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Zuma o el secuestro del legado de Mandela

La corrupción galopante protagonizada por el expresidente y una parte del Congreso Nacional Africano ha erosionado las instituciones y los ideales tras el fin del 'apartheid'

Mandela y Zuma, en la residencia presidencial de Ciudad del Cabo, en febrero de 2010.
Mandela y Zuma, en la residencia presidencial de Ciudad del Cabo, en febrero de 2010. AFP

Desde la brillante imagen de Nelson Mandela, sonriente como siempre, depositando el voto en las elecciones de 1994, libre él de la cárcel y libre el país del apartheid, a la de Jacob Zuma desintegrándose en directo ante los ciudadanos, el miércoles pasado, en la televisión nacional, han pasado tres presidentes, la historia de la joven democracia sudafricana, y un zunami que ha minado los ideales del emblemático Congreso Nacional Africano (CNA), el respetado movimiento de liberación convertido en partido al poder. Encarando la ruta hacia los 25 años de democracia, Sudáfrica respira estos días los aires del fin de Zuma, una era que ha sido un “auténtico desastre”, según la define el analista sudafricano Ralph Mathekga, y un “trauma nacional”, para Susan Booysen, presidenta de la Asociación Sudafricana de Estudios Políticos.

Con una tensa lucha interna y sus cimientos tambaleando, Sudáfrica se pregunta cómo el CNA ha podido llegar hasta aquí: de ser el estandarte de la integridad a la viva imagen de la corrupción, con una masacre policial de por medio, la de los 44 mineros de Marikana. La respuesta para muchos se resume en una viñeta del agudo caricaturista Zapiro: Jacob Zuma desabrochándose los pantalones ante la diosa griega de la justicia, tumbada en el suelo con los ojos vendados e inmovilizada de los brazos por la coalición gubernamental.

“Una pequeña facción del CNA ha conseguido durante estos últimos años secuestrar la organización, concentrándose solo en enriquecerse y olvidándose de su objetivo de cambiar la sociedad”, explica Susan Booysen, que es también la autora de El Congreso Nacional Africano y la regeneración de poder político. “Es muy grave, hemos tenido un presidente que ha sido acusado por la máxima autoridad del país de no proteger la Constitución”, añade por su parte Mathekga. Con más de 800 cargos acumulados en la justicia durante su carrera, por corrupción y tráfico de influencias además de un caso de violación, entre otros, Zuma ha conducido como un kamikaze hasta llevar a Sudáfrica a una situación de captura del Estado, como lo tituló la Defensora del Pueblo, Thuli Madonsela.

Dumisa Ntsebeza, el abogado de las grandes causas

Con una larga carrera vinculada a la defensa de los derechos humanos, el reconocido abogado Dumisa Ntsebeza, analiza qué ha pasado en los pilares de su país y también, aunque dolido y crítico, quiere abrazar el optimismo. El que fue el jefe de investigación de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, ahora presidente del Centro por la Paz Desmond Tutu y miembro del patronato de la Fundación Nelson Mandela, representó a 37 de las familias de los mineros abatidos en Marikana durante la Comisión de Investigación. De primera mano, siguió y escuchó al entonces vicepresidente Cyril Ramaphosa (ya tenía cargo cuando, en 2014, subió a declarar) justificaba su peligrosa actitud durante los días precedentes a la masacre. Ramaphosa era accionista de la mina de platino de Lonmin, en la que ocurrió el asesinato de 44 mineros a manos de la policía, además de vicesecretario del CNA, y mandó un correo electrónico a pidiendo que se tomara “acción concomitante”. La Comisión acusó a la policía de haber cedido a la presión.

“Aunque es desafortunado, la Comisión de Investigación de Marikana exoneró a Ramapahosa. Aunque yo esté en desacuerdo con la conclusión, el hecho es que fue absuelto de responsabilidad”, asume el abogado. “Pero a diferencia de Zuma, Ramaphosa ha tenido la decencia moral de no intentar evitar el proceso, sino que se sentó para dar explicaciones”, explica Ndebeza para quien es, en cambio, su historial político asociado al hombre que ha “maltratado al sistema judicial de este país”. “De lo que no puede escapar Ramaphosa- cierra Ntsebeza- es de haber servido en el gobierno Zuma”.

A pesar del descarrilamiento y el desencanto popular que ha generado, no todo está perdido, según los analistas. Booysen considera que ahora el nuevo presidente, Cyril Ramaphosa, tiene la oportunidad de recuperar la confianza de los ciudadanos. "Las heridas que ha dejado Zuma en las instituciones son profundas”, indica Mathekga. Para recuperarlas, según Booyseen, Ramaphosa “tiene que demostrar que puede hacerlo mucho mejor y vincularse de nuevo a los ideales que caracterizaron –al CNA- durante la transición, en los años 90 y en los tiempos de Nelson Mandela”.

Unos vínculos que serán difíciles de rehacer si no se resuelve la masacre de 44 mineros de Marikana, que ha sido la operación policial más letal desde el fin del apartheid, una carga que pesa tanto sobre Zuma como Ramaphosa. La flagrante reacción de la policía en agosto de 2012, que disparó a matar a un grupo de mineros que se manifestaban -abatiendo a 34 in situ y 10 más en otros sitios y momentos- sucedió bajo el gobierno de Zuma. Ramaphosa, entonces en el sector privado, fue el encargado de gestionar el conflicto para la empresa Lonmin, en cuyas concesiones sucedió la matanza.

Nadie ha respondido ni ha sido encontrado responsable de la trágica operación. La Comisión de Investigación de Marikana, tras 300 días de existencia, no fue capaz de sacar ninguna conclusión y denunció que la policía les desvió de las investigaciones. La turbulencia con la que se ha dejado abierto este dramático episodio preocupa a los sudafricanos y al Parlamento rescató el tema el lunes. “¿Es Marikana menos relevante que la corrupción?” se pregunta Mathekga, quien considera que “si realmente queremos avanzar, no podemos dejar de un lado la peor operación policial post apartheid”.

En el mitin de cierre de campaña en 2009, antes de convertirse en presidente, Zuma paseó por el mítico y simbólico estadio de Ellis Park junto a un debilitado Mandela, en una especie de papamóvil listo para la ocasión. El pasado y el futuro se fundieron en esa vuelta por el césped. En el mismo estadio que acogió en 1995 la esencia de la reconciliación buscada por Mandela. 14 años después de aquello, se abrió así la era de los escándalos, de las transferencias descaradas de dinero a cambio de poder —en la que la millonaria familia Gupta ha desempeñado un papel fundamental—, de la apropiación de dinero público para el enriquecimiento individual —la mansión de Zuma—, o con las escuchas ilegales. Con el CNA, la justicia y las instituciones secuestradas, se disparó el desempleo, la desigualdad, la desconfianza y el malestar social.

Pero la pregunta sigue siendo la siguiente: ¿cómo fue posible el fenómeno Zuma? ¿Cuándo y por qué el CNA llegó a desviarse tanto de su propia naturaleza? Booysen sitúa las raíces de la catástrofe en el capítulo Mbeki. Thabo Mbeki, el presidente que tomó la enorme responsabilidad de suceder a Nelson Mandela, en 1999, gobernó durante casi una década con algunos errores, pero manteniendo a flote los avances. “Incomodó en el CNA que representara al ala intelectual del partido, un movimiento con una masa muy popular. Zuma, supo capitalizar ese malestar para, en nombre de las clases humildes, encumbrarse”. Por el camino, se olvidó de ellas.