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Trump pone al frente de la diplomacia a Pompeo, del sector más radical

Mike Pompeo, hasta ahora director de la CIA, dirigirá la diplomacia en uno de sus desafíos históricos: el cara a cara con el líder de Corea del Norte

El secretario de Estado, Rex Tillerson, en una rueda de prensa en México el pasado febrero.

Donald Trump abrió este martes la mayor crisis de su mandato. A los pocos días de aceptar reunirse cara a cara con el líder norcoreano, Kim Jong-un, el presidente de EEUU anunció la destitución fulminante de su secretario de Estado, Rex Tillerson, y su recambio por el director de la CIA, el halcón Mike Pompeo. La jefatura de la CIA será ocupada a su vez por la tenebrosa Gina Haspel, quien supervisó las torturas practicadas en la cárcel secreta de Tailandia. Con la salida de Tillerson, cuyo mandato ha sido inusualmente breve para un secretario de Estado, cae otro de los pesos pesados del sector moderado (la semana pasada fue el consejero económico, Gary Cohn) y se confirma una vez más la vertiginosa capacidad de Trump para quemar equipos.

El mazazo se hizo oír. El despido de Tillerson no tuvo contemplaciones. Fue puro Trump. Un tuit y fuera. El propio Departamento de Estado, en un insólito comunicado firmado por el subsecretario Steve Goldstein hizo saber que Tillerson “no había hablado con el presidente esa mañana y que desconocía el motivo” de la destitución. “El secretario tenía toda la intención de permanecer debido a los progresos hechos en materias críticas de seguridad nacional”, remachó la nota. Dos horas después, Goldstein también fue despedido.

La caída de Tillerson tiene un significado estratégico. Pasado el primer año de mandato, el presidente afronta en noviembre unas elecciones claves a un tercio del Senado, la totalidad de la Cámara de Representantes y 39 gubernaturas. Ante los previsibles vaivenes, Trump quiere reforzar el ala dura republicana y quitarse de encima a todo aquel que, como Cohn o Tillerson, frena su narrativa ultranacionalista.

En este realineamiento también incide una agenda exterior que Trump trata como una cuestión de política interna. La guerra arancelaria ha dado comienzo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte está en la cuerda floja, el pacto con Irán debe ser renovado en cuestión de semanas y, en un giro inesperado, el presidente ha aceptado un cara a cara con el déspota norcoreano.

Ante este horizonte explosivo, Trump se ha dejado guiar por sus instintos y ha apostado por quienes le son más fieles y próximos. Entre ellos, Mike Pompeo. “Con Tillerson discrepaba en algunas cosas, como el acuerdo con Irán; en cambio, Pompeo y yo tenemos procesos de pensamiento similares”, dijo Trump.

El despido reafirma algo ya conocido. Con este presidente, el gabinete ha pasado a ser de los más convulsos de la historia de Estados Unidos. Su tasa de reemplazo es del 43% y no hay mes en que no caiga un alto cargo. Abrió la cuenta el consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, quien solo permaneció 24 días en su puesto, y le han seguido el jefe de gabinete, Reince Priebus, y el estratega jefe, Steve Bannon, entre otros. Bajo este vendaval, la destitución del secretario de Estado se daba por descontada.

Tillerson, antiguo patrón del gigante petrolero Exxon, chocó desde las primeras semanas con el mandatario. Reflexivo y acostumbrado a acuerdos a largo plazo, su gestión se vio continuamente sacudida por el estilo Trump y sus intempestivos tuits. La mala relación quedó en evidencia cuando en julio se filtró que, tras una disputa en el Despacho Oval, Tillerson, desesperado, había dicho a su equipo que Trump era un “estúpido”. Una afirmación que nunca desmintió del todo, y que llevó al mandatario a humillarle públicamente con el siguiente comentario: “Creo que es información falsa; pero si lo dijo, entonces supongo que tendremos que comparar nuestros coeficientes de inteligencia. Y puedo asegurar quién va a ganar”.

El desprecio trascendía lo personal. Donald Trump impuso su apisonadora al Departamento de Estado ahí donde pudo. Recortó un 30% su presupuesto y, en cada ocasión posible, mostró su desagrado con las directrices de Tillerson.

Ocurrió con su apuesta por un diálogo con Corea del Norte, que en su día el presidente consideró “una pérdida de tiempo”; pero también con el Acuerdo de París contra el Cambio Climático, con la relación con Moscú, con la guerra arancelaria y con el pacto nuclear con Irán, apartado este último que el secretario de Estado salvó a duras penas gracias al apoyo del consejero de Seguridad Nacional y el secretario de Defensa.

