El cuarto de siglo en que cambió todo: la Gran Transformación
El terrorismo islamista, la Gran Recesión, la pandemia... En 25 años todo ha mutado y el planeta, ahora, está engullido por guerras abiertas cuyas consecuencias aún no están claras

Entonces éramos relativamente felices. El efecto 2000 había sido un bluf y el mundo cambió de centuria en paz y creciendo. Los efectos del cambio climático se preveían alejados, para las generaciones futuras. El panorama se transformó con rapidez: todo lo que ocurría llevaba a priorizar la seguridad sobre la libertad, desequilibrando ese binomio tan tradicional que define la calidad de una democracia. El terrorismo en Nueva York, Washington, Madrid, Londres, París, etcétera; la Gran Recesión que sustituyó el neoliberalismo por el keynesianismo como sistema de protección. Un día escuchamos rumores sobre un virus en una lejana ciudad china, Wuhan, que se fue acercando poco a poco a cada uno de nosotros y el mundo se paralizó totalmente durante un trimestre dada su extrema mortalidad. Finalmente comenzaron a llegar las guerras, con una peculiaridad: ya no eran, como antaño, conflictos regionales, sino globales. Ahí estamos. En un cuarto de siglo el mundo ha cambiado para siempre.
Sin que se hayan terminado los efectos del terrorismo (todo lo contrario, sus posibilidades aparecen mucho menos remotas), de las burbujas financieras (por ejemplo, la del endeudamiento) o de las pandemias, el planeta está engullido por toda clase de conflictos en los que sobresalen el europeo (Ucrania), el de Pakistán y Afganistán o el de Oriente Próximo. Del último de ellos, los ataques armados de EE UU e Israel a Irán, extendido a todos los países de la zona, todavía no existe la perspectiva suficiente para conocer sus efectos definitivos. Entre los colaterales están los económicos: el principal, hasta ahora (aunque haya picos de sierra), es el dinero que están perdiendo en los mercados de valores centenares de miles de pensionistas y de inversores de todo el mundo que tienen sus ahorros depositados en aquellos. Y el más deletéreo, el riesgo energético, que corre a incrustarse en el coste de vida y la cesta de la compra de todos los ciudadanos.
Hay muchas diferencias geopolíticas, pero en algo recuerda este momento a la crisis del año 1973, en plena guerra del Yom Kippur entre árabes e israelíes. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entonces un monopolio dominado por los árabes, ordenó el embargo parcial de los suministros de crudo y, como consecuencia, un alza general de sus precios, que se multiplicaron por cuatro. Aquella no fue solo una crisis energética, sino también de índole monetaria. En agosto de 1971, el presidente Richard Nixon tomó una decisión rupturista: liquidó las normas vigentes del Sistema Monetario Internacional, suspendió la paridad entre el oro y el dólar, y los tipos de cambio fijos. Así terminó con lo que quedaba vigente de los acuerdos de Bretton Woods con los que, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, 44 países se dotaron para actuar en los mercados. Entonces se puso de moda un neologismo para definir lo que estaba ocurriendo: estanflación, una confluencia de estancamiento económico y aumento de los precios (por contra de lo que había sucedido en los años treinta, paro y deflación).
Luego vinieron otras crisis del petróleo (en 1979, con la presencia de los ayatolás en Irán; en 1990, con la invasión de Kuwait por parte de Irak, etcétera). En todas ellas, el crudo era el canal crítico de los problemas. Con la revolución digital éste fue sustituido por los datos de ciudadanos y empresas y llegó el capitalismo de vigilancia. Hasta hace apenas unos días la principal preocupación de las Bolsas de valores —en niveles máximos— venía determinada por la inquietud de que se estuviese formando una gigantesca burbuja alrededor de los propietarios de la inteligencia artificial (IA).
Desde hace una semana larga las cuestiones que determinarán el comportamiento de la economía son las tres siguientes: cuánto se prolongará la guerra; si se cierra del todo o no el estrecho de Ormuz, por el que circula el 20% del petróleo que consume el mundo, el 15% del gas natural licuado, o del 14% de la producción refinada de crudo; y cuántas infraestructuras energéticas quedarán dañadas.
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