhague Steen Jakobsen, economista jefe de Saxo Bank. “Italia no es el enfermo de Europa sino el síntoma de la enfermedad de la UE, por su resistencia a los cambios. Pero esta es una crisis europea en la que, además, Alemania carece de la fortaleza política o económica para contrarrestar sus efectos. Es una crisis existencial que acabará con reformas forzosas“, recalca el economista danés.

Como recordaba en una reciente nota a clientes el economista jefe de Unicredit, Erik Nielsen, en tiempos de nacionalismo, acusar a alguien o a algo del exterior de los problemas reales y los percibidos es la norma. “Y durante los últimos 10 o 15 años, varios políticos italianos han culpado del bajo desempeño económico del país a las políticas dictadas por el Norte de Europa”.

De ahí que los italianos sean los más euroescépticos en la encuesta del Eurobarómetro. Por eso y porque desde 1990 la cuarta economía del euro apenas ha crecido de media un 0,7%; porque ha pasado a ocupar posiciones muy bajas en los índices de competitividad mundial; y, en términos de renta per cápita, aún se sitúa nueve puntos por debajo de los niveles registrados en 2007, al inicio de la crisis.

Las necesidades de financiación van a obligar al Ejecutivo italiano a estar muy pendiente en los próximos meses del calendario. Las agencias de calificación crediticia emitirán entre finales de agosto y el 26 de octubre su dictamen sobre la economía italiana. La sentencia que dicten esas agencias jugará un papel decisivo en el devenir político del país. “La rebaja de la calificación por cualquiera de las tres grandes agencias hasta situar a la deuda de Italia en un nivel por encima del bono basura sin duda disparará las alarmas entre la mayoría de los inversores institucionales”, advierte Nielsen.

En un reciente informe, la agencia de calificación Fitch reconocía que “los recientes acontecimientos políticos podrían afectar a las perspectivas de crecimiento”, en función de sus decisiones sobre el gasto y una creciente incertidumbre. Por lo pronto la agencia ha rebajado sus previsiones de crecimiento para este año del 1,5% al 1,3%.

Pese al difícil escenario geopolítico actual, los mercados parecen decididos a ignorar los riesgos políticos. También en Italia, pese a que el nuevo Gobierno ha empezado a utilizar la inmigración como arma de negociación dentro de Europa.

Pero el calendario de los inversores y el calendario político no tienen por qué coincidir necesariamente. “Y ahí, como dice un viejo proverbio inglés, siempre hay que esperar lo mejor y estar preparado para lo peor”, recalca Rafael Doménech.