“Se ha subestimado durante mucho tiempo el aspecto ‘positivo’ del populismo”

Pierre Rosanvallon, referencia intelectual de la Francia contemporánea y profesor del Collège de France, teoriza en su ambicioso libro sobre “la ideología ascendente” de este siglo

Pierre Rosanvallon fotografiado en París el pasado mes de agosto.
Pierre Rosanvallon fotografiado en París el pasado mes de agosto.Manuel Braun

Si hay un fantasma que recorre Europa y el mundo hoy, es el del populismo. Reacción de ira, estrategia política, vocablo para deslegitimar o estigmatizar al adversario político, el uso del concepto es tan diverso como las realidades a las que remite. Sin embargo, renunciar a él y volver a categorías de análisis más antiguas sería perder la ocasión de entender el carácter inédito “del ciclo político que se abrió a principios del siglo XXI”. Así lo cree Pierre Rosanvallon (Blois, Francia, 1948), cuyo último libro, El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica (Galaxia Gutenberg), es un ambicioso intento por teorizar y definir la esencia de lo que considera “la ideología ascendente” de este siglo. Una teoría del fenómeno, entendido como una propuesta política coherente, asegura el historiador, profesor del Collège de France, que se niega a ver en la derrota de Donald Trump, el “gran actor del iliberalismo”, un signo de debilitamiento de esa corriente. No se está pasando página en Estados Unidos, ni el populismo va a retroceder en el mundo, cree Rosanvallon, que ha dedicado los últimos 20 años al estudio de las mutaciones de la democracia contemporánea.

PREGUNTA. ¿Por qué cree que el populismo es una doctrina y merece una teoría política?

RESPUESTA. Considerar el populismo simplemente como una reacción de ira o una expresión de “que se vayan todos” no es suficiente para explicar el fenómeno. Existe una fatiga democrática subyacente en la vida política de muchos Estados que se expresa de manera muy amplia. Y también una especie de agotamiento de la política, de su capacidad de acción. Si el populismo tiene una fuerza de atracción es porque aparece como solución a problemas contemporáneos, como la crisis de representación o las injusticias sociales. Quería mostrar este aspecto positivo del populismo porque creo que ha sido subes­timado durante mucho tiempo. Me pareció importante pasar de una visión del populismo como reacción a una visión del populismo como una propuesta política positiva y propia.

P. Llama la atención la diversidad de los populismos, ya sea entre el de derechas y el de izquierdas o en la extrema derecha…

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R. Si se mira a las personalidades populistas de hoy, uno puede tener la sensación de que hay una gran diversidad. Porque ¿qué puede haber en común entre Trump y Salvini, o entre Mélenchon y Duterte? Pero si observamos el populismo desde las amplias categorías que lo caracterizan, podemos encontrar temas comunes que se articulan siempre de forma específica.

P. Pese a esas similitudes, ¿no cree que hay un abuso del calificativo en el debate actual o en la caracterización de algunas personalidades políticas o regímenes?

R. Hemos visto emerger movimientos y regímenes que no pueden ser simplemente categorizados como autoritarios, o como fascistas o dictatoriales. Existen regímenes, como en Rusia, que se inclinan podríamos decir legalmente hacia el autoritarismo mediante la aprobación de reformas constitucionales que permiten la elección casi indefinida de sus líderes. La tentación de esos regímenes de convertirse en democraturas es un rasgo absolutamente común de los populistas, es decir, regímenes autoritarios validados por el sufragio universal.

P. ¿Sirve el calificativo para estrategias adoptadas por líderes como Emmanuel Macron, que ganó las elecciones en 2012 oponiéndose a lo que llamaba el “viejo mundo” de partidos tradicionales?

R. Es difícil comparar a Macron con Viktor Orbán, Boris Johnson o Evo Morales, pero lo que muestra la estrategia que adoptó en 2012 es que el populismo está presente en la atmósfera misma de las sociedades democráticas y puede entenderse como una difusión de todo un conjunto de temas más allá de los partidos o regímenes de esencia estrictamente populista.

P. Dentro de las cinco características que conforman el tipo ideal del populismo, insiste en la instrumentalización de las emociones.

R. Si tuviera que destacar una aportación importante del populismo —aunque sea muy ambigua— a la democracia contemporánea, sería el haber entendido que se gobierna también de acuerdo con las emociones. Los sentimientos de pertenencia, de identidad, de rechazo determinan la visión que tienen los individuos de su papel en la sociedad. A menudo los que critican esta ideología no lo entienden. No se puede criticar el populismo superficialmente o limitarse a decir que promueve una democracia antiliberal. Cuando ocurre es porque la democracia liberal no está cumpliendo su agenda. Está en crisis.

