¿4.500 euros por un plato de ñoquis? Cómo dilapidan su dinero los milmillonarios

Hay quien se puede gastar 32.000 euros en una noche de hotel o 4.500 en una ración de ñoquis: hay poco más de 3.000 milmillonarios en el mundo y sus caprichos no entienden de inflación

La imagen de enormes botellas de champán rociadas al aire es uno de los sellos de la Fórmula 1 (en esta imagen el rociado es Daniel Ricciardo, en 2014 en Montreal), pero en los últimos años la apuesta por el lujo y la ostentación en este deporte han ido mucho más lejos.
La imagen de enormes botellas de champán rociadas al aire es uno de los sellos de la Fórmula 1 (en esta imagen el rociado es Daniel Ricciardo, en 2014 en Montreal), pero en los últimos años la apuesta por el lujo y la ostentación en este deporte han ido mucho más lejos.Tom Pennington (Getty Images)

En la antigua Grecia se asociaba el lujo con las túnicas teñidas de púrpura y el consumo regular de pescado fresco. En el Egipto de los faraones, con los huevos de avestruz y los perfumes de azafrán, canela o resina. En el Londres medieval, con pimienta, prendas de terciopelo o limones. En la Nueva York de la década de 1920, con abrigos de piel, descapotables y brazaletes de perlas.

Tal y como explica la escritora y periodista Dana Thomas en su libro Deluxe: How Luxury Lost Its Luster (Deluxe: Cómo el lujo perdió su lustre), cualquiera de aquellos productos “costaba en su momento y contexto geográfico una auténtica fortuna y resultaba accesible solo para una absoluta élite: reyes, casta sacerdotal, aristocracia terrateniente, grandes magnates, propietarios de pozos de petróleo, traficantes de armas o, en el caso de los Estados Unidos de la Ley Seca, contrabandistas de licor añejo”.

¿Cuándo se democratizó el lujo? Según los escépticos, nunca. La propia Thomas considera que el verdadero lujo será siempre, por definición, “patrimonio de una minoría exclusiva y exquisita”. Lo que se ha puesto al alcance de los simplemente ricos, lo que la élite neoyorquina de los felices veinte solía llamar “las hordas del nuevo dinero”, es “un sucedáneo trivial y vulgarizado”. El lujo sin lustre. ¿Las pruebas? A continuación.

Tres días en Singapur

Pongamos un ejemplo práctico de lo que supone ahora mismo, en otoño de 2022, un auténtico lujo, con o sin lustre, un dispendio excepcional a la altura de muy pocos bolsillos. El equivalente (aproximado) a lo que suponía hace 3.000 años que una caravana de beduinos trajese a tu palacio de Luxor un frasco de perfume de sándalo.

¿Cuánto dinero se puede gastar un integrante de la élite durante un fin de semana en Singapur, considerada una de las ciudades más caras (y aburridas, pero ese es otro tema) del planeta? Depende del momento del año. El pasado 2 de octubre se celebró el Gran Premio de Singapur, cita anual con la opulencia y el cosmopolitismo.

Gardens by the Bay, una de las áreas más sorprendentes y futuristas de Singapur, una de las ciudades más caras del mundo.
Gardens by the Bay, una de las áreas más sorprendentes y futuristas de Singapur, una de las ciudades más caras del mundo. Chris McGrath (Getty Images)

Un asistente que no reparase en gastos podría haberse hospedado, por ejemplo, en la suite de la exclusiva planta 32 del hotel Ritz por alrededor de 13.000 euros la noche. ¿Acceso ilimitado al circuito, sus palcos y áreas VIP e incluso al paddock de alguno de los equipos? Por supuesto: Red Bull ofrecía esa posibilidad por 10.800 euros. ¿Mesa para dos y menú tres estrellas Michelin de delicias locales y continentales en Zen, el restaurante más caro de la ciudad? Unos 1.600 euros con extras y maridajes. ¿Cena romántica y sesión de DJ internacional en uno de los clubes flotantes de Marina Bay? 1.200 euros por persona. ¿Mesa de grupo en el reservado de alguna de las afterparty del gran circo del motor, con bandejas de ostras y caviar premium y barra libre de champán Perrier-Jouët, vodka Belvedere o tequila añejo? 45.000 dólares en Amber Lounge, la sala de fiestas que frecuentan pilotos como Nico Rosberg o Fernando Alonso, o 70.000 en Noir Suite, la sala privada del restaurante Le Noir.

