Olga Belmonte, filósofa: “El precio de ser libres es que podemos hacer daño”

Miembro de la Comisión del Defensor del Pueblo sobre abusos en la Iglesia, analiza qué debe esperarse de una sociedad que repara y acompaña a sus víctimas

Olga Belmonte en el barrio de Chamberi en Madrid, el 11 de julio de 2022.
Olga Belmonte en el barrio de Chamberi en Madrid, el 11 de julio de 2022.Jaime Villanueva

Olga Belmonte es uno de los 17 miembros de la Comisión del Defensor del Pueblo sobre los abusos en la Iglesia. Doctora en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas y profesora de la Complutense, ha publicado Víctimas e ilesos (Herder), un ensayo en el que acota lo que podemos entender por víctima moral y el trabajo que debe esperarse de una sociedad para reparar, acompañar y prevenir futuras situaciones evitables. Se aproxima al tema desde un profundo conocimiento de la filosofía y de la ética.

Nos reunimos en una terraza de Chamberí al calor no sólo de la temperatura extrema de Madrid, sino del debate por la Ley de Memoria Democrática y las asignaturas pendientes de la Transición que siguen rezumando hoy.


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Pregunta. ¿Todos somos víctimas de algo?

Respuesta. Si hablamos de víctimas como afectados, tal vez todos encontramos alguna razón para serlo: hay violencias estructurales que precarizan la vida y cosas así. Pero es bueno acotar el concepto para no banalizar y que las víctimas en un sentido más sangrante queden diluidas. En mi ensayo me refiero a las víctimas morales, evitables, precisamente para distinguirlas de otras que lo son por cuestiones como una inclemencia de la naturaleza, un volcán. Mi perspectiva es la ética. Y el concepto de víctimas morales me ayuda a pensar cuál es la responsabilidad que tenemos ante esas situaciones, si se pueden evitar. Una víctima moral lo es porque alguien la ha convertido en víctima, la ha victimizado y es ese punto de vista de la ética el que me interesa más.

P. ¿Esta es una sociedad que se conmueve con las víctimas?

R. Somos solidarios y nos conmovemos, pero somos selectivos, no lo somos siempre y con todos, no tratamos a todas las víctimas igual. Tendemos a conmovernos con lo que se parece a nosotros o con aquello que podemos acabar viviendo, con los peligros más cercanos a nuestra situación.

P. ¿Empatizamos por ejemplo con víctimas de ETA y no de los GAL?

R. Claro. Es un tema complejo, pero hay que analizar cada caso y ver si hay un victimario, una situación injusta, si hay algo que no debería haber ocurrido. Y analizar el contexto para asegurar la verdad de las cosas.

P. ¿Quién debe liderar esa reflexión, ese proceso? ¿El Estado?

R. Quienes deben entrar a esclarecer la verdad no son directamente las personas implicadas en ello, sino externas, personas con formación en esos temas, con capacidad para escuchar, pensar y elaborar un mapa de lo ocurrido. En esa fase no debe haber personas muy vinculadas con un lado u otro, sino que puedan ser neutrales. Que la víctima se sienta escuchada y reconocida ya es reparador en sí mismo. Su reparación también repara a una sociedad si se hace bien, pero para eso la sociedad tiene que estar informada, tener acceso a lo que ocurre.

P. En la pederastia, por ejemplo, el trabajo se está haciendo desde el Defensor del Pueblo, que es el Estado. ¿O debería hacerlo también el victimario, la Iglesia en este caso?

R. Lo ideal sería que la propia Iglesia hubiera iniciado hace tiempo ese trabajo y, como no lo ha hecho, han surgido otras instancias. Pero no creo que una cosa anule la otra. Que haya una comisión externa no significa que desde dentro de la Iglesia no pueda haber movimientos. En Madrid el arzobispado ha iniciado ese proceso, ha entendido que las víctimas deben ser el centro y que lo importante no es proteger a la institución, sino al abusado. Y reparar, reconocer, prevenir. Con la Comisión hay personas que no están de acuerdo, tanto desde dentro de la Iglesia como por parte de las víctimas. Piensan que esto no cambiará nada, no obligará a nada o, en el caso de la Iglesia, que es asunto suyo. Pero lo importante es que las víctimas tengan un lugar en el que no sean victimizadas ni silenciadas. Que se ponga en el centro la sacralidad y la dignidad de la víctima y no la sacralidad de la institución o de los dogmas.