Las desavenencias eran tan notorias que habían convertido a Tillerson, de 65 años, en un cadáver andante. En Washington se acuñó el término Rexit (de Rex y Brexit) para referirse a su inminente marcha y se hablaba abiertamente de su sustitución por Pompeo. La falta de carisma y el escaso respaldo que le brindó el cuerpo diplomático, para quien nunca dejó de ser un extraño, aumentaron una sensación de provisionalidad que se precipitó con el cara a cara que el presidente decidió mantener con el Líder Supremo norcoreano. Esta fue, según los medios estadounidenses, la gota que colmó el vaso.

Trump recibió el jueves pasado en la Casa Blanca a los emisarios surcoreanos que se habían entrevistado con Kim Jong-un y le trasladaron su oferta de diálogo directo. Para sorpresa de los presentes, el presidente aceptó el reto sin consultar con nadie y, además, ordenó que el propio legado de Seúl fuese el encargado de anunciarlo en la Casa Blanca. Solo una vez tomada la decisión, Tillerson fue informado.

El secretario de Estado se hallaba en África de viaje y el golpe, el inmenso desprecio a su consejo y a los oficios del cuerpo diplomático, le dejaron aturdido. Tanto que, según los medios estadounidenses, tuvo que cancelar todas sus actividades alegando un repentino malestar. No hubo piedad. Cinco días después, Trump anunció por Twitter su destitución.

Su recambio. Mike Pompeo, es una figura al alza en la Casa Blanca. Antiguo miembro del Tea Party, defensor de la pena muerte para Edward Snowden y martillo de herejes demócratas, su claridad expositiva y su división del mundo en amigos y enemigos es muy apreciada por el presidente, con quien comparte unos modales despiadados.

Esta querencia se hizo evidente ayer, cuando al anunciar la crisis de gobierno, Trump ensalzó en un comunicado su figura: “He llegado a conocer a Mike muy bien en los últimos 14 meses y estoy seguro de que es la persona adecuada para esta coyuntura crítica. Él continuará nuestro programa de restauración de América (…) y buscando la desnuclearización de Corea del Norte”. A Tillerson ni siquiera le llamó para darle explicaciones antes de despedirle.

El último discurso del secretario de Estado más efímero

J.M.A. / A.M.

El silencio señaló a Donald Trump más que ninguna palabra. En su despedida, el secretario de Estado, Rex Tillerson, rompió los moldes y no hizo mención al presidente. Se dirigió a la nación con un discurso cargado de parabienes hacia los aliados y de agradecimiento al cuerpo diplomático. Tuvo palabras de cariño para el secretario de Defensa, Jim Mattis, y de alerta ante la “conducta problemática” de Rusia. Pero de Trump nada dijo.

Tampoco le criticó. A diferencia del presidente, que por la mañana había aireado sus diferencias con Tillerson sobre Irán y Corea del Norte, el secretario de Estado prefirió evitar el cuerpo a cuerpo, y mostrar con la omisión su enfado. Tras hablar de la política mundial, dio a conocer los pormenores de su salida, básicamente, que seguirá en el cargo hasta el 31 de marzo y que el vicesecretario John Sullivan se iba a encargar de la transición.

No fue un discurso fácil. En más de una ocasión le tembló la voz. Para muchos, había sido humillado como pocos secretarios de Estado lo han sido antes. Aunque el jefe del gabinete, el general John Kelly, le alertó el viernes pasado de lo que podía ocurrir, Trump solo le llamó tres horas después de anunciar al mundo su despido con un tuit y su sustitución por el halcón Mike Pompeo.

Tillerson, con 14 meses en el puesto, ha sido uno de los jefes de la diplomacia más breves de la historia de Estados Unidos, en la que solo otros 15 nombrados pasaron menos tiempo en el departamento, pero ninguno de ellos se fue por despido. Echando la vista atrás desde principios de siglo XX, excluyendo siempre a los secretarios interinos o relevados por un cambio de Gobierno, también parece no solo uno de los más breves, sino el único fulminado que ha durado tan poco.

Edmund Muskie tan solo ocupó la plaza desde mayo de 1980 hasta el 20 de enero de 1981, poco más de seis meses, pero su adiós se produjo cuando el republicano Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca. El predecesor, el demócrata Jimmy Carter, lo había nombrado en un momento aciago, después de varios interinos, cuando Cyrus Vance dimitió en 1980, en protesta por la operación militar de rescate de los rehenes estadounidenses en Irán, acción que fracasó y había sido decidida en contra de su criterio.

También fue breve, aunque no tanto como Tillerson, el sucesor de Muskie, Alexander Haig, secretario de Estado entre enero del 81 y julio del 82. Jefe de gabinete de Nixon en la época del Watergate, fue nombrado por Reagan, pero se fue quedando cada vez más aislado y acabó por dimitir.

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