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Helen Hester, filósofa: “Lo que consideramos tiempo libre no es sino un espacio para la recuperación”

La feminista británica sostiene que solo si nos emancipamos del sistema neoliberal y priorizamos nuestro propio tiempo podremos disfrutar de la libertad verdadera

Helen Hester, filósofa
Helen Hester, en Southbank, Londres, el miércoles 10 de abril.Ione Saizar

El trabajo contemporáneo representa “una prisión” de la que la filósofa británica Helen Hester (Grays, 1983) apela a emanciparse para disfrutar nuestra libertad verdadera. No se trata solo de la modalidad remunerada, también se refiere al trabajo reproductivo, para el que demanda “reconocimiento, redistribución y reducción” [del tiempo de trabajo], precisa durante la entrevista, que se hizo en un café al suroeste de Londres con la presencia de dos de sus tres hijos, de casi cuatro y seis años. Su libro más reciente, Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre, coescrito con su pareja, Nick Srnicek, esboza vías de salida, como la construcción de redes sociales humanas. Hester, catedrática de Género, Tecnología y Políticas Culturales en la Universidad de West London, es además una de las representantes de una nueva corriente del feminismo, el xenofeminismo, y es autora de un libro homónimo (ambos libros son de la editorial Caja Negra) en el que sienta las bases de una corriente que considera que las teorías que hacen de “lo natural” una norma deben ser destruidas para, después, construir desde cero una infraestructura social que logre la emancipación colectiva. El próximo miércoles 17 hablará desde La Casa Encendida y el día 20 charlará con la periodista experta en tecnología Marta Peirano en La Maliciosa, ambos actos en Madrid.

Pregunta. En Después del trabajo defiende que la verdadera libertad pasa por abolir el trabajo. ¿Cómo puede afectarnos disponer de tanto tiempo para nosotros?

Respuesta. Concebir el ocio como algo negativo es, en parte, por la ética del trabajo que hemos interiorizado. Esa idea de que, si no estamos trabajando, deberíamos hacer algo productivo no es más que el trabajo colándose en nuestra manera de pensar. Lo que actualmente entendemos como descanso y tiempo libre no es más que un espacio para la recuperación, física y mental, del trabajo, remunerado o no. Siempre habrá trabajo socialmente necesario, de lo que se trata es de cómo este se organiza. Deberíamos tener el tiempo y el espacio para implicarnos en las cosas que tienen sentido, para poder hacerlas y para decidir qué es importante para nosotros.

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P. Lo que propone supondría un cambio social totémico, ¿podemos hacer algo individualmente?

R. Con muchos límites, siempre vamos a enfrentarnos a estructuras sociales implacables que no podemos cambiar. Aunque reconozcamos que son arbitrarias, tienen efectos significativos y simplemente no podemos excluirnos de ellas. Pero si somos capaces de identificar las necesidades básicas, podemos comenzar a construir una infraestructura social por nosotros mismos. Hay muchísimos ejemplos de estas redes de ayuda mutua emergiendo de las grietas del sistema, si bien matizaría que, aunque pueden ser una solución muy útil, hay que tener cuidado con romantizarlo demasiado, porque son estructuras que surgen de la necesidad social.

P. La crianza es uno de los trabajos no remunerados más exigentes, ¿qué pueden hacer las personas con hijos para tener más tiempo?

R. Estaríamos ignorando una pieza realmente crucial del puzle si no tenemos en cuenta la necesidad de reducir el tiempo de trabajo y la semana laboral. Gran parte de la causa por la que padres y madres sienten esta intensa presión en materia de tiempo es por los horarios en los que se mueven, haciendo frente a un mosaico imposible para organizar las actividades de sus hijos.

“Padres y madres sienten una intensa presión; se enfrentan a un mosaico imposible para organizar las horas de sus hijos”

P. ¿Cómo es posible que, con todos los avances tecnológicos, dediquemos a las tareas domésticas el mismo tiempo que hace 150 años, como afirman en el libro?

R. Porque el tipo de instrumentos que hemos desarrollado generan más trabajo aún. A medida que estas tecnologías han ido introduciéndose, ha habido una tendencia a concebirlas como una invitación a trabajar más, así que lo que han hecho es aumentar la productividad en el hogar en lugar de reducir la carga de trabajo. Como consecuencia, este constante aumento de estándares ha anulado todas las ventajas que los avances tecnológicos podrían haber supuesto para ahorrar trabajo.

P. ¿Cuál es el problema: el trabajo en sí o cómo este ha evolucionado?

R. Depende de cómo se defina el trabajo. Mi definición es que el trabajo es un problema político y, en el caso del trabajo remunerado, el sistema capitalista penaliza doblemente. Por una parte, tienes que someterte al control del empleador, puesto que, en todos los casos, la naturaleza del trabajo es que alguien te dice qué es lo que tienes que hacer. Pero además está la dominación impersonal del sistema, que te dice que tienes que trabajar para sobrevivir. Hay muy pocas posibilidades de subsistencia más allá de la estructura del trabajo remunerado, y si no vendes 40 horas o más de tu tiempo cada semana, te expones a no tener hogar, a la indigencia, al hambre. Se te fuerza a vivir tu valiosa y única vida en este marco en el que la mayor parte de esta es vendida a los intereses de otra persona.

P. Marx decía que el trabajo dignifica al hombre…

R. Esta concepción es problemática, porque lo que se asocia con la dignidad en el trabajo procede de identificarlo erróneamente con algo positivo, al atribuirle una serie de condiciones que no son necesariamente inherentes. Hallar conexiones personales, un proyecto político compartido, hacer algo significativo… no está necesariamente vinculado al trabajo, se puede alcanzar de diferente manera. La dignidad es algo que ocurre en el ámbito humano, es cómo actuamos, no qué hacemos por dinero.

“Se te fuerza a vivir tu valiosa y única vida vendiendo la mayor parte de esta a los intereses de otra persona”

P. Como xenofeminista, ha abogado por la abolición del género. ¿Cómo es viable en un contexto de paulatina polarización?

R. El objetivo es cuestionar el sentido del género binario en términos de decirnos algo sobre una persona. No se puede usar el género de manera taquigráfica para interpretar nada sobre un individuo, esto es una pauta de comprensión muy pobre. En el ámbito laboral, por ejemplo, si seguimos pensando en trabajo masculino y trabajo femenino, hay riesgo de acabar aplicando implícitamente una metafísica de género, por la que hay gente buena para un puesto, y otra, intrínsecamente mala.

P. Usted defiende también que “la biología no es destino”.

R. Tu cuerpo no determina cómo operas en sociedad. La biología no es destino, no solo por la mutabilidad social, o la construcción social de conceptos como el género, sino porque la biología se puede cambiar. Hay esta tendencia a pensar en el género como una estructura fija y sabemos que no es así para muchas especies, empezando por los humanos. Las cualidades del cuerpo asociadas al género binario son flexibles, por eso el eslogan de “Si la naturaleza es injusta, cambia la naturaleza”.

P. En Occidente, cada vez más la definición de mujer se emplea como arma política.

R. Para los políticos es peligroso meterse en este debate, pero también sirve de distracción de las cosas que le importan a la gente y ante las que ellos tienen cero respuestas. Qué podría ser más útil que reducir el debate a qué es una mujer, incentivar la controversia y meterse en guerras culturales que identifican al enemigo no por la mala gestión, sino por la cuestión de género. Así, de pronto, un número minúsculo de personas son el problema. Nada positivo puede salir de estos debates, solo dan voz a opiniones pobres e incentivan exabruptos.

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