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Carolin Emcke, filósofa: “La confusión se fabrica, igual que el odio”

La ensayista alemana, una voz de referencia en temas como la intolerancia, la xenofobia y los derechos de la comunidad ‘queer’, alerta del peligro de dar los derechos por garantizados

Carolin Emcke, filósofa
Carolin Emcke, filosofa alemana, fotografiada en el CCCB, en Barcelona, el pasado febrero.Albert García
Josep Catà Figuls

Cuando en 2016 la periodista, filósofa y escritora alemana Carolin Emcke (Mülheim an der Ruhr, Alemania, 56 años) publicó su libro más conocido, Contra el odio (editado en español un año después en Taurus), las grandes preocupaciones mundiales giraban en torno a la crisis de los refugiados, el terrorismo yihadista, el machismo, la homofobia y el auge de movimientos populistas. Sin que estas hayan desaparecido, se han sumado otras —las guerras en Ucrania y Gaza o la posible vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca, por nombrar solo tres—. El mundo parece una olla a presión y el odio es uno de los ingredientes principales del caldo. El libro de Emcke se lee ahora con un aura de premonición.

Estudió Filosofía en la London School of Economics, la Harvard University y el Instituto de Investigación Social de Fráncfort. Trabajó como reportera en territorios en conflicto durante más de una década antes de erigirse, con la publicación de su superventas y después con Modos del deseo (Tres puntos, 2018), como una de las voces más reconocidas contra la intolerancia. También ha recibido críticas: desde quienes tachan su discurso de “buenista” hasta los comentarios mordaces (en la misma dirección) de Cristina Morales en su libro Lectura fácil. Ante esto, Emcke se define como “universalista” y hace una defensa a ultranza de los derechos humanos. Invitada al 30º aniversario del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, participó en una conversación con el físico y biólogo Ricard Solé —titulada convenientemente Vivir en tiempos de incertidumbre— celebrada precisamente el pasado 24 de febrero, en el segundo aniversario de la invasión rusa de Ucrania. Antes de la charla, atiende a EL PAÍS en un español perfecto, pero cambia al inglés, para afinar la precisión de sus palabras, al hablar sobre los derechos de la comunidad queer, y sobre la guerra en Gaza, un asunto que aflora muchas contradicciones en Alemania.

Pregunta: ¿Qué ha cambiado desde que escribió Contra el odio?

Respuesta: Hubiese preferido que el mundo me demostrase que estaba equivocada. En ese momento ya podíamos ver movimientos autoritarios y racistas en Europa: en Inglaterra, Polonia, Hungría, Francia, Alemania… con una potencia mucho más grave que en España, que hasta hace poco parecía más resiliente a la extrema derecha. Esto cambió con el poder que ha logrado Vox. Hay ahora más gobiernos autoritarios, de ideología nacionalista y de defensa de la pureza y de la familia tradicional y natural, como, por ejemplo, en Rusia.

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P: ¿Es posible superar el odio en una guerra como la de Ucrania?

R: Los ucranios no odian a los rusos, se defienden de una invasión. No solo fue un ataque a un país, sino a la idea de democracia. A los que hemos criticado a Putin, cuando atacaba a periodistas, a la oposición, al colectivo queer, nos llamaban moralistas, buenistas, naíf, como si tuviésemos que tener paciencia con Rusia. No podemos aceptar que haya una contradicción entre política real y ética. No existe política real sin derechos humanos.

P: ¿En este mundo más polarizado, las democracias son más frágiles?

R: No estoy segura. Creo que en Europa estamos en un proceso de comprender algo, tras los choques de la invasión de Ucrania y la pandemia. Comprendemos los dos ataques que hemos sufrido en las últimas décadas: uno contra lo que tenemos en común y el otro contra la verdad. No solo necesitamos principios comunes como los derechos humanos, sino también cosas comunes tangibles, que la ola de privatizaciones nos quitó. Y luego los cambios técnicos permiten la subversión del discurso público, del pensamiento científico, a la vez que regímenes como China o Rusia sistemáticamente organizan campañas de desin­formación. Estamos perdiendo esta guerra híbrida.

P: ¿Es por esto que vivimos en tiempos de confusión e incertidumbre?

R: Hannah Arendt dijo que la realidad es lo que, en última instancia, tenemos en común. Hay gobiernos y empresas que tienen interés en que nos perdamos en discursos absurdos. La confusión es un producto, se fabrica, igual que el odio. Pero también la sociedad cometió errores. La caída del muro de Berlín y la idea estúpida del fin de la historia nos dejó satisfechos, gandules. Empezamos a tratar la democracia como una propiedad. No es algo que tenemos, es algo que hacemos.

“Creo en la promesa de Europa de que existe un modo de vivir que no es nacionalista, que tiene múltiples perspec­tivas”

P: ¿Están los derechos garantizados una vez se consiguen, por ejemplo en la comunidad queer?

R: Creo que para la gente queer, para los musulmanes, los negros, los judíos… cada generación tiene que buscar su propio camino para luchar por sus derechos. Es importante no menospreciar ni a las generaciones anteriores ni a las siguientes. Las personas queer, como las mujeres, crecemos en silencio, con tabúes, y hay un momento en el que tomamos la decisión de hablar. Estoy muy orgullosa del movimiento, de haber encontrado, por ejemplo, una ética de los cuidados en los ochenta con la pandemia del VIH. Pero hay un retroceso. La idea de las guerras culturales es peligrosa, porque todo depende de que los grandes partidos no abandonen estos derechos para complacer a los otros. Es una gran amenaza. La sociedad hace ver que los derechos ya están aceptados, y niega la violencia, por ejemplo, contra las personas trans.

P: Preocupa también la guerra de Gaza. ¿Por qué cree que cuesta tanto en Alemania criticar al Gobierno de Israel?

R: Yo no soy el Gobierno. Soy filósofa y critico al Gobierno. No soy judía. Pertenezco a la generación de los nacidos después de la comunidad de los perpetradores, para quienes reflexionar sobre la Shoah y los crímenes del nacionalsocialismo es una obligación ética. Pero eso no puede cambiar el hecho de que, como filósofa universalista, los principios de los derechos humanos y del derecho internacional son los que cuentan para mí. Por desgracia, el debate en Alemania sugiere a menudo falsas contradicciones. Como si fuera una contradicción tomarse en serio la reflexión sobre el Holocausto y defender los derechos humanos de los palestinos. Esto no debería ser una contradicción. No debe llevarnos a ignorar el sufrimiento de la población de Gaza. O a olvidar a los rehenes. Los derechos humanos son incondicionales. No puede ni debe negociarse quién cuenta como ser humano. Cuando se observa el conflicto de Oriente Medio, hay espantosos puntos ciegos de empatía. Para algunos, solo cuentan los cuerpos y las vidas de unos, pero no los de otros. El derecho internacional debe contar, especialmente para el Gobierno alemán.

P: ¿Qué ocurrirá si gana Donald Trump?

R: Creo que lo importante para el mundo es Europa. Creo en la promesa de Europa de que existe una manera de vivir que no es nacionalista, que tiene múltiples perspectivas. Evidentemente, si Trump gana las elecciones será un desastre, pero no tenemos que mirar todo el tiempo hacia allá, tenemos que mirarnos a nosotros y crecer.

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Sobre la firma

Josep Catà Figuls
Es redactor de Economía en EL PAÍS. Cubre información sobre empresas, relaciones laborales y desigualdades. Ha desarrollado su carrera en la redacción de Barcelona. Licenciado en Filología por la Universidad de Barcelona y Máster de Periodismo UAM - El País.
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