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COLUMNA

China quiere la primacía

El XIX fue el siglo de la humillación; el XX, el de la restauración; y el XXI, el del dominio

El Partido Comunista Chino ha decidido celebrar su 18º Congreso apenas unos días después de las elecciones estadounidenses, que, hasta el martes pasado, focalizaron también la atención mundial. No podría haber un símbolo más explícito de la nueva jerarquía planetaria: China se ha convertido en la segunda potencia y espera llegar a convertirse en la primera. Nunca he olvidado aquella conversación grabada en Shanghai hace diez años en la que un alto dirigente del partido —por otra parte, enamorado de Francia— afirmaba que el XIX había sido el siglo de la humillación (nuestros libros de Historia nos enseñan que ese fue el periodo del “desmembramiento” de China); el XX, en su periodo comunista, el siglo de la “restauración”, y el XXI está destinado a ser el siglo de la “dominación”.

Más allá de la elección de las personas y de la supuesta orientación “reformista” del nuevo presidente, Xi Jinping, la cuestión central que se nos plantea es si China va a adoptar una línea cada vez más nacionalista y dominadora o si se inscribirá más en un juego mundial de interdependencias y resoluciones colectivas y pacíficas de los conflictos.

Eso que aún convenimos en llamar Occidente sigue viviendo con la idea de que, en los últimos 4.000 años, China se ha preocupado exclusivamente de su propia unidad, de que así seguirá siendo durante el próximo milenio y de que el “Imperio del Centro” no pretende convertirse en un imperio belicoso y conquistador, al modo del Japón de entreguerras.

Ha sido precisamente de Japón de donde han llegado las primeras señales de alarma, concretamente de un pequeño grupo de islas niponas situadas en el mar de China, que han sido objeto de demostraciones de fuerza de una y otra parte.

Japón está intranquilo. No en vano Hu Jintao, el presidente chino saliente, ha proclamado alto y claro las nuevas ambiciones marítimas de China. Mientras que, en los años recientes, a Japón le preocupaba más bien la distensión de sus lazos con Estados Unidos, ahora pide la revigorización del pacto de defensa que obliga mutuamente a Tokio y Washington desde el fin de la guerra. Según el Gobierno japonés, la nueva ambición marítima de China implica riesgos que ni Japón ni Estados Unidos habían calculado.

Otro ejemplo: China, siempre preocupada por la idea de recuperar Taiwán algún día, prohíbe al director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC) viajar a Taipei, cuando Taiwán es miembro de la OMC y China quiere inscribirse en el marco de las reglamentaciones internacionales del comercio. La representación de la OMC en Taipei solo puede correr a cargo de un miembro de la dirección, pero no del director en persona. Estas cuestiones no se tratan, como sería normal, con el ministro chino de Comercio, sino con el aparato militar del Partido Comunista, que sabemos muy proclive al nacionalismo militante. Admitamos pues que el sistema chino sigue siendo muy opaco y que nadie puede predecir cuál será la línea que seguirán las siete personalidades que componen, en la cúspide del Estado y del Partido, el grupo dirigente.

Hay dos opciones que, por otra parte, no son excluyentes: o bien apostamos por el poder de arrastre del comercio mundial, por la absoluta necesidad de China de continuar creciendo a un ritmo constante y, en consecuencia, por el hecho de que necesita a los demás a toda costa y, en tal caso, especulamos sobre la inevitable democratización que tendrá lugar a medida que crezcan las aspiraciones de las nuevas clases medias chinas... O nos preocupamos antes que nada de contener el eventual expansionismo chino y pensamos en la constitución de un arco democrático susceptible de poner en marcha esa política de contención, y que iría desde Nueva Delhi a Tokio, pasando por Indonesia, Australia y, sin duda, inevitablemente, también Vietnam.

Mientras tanto, hay que saber que los chinos se refieren con orgullo a la meritocracia, que produce la renovación de sus cuadros dirigentes, pero que en realidad es una oligarquía que cada vez tiende más a reproducirse a sí misma (el propio presidente Xi Jinping es hijo de un dignatario) y tiene la ventaja de generar equipos que permanecen en su puesto durante largos periodos. Así pues, el presidente Xi Jinping tiene todas las papeletas para seguir en el poder cuando Barack Obama esté escribiendo ya el segundo o el tercer tomo de sus memorias.