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La difícil búsqueda de la verdad

Los medios de comunicación aún desempeñan un papel importante en la formación de la voluntad nacional, siempre que no se conviertan en puras marionetas del poder

Jesús Ceberio entrevista a José María Aznar en 1996.
Jesús Ceberio entrevista a José María Aznar en 1996.Marisa Florez

Una antigua definición atribuida al magnate británico de la comunicación lord Beaverbrook dice que es noticia todo lo que alguien poderoso quiere evitar que se publique. Cuando fui nombrado director de este periódico, en noviembre de 1993, tardé apenas tres semanas en verificar la exactitud de la sentencia. La comisión ejecutiva de Banesto había cancelado el dividendo a cuenta que repartía a modo de aguinaldo navideño a su medio millón largo de accionistas, acuerdo que estaba obligado a comunicarles por escrito. En cuanto Miguel Ángel Noceda confirmó la información, el presidente del banco, Mario Conde, tardó minutos en llamar a Jesús Polanco para tratar de convencerle de que se trataba de un hecho irrelevante, apenas un corolario de la política de austeridad anunciada en la junta general.

La gestión del tema fue compleja, pero después de múltiples intercambios telefónicos un punto surrealistas, en los que el banquero pretendía establecer lo que era o no una noticia, EL PAÍS la publicó, aunque no con el relieve debido. Tres semanas después el Banco de España nacionalizaba Banesto y destituía a Conde, sellando así una bancarrota fraudulenta que sancionaron los tribunales años después.

En abril de 2006, a punto de ceder la dirección del periódico a Javier Moreno, el entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, se instaló en mi despacho durante horas para impedir que publicara un scoop de Luis R. Aizpeolea, magníficamente documentado, sobre los contactos que venía manteniendo el Gobierno con ETA en Suiza, previos a la apertura formal de negociaciones y que acababan de fructificar en una tregua de la organización terrorista.

Argumentaba el ministro, con su reconocida habilidad dialéctica, que la publicación de la historia, a cuya precisión no tenía nada que objetar, ponía en riesgo la propia tregua y podía desatar una nueva oleada de atentados con víctimas mortales. Después de varias horas de discusión, con alguna llamada al presidente Zapatero, cedí al fin al argumento tantas veces esgrimido gratuitamente por los políticos de evitar informaciones que puedan poner en riesgo vidas humanas. Semanas más tarde el nuevo director publicaría la información sin que se desataran los desastres anunciados.

En ese arco temporal de casi 13 años pude comprobar cientos de veces la exactitud del viejo dicho de lord Beaverbrook. El poder político suele tratar primero de seducir mediante favores administrativos o concesiones graciosas de publicidad institucional que trata de cobrar mediante un trato benévolo, cuando no obsecuente en momentos de crisis. En caso contrario el Gobierno de turno dispone de múltiples recursos para torturar al medio díscolo.

Bajo el primer Gobierno de Aznar —sobre todo en sus dos primeros años— asistí a una persecución implacable de PRISA en todos sus frentes, que tuvo su expresión más soez en la fabricación desde una secretaría de Estado de una causa criminal en la Audiencia Nacional que se saldaría con una condena por prevaricación del juez instructor Javier Gómez de Liaño, convenientemente indultado por Aznar, cuyo partido se escandaliza tanto ahora por otros hipotéticos indultos.

Aznar, que en sus memorias se ha vanagloriado de haber ganado las elecciones de 1996 en contra del grupo PRISA, pretendía doblegar a este periódico arruinando a su empresa y amenazando con la cárcel a su editor y al consejero delegado. Entre enero y mayo de 1997 cada Consejo de Ministros incluía en su agenda alguna decisión encaminada a impedir el desarrollo de la plataforma audiovisual del grupo, que era a la sazón su inversión más cuantiosa, y a favorecer el proyecto paralelo que había puesto en marcha la Telefónica presidida por su amigo Villalonga. Como agresión complementaria, la empresa de telecomunicaciones anuló durante meses todas sus campañas de publicidad en el diario.

Tras ocho años de guerra abierta, con treguas breves y siempre tensas, el presidente José María Aznar retomó contacto telefónico el 11 de marzo de 2004 para endosarme, como lo hizo con otros directores de periódicos, su gran mentira de que ETA era la autora del atentado terrorista ocurrido aquella mañana en los trenes de Atocha, el más grave de la historia de España. A esa hora la Guardia Civil ya tenía unos primeros indicios consistentes que excluían a la organización terrorista vasca.

La mentira ha sido una herramienta secular en la vida política. Y no le han faltado defensores teóricos desde Maquiavelo a nuestros días, incluso en aras del bien común, pero si los periodistas renunciamos a la búsqueda de la verdad como materia prima de nuestro oficio habremos sellado nuestra desaparición como especie. No faltarán narradores para esta realidad alternativa con la que los más recientes titiriteros políticos pretenden maquillar lo que siempre ha sido una mentira, pero no se podrán llamar periodistas.

Durante el siglo XX la prensa fue una formidable máquina industrial capaz de generar grandes beneficios, lo que la blindó en cierta medida ante las agresiones más groseras de los distintos poderes. Desde su nacimiento PRISA tuvo muy claro que la mejor garantía de la excelencia profesional que buscábamos era una cuenta de resultados saneada. Ese ciclo se cerró en la primera década de este siglo.

La universalización de Internet y la fulgurante irrupción de las redes sociales han roto las bases económicas de los medios tradicionales y al mismo tiempo los han marginalizado. Pero los cuatro años de mandato de Trump, con su ataque sistemático a los medios, han venido a demostrar al fin que más allá de su relevancia en el escenario aún tienen un papel importante en la formación de la voluntad nacional, siempre y cuando no se conviertan en puras marionetas del poder.

La prueba más evidente de que la mentira tiene corto recorrido es que las redes sociales de alcance planetario se han visto compelidas a advertir a sus usuarios de que algunos (muchos) de los mensajes del presidente de Estados Unidos son de dudosa veracidad. Una batalla social que habrá que emprender más pronto que tarde es cómo evitar que algunos algoritmos supuestamente neutrales privilegien la expansión de terraplanismos y conspiranoias varias. Algo debemos hacer para evitar que la mentira tenga prevalencia en el mercado virtual. La búsqueda de la verdad es no solo nuestro trabajo, sino algo imprescindible para que la sociedad recupere el control de su destino. Tal vez a partir de ahí se pueda incluso encontrar la senda de una nueva rentabilidad, menos cuantiosa que en el pasado pero más sólida.


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