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OBITUARIO

Maria Pasquinelli, némesis de las masacres de Istria

Asesinó en 1947 al general británico que supervisaba la entrega de la península adriática a la Yugoslavia de Tito, cuyos partisanos arrojaron vivos a simas a cientos de italianos

Maria Pasquinelli, militante fascista italiana.
Maria Pasquinelli, militante fascista italiana.

En el cementerio de Bérgamo, al este de Milán, cuelga una pancarta. Es blanca, con unas letras negras que dicen: “Honor a Maria Pasquinelli, exiliada italiana, nunca dominada”. La firma, del grupo de extrema derecha Casa Pound, es casi superflua al lado de inequívoca estética fascista de la escritura. La mujer a la que celebran como heroína y patriota falleció el martes en esa ciudad a los 100 años, en el asilo para ancianos en el cual vivió en silencio los últimos 40.

Hubo una época, sin embargo, en la cual el nombre de María Pasquinelli se hizo muy célebre. Fue ella quien mató a tiros al comandante de las fuerzas de ocupación británicas en Pula, el coronel Robert W. De Winton. Era el 10 de febrero de 1947. En París, vencedores y vencidos de la II Guerra Mundial estaban firmando el tratado que sellaba las nuevas divisiones territoriales. Italia, que había salido del conflicto el 8 de septiembre de 1943, pagó el apoyo de Benito Mussolini al Führer cediendo a Yugoslavia sus territorios al este de Trieste, Istria, aquella península adriática cuya población se componía desde antiguo de una mezcla de personas de origen y lengua italiana, croata y eslovena. Los británicos controlaban su capital, Pula, que aquel día pasaba oficialmente de Roma a Belgrado, tras años de atentados, represalias y matanzas entre los italianos que decidieron quedarse tras el derrumbe del régimen fascista y la llegada de los comunistas de Tito.

“En la mañana del 10 de febrero de 1947, sobre las nueve, estaba a unos cincuenta metros del cuartel general. Desde allí vi llegar el coche del comandante y me acerqué al edificio. Tenía la pistola escondida en la manga del abrigo. Le disparé tres tiros a quemarropa; él, herido, se tambaleó hasta caer. Llegó un soldado británico apuntándome con un fusil, pero no parecía tener claro si dispararme o no. Dejé caer el arma y esperé a que me arrestara”, testimonió Pasquinelli ante el tribunal que la juzgó.

La florentina Pasquinelli, maestra, frecuentó los círculos fascistas desde primera hora. Durante las guerras coloniales de Mussolini se alistó como enfermera voluntaria en Libia. Un día de 1941, con la cabeza rapada y disfrazada de hombre, intentó sumarse a los soldados que combatían en primera línea. Fue descubierta, arrestada y devuelta a Italia. Pero no se quedó quieta; demasiadas cosas sacudían el país, Europa, el mundo, como para que una fascista fervorosa no se arremangue y contribuya a la causa. En 1942 se desplazó a Split, hoy en Croacia, pero entonces italiana, tras la invasión de las tropas nazis y fascistas. Cuando en septiembre del año siguiente Italia firma un armisticio con los aliados y sale del conflicto, los italianos de Istria y Dalmacia quedan a merced de los comunistas que empiezan a avanzar sobre los territorios en disputa. En ese contexto se produjeron las denominadas “masacres de las foibe”: cientos o miles de italianos, según las fuentes, fueron arrojados, en muchas ocasiones vivos, a las profundas simas naturales (foibe) de aquel paisaje cárstico. Los precipicios se tragaron las vidas de militares y paramilitares fascistas, pero también de numerosos civiles inocentes. Siete décadas después de los hechos, allí siguen muchos de los cuerpos de las víctimas de aquella limpieza étnica a gran escala. Aunque el tema fue tabú durante años en la antigua Yugoslavia, el propio Tito reconoció en 1972 que 300.000 italianos tuvieron que exiliarse. El terrible episodio ha dividido profundamente durante muchos años a la opinión pública y la política italianas. En 2004, el Parlamento aprobó una iniciativa pluripartidista que instituía el Día del Recuerdo, que desde entonces se celebra cada 10 de febrero en conmemoración de la tragedia.

Pasquinelli, que trató de organizar una red de apoyo a los refugiados istrianos, fue arrestada pero enseguida liberada por los alemanes. Se refugió en Trieste, donde se vinculó a X Mas, la parte del Ejército italiano que permaneció fiel al Duce tras el derrumbe de su Gobierno. Desde aquella ciudad, que ahora marcaba el confín de su país, maduró la idea de matar al comandante de las tropas británicas que controlaban militarmente Istria: para ella se trataba de invasores.

Tras el atentado, se difundieron toda clase de conjeturas sobre sus motivos; hubo quienes dieron pábulo a la teoría de que Pasquinelli actuó por despecho amoroso. Fue el gran periodista Indro Montanelli, que cubría sobre el terreno los acontecimientos en Istria, quien desveló los verdaderos móviles del asesinato al tener acceso a un escrito de Pasquinelli en el que esta explicaba su acto. Fue juzgada y condenada a muerte, pero los ocupantes no querían una mártir y la pena se conmutó en prisión perpetua, que cumplió en una cárcel de Perugia hasta que en 1964 pidió y obtuvo la excarcelación para asistir a su hermana, que vivía en Bérgamo. Nunca se arrepintió de su gesto, inútil desde un punto de vista histórico, pero que le valió el afecto de los refugiados de Istria y de muchos ultraderechistas. Apenas concedió entrevistas. Murió llevándose muchos misterios sobre aquella mañana de febrero. Algunos documentos aparecidos recientemente dan fe de que los servicios británicos sabían mucho sobre Pasquinelli y sus apoyos antes del atentado.