P. Dice que esta sociedad se solidariza con las víctimas, pero ¿no le sorprende que los españoles sigan llevando a sus hijos a colegios religiosos?

R. Hay una falsa idea de que es una cuestión del pasado, de que ya no ocurre, porque las víctimas están hablando 20 o 30 años después. Pero es que la víctima de abusos no siempre puede hablar cuando ocurre, necesita mucho tiempo para elaborar lo vivido, para ser consciente. Integrar aquello, recordarlo, elaborarlo y nombrarlo es un proceso que puede llevar 30 o 40 años. Y eso no significa que no siga ocurriendo. Que hoy se pueda hablar de ello es fundamental para que los niños sepan que la relación con el cuerpo debe ser determinada. Se trata de prevenir la agresión desde el lado de la víctima, pero también del agresor.

P. ¿Se puede reparar a las víctimas?

R. Es complicado, a veces al acercarnos se produce una revictimización. Pero escuchar, atender, reconocer y creerlos ya es reparador. Es mejor hablar de la “situación” de la víctima que de la “condición” de víctima porque ahí ya estableces una identidad de la que luego es más difícil salir. El proceso de reparación pasa por que la víctima atraviese esa situación en el sentido de que sea consciente, que pida ayuda o encuentre un lugar en el que poder sanar, para atravesarlo y salir de esa situación de víctima. La reparación para muchos pasa por dejar de ser víctimas, no olvidando lo ocurrido, sino integrándolo en su propia vida. Algunos se reconocen después como supervivientes. Pero no hay que ponerles metas, ni generalizar, ni recomendarles no tener un sentimiento u otro, también está el derecho al resentimiento. Cada paso que pueda dar es el que puede dar ella y simplemente hay que acompañarla. Eso es reparador: acompañarla al lugar en el que pueda vivir. Es lo fundamental.

P. ¿Es imprescindible que les pidan perdón?

R. Hay víctimas que no lo necesitan y sí necesitan perdonar para seguir viviendo. Y personas que, teniendo la petición de perdón y el arrepentimiento del victimario, no pueden perdonar y tienen todo el derecho del mundo. Como la hija de Maixabel, se ve en la película. Perdonar es un don, no es el fruto de nuestro esfuerzo. No hay que culpabilizar a la víctima por no llegar a determinados pasos.

P. ¿Cree que es posible una sociedad sin víctimas y culpables?

R. Lo veo complejo y demasiado utópico porque sería una sociedad en la que no seríamos libres para hacer daño, una sociedad de robots que hacen el bien. El precio de poder decidir y de ser libres es en cierto sentido que podemos hacer daño. También hay víctimas de la torpeza de los demás. Lo que sí podemos hacer como sociedad es que cuando las haya no pasen por el sufrimiento evitable, que no seamos indiferentes. Ahí sí podemos hacer mucho más en una sociedad atenta al sufrimiento de los demás.

P. Dice que la empatía con las víctimas es selectiva.

R. En la valla de Melilla hay seres humanos. Nos hemos acostumbrado a ver a personas sufrir y las hemos deshumanizado. Lo primero es entender que es una persona, con nombre propio y que sufre algo que como humanidad no nos podemos permitir.

P. Sudáfrica, Alemania, Argentina o Chile han hecho los deberes en reconocimiento del mal que se ha hecho. ¿Qué nos falta en España en cuestión de víctimas?

R. La herida sigue ahí y mientras no la sanemos seguirá infectando la sociedad. Ahora mismo tal vez estamos capacitados para tener una comisión como han tenido otros países, que ha ayudado a avanzar en las relaciones, en la generación de vínculos en una sociedad que está muy polarizada. Creo que esta división que hoy vemos tiene mucho que ver con esa herida. Necesitamos un relato que permita recoger todas las perspectivas posibles de víctimas de un lado y otro. Hacer esa verdad polisémica con muchas voces, y se podría trabajar en elementos de reconciliación. Esto no va a sanar por sí solo. Siempre estará por hacer. Estamos arrastrando resentimientos, culpas, enemistades sin tener muy claro lo ocurrido. El sesgo de confirmación con que hoy leemos, además, también nos impide esa reconciliación y nos impide generar esos vínculos. Hoy vivimos muy vinculados a nuestras ideas y si alguien las cuestiona lo tomamos como si nos cuestionaran a nosotros. Eso nos impide relacionarnos con personas distintas. Hemos perdido la capacidad de encontrarnos más allá de nuestra ideología y uno no es solo quién vota o piensa, sino muchísimas cosas más.

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Sobre la firma

Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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