P. Una fórmula con la que Trump ha estado a punto de volver a ganar la presidencia de Estados Unidos… ¿Cómo interpreta el momento político?

R. Hay dos puntos esenciales. El primero: Trump ha conseguido 10 millones de votos adicionales lo que significa que el voto populista está sólidamente instalado en la sociedad y representa hoy casi la mitad de la población. El segundo: el Partido Republicano ha entendido que si quiere mantener gran parte de sus representantes en el Senado tendrá que abrazar y aceptar la fórmula populista. Ha pasado de ser un partido reaganista a un partido trumpiano.

P. Incluso conquistó el voto latino en ciertos Estados y en algún caso afroamericano…

R. El voto latino es comprensible desde un punto de vista sociológico y psicológico. Una vez un inmigrante obtiene sus papeles y se convierte en ciudadano estadounidense es frecuente que cambie de actitud frente a la inmigración. Es bastante más difícil de entender en el caso del voto afroamericano. El populismo ha hecho que la sociedad estadounidense, que solía definirse por sus clases sociales, se defina hoy por sus identidades, en el sentido más reaccionario del término.

P. Explica en su libro que el populismo nace de las fallas intrínsecas de la democracia e insiste mucho en su fragilidad. ¿Es realista pensar que la democracia occidental puede desaparecer?

R. La democracia no solo funciona con reglas de derecho, sino también con una moral democrática. Volviendo a Trump, nadie antes que él había cesado a un director del FBI por no serle fiel, y no cabe duda de que con un segundo mandato hubiera seguido socavando las instituciones democráticas. La historia está llena de ejemplos de democracias que desaparecen. La Grecia Antigua y el Siglo de Pericles son un buen ejemplo. La democracia no es una conquista. Es un frente de batalla. Es frágil y muere si no se renueva. Sin instituciones democráticas vivas existe el riesgo de que los ciudadanos se cansen de ese modelo y consientan su desaparición.

P. Llama mucho la atención la posición central que ocupan las redes sociales en la estrategia política de los líderes y movimientos populistas y la escasa regulación vigente...

R. Sin duda, la regulación de Internet y en particular de las redes sociales es un punto central para que siga adelante la democracia. Es vital legislar porque si no, sobre muchos temas, se seguirá alegando que existe una verdad alternativa. El mejor ejemplo de esto nos lo está ofreciendo Trump al negarse a reconocer la victoria de Biden. Una posición a la que se adhiere, sin lugar a dudas, gran parte de su electorado, que cree que hubo fraude y que la victoria demócrata fue un robo. Esa franja del electorado de Trump ya no hace sociedad común con los demás. Y esa ha sido la gran novedad, por decirlo así, de los últimos años: descubrir un país dividido en dos bandos irreconciliables mientras que la esencia misma de la democracia consiste en pensar que existe una base común que permite hablar de esas diferencias, negociar, acordar. La regulación de las redes tendrá que ir acompañada de una política de educación que inculque al ciudadano la importancia que tienen los argumentos, y que no solo existe su verdad.

P. Presenta el populismo como la ideología ascendente del siglo XXI, sin embargo la crisis de la covid-19 ha supuesto un golpe para la imagen de esos líderes.

R. Podemos preguntarnos si estamos presenciando una especie de punto de inflexión en el discurso populista, ya que ese discurso suele presentarse como el detentor de la verdad absoluta sobre la realidad. La dimensión objetiva de esta crisis ha arrinconado en cierta manera a los líderes populistas. Nadie puede negar esta pandemia. Por otra parte, el populismo en Europa también se ha enfrentado al papel de la Unión Europea. Italia y España se encuentran entre los principales beneficiarios de lo que por primera vez calificaría de una especie de presupuestación y oficialización de la solidaridad entre países europeos. Existe una doble realidad que nadie puede ignorar: la realidad del virus y la realidad de la crisis económica. Dicho esto, el populismo mantiene una visión de la democracia, del liderazgo y de la voluntad política que conserva su poder.

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Sobre la firma

Carla Mascia

Es editora en la sección de Opinión, donde se encarga de los contenidos digitales. Es licenciada en Estudios Europeos y en Ciencias Políticas por la Sorbona y cursó el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Antes de llegar a El PAÍS trabajó durante seis años en el campo de la comunicación política en Francia.

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