Ya puestos, ¿por qué no asistir también, en zonas reservadas o áreas preferentes, a alguno de los conciertos de estrellas internacionales que tuvieron lugar en la ciudad durante el fin de semana, de Green Day a Black Eyed Peas pasando por Swedish House Mafia, Westlife o Marshmello? Vendría a costar entre 500 y 5.000 euros adicionales, tal vez más si uno tiende a desplazarse en limusina o yate chárter y a dar generosas propinas.

Añádanle vuelo de ida y vuelta, pequeños caprichos como un exclusivo safari nocturno por el zoológico de Singapur o la reserva natural de Mandalai y una tarde de compras en los grandes almacenes Paragon, la galería de arte Ion Orchard, las tiendas de Marina Bay Sands… Nos estamos acercando ya a presupuestos en la franja media de las seis cifras. Y tampoco conviene olvidar que Singapur es una ciudad con normativas municipales muy restrictivas, en la que pueden ponerte multas de hasta 700 euros por dejar caer un papel en la vía pública.

Dónde están (y quiénes son) los ricos muy ricos

¿Quién puede permitirse un fin de semana así? Según la redactora de Business Insider Hillary Hoffower, “de manera cotidiana, solo los llamados milmillonarios o las grandes fortunas que se acercan a esa categoría, una aristocracia de big spenders [grandes derrochadores] cuyo estilo de vida implica gastar entre 50 y 80 millones de dólares anuales”. De manera puntual, podría hacerlo “un grupo mucho más nutrido de ricos, superricos o millonarios, personas que incurren en actos de consumo extravagante de vez en cuando pero el resto del año llevan un estilo de vida bastante más frugal”. O incondicionales de la Fórmula 1 dispuestos a arruinarse para vivir la experiencia de sus vidas.

El Graff Diamonds Hallucination, un reloj valorado en 50 millones de euros.
El Graff Diamonds Hallucination, un reloj valorado en 50 millones de euros. SEBASTIEN BOZON (AFP via Getty Images)

Los modernos faraones de Egipto, los custodios de la omnipotencia económica, el coto privado del verdadero lujo, son los milmillonarios. Es decir, en sentido estricto, los que disponen de fortunas personales que superan los mil millones de dólares. Son muy pocos, apenas 3.311 personas en todo el mundo según datos del censo Wealth-X de riqueza extrema que elabora la consultora Altrata, pero entre todos acumulan el equivalente al 13,9% del PIB mundial, una concentración de riqueza sin precedentes en la historia.

Su distribución geográfica ha variado en los últimos años, lo que equivale a decir que ya no residen casi exclusivamente en Estados Unidos y Europa Occidental. Cierto, hay 138 en Nueva York, 85 en San Francisco, 59 en Los Ángeles, 77 en Londres y 33 en París. Hong Kong reúne ya a 114 y ciudades como Moscú (77), Pekín (63), Shenzhen (44), Dubái (38), Sao Paulo (33), Mumbai (40) y, sí, Singapur (50) empiezan a contar con comunidades muy nutridas de faraones de la opulencia.

En qué gastarte el dinero cuando te sobra (mucho)

En principio, el estilo de vida y los hábitos de consumo de esta liga de los obscenamente ricos debería ser el mejor parámetro de la opulencia contemporánea. Sin embargo, tal y como asegura Hoffower, en absoluto es así. “Las grandes fortunas pueden ser ostentosas. Las fortunas inmensas rara vez lo son, o no hasta el extremo de buscar lo más caro para demostrar que pueden permitírselo”.

En otras palabras, Elon Musk compra Twitter y es uno de los líderes de la carrera del turismo espacial privado, pero ha afirmado no tener casa y dormir en los sofás de sus amigos. Superricos anónimos que no tienen ni una centésima parte de su fortuna, pero aún así podrían comprarse una isla o un jet privado con fuselaje de platino, son los que se dan atracones de trufa blanca del Piamonte o queso Pule (una delicia balcánica que ha llegado a costar más de 2.000 euros el kilo) en alguno de los restaurantes más caros del mundo, ya sea el Ultraviolet de Shanghái, el Masa o el Per Se de Nueva York o el Sublimotion de Ibiza. Este último, el restaurante de alta cocina mediterránea del chef Paco Roncero, tiene un menú de 20 platos (y tres estrellas Michelin, por supuesto) que ahora mismo cuesta más de 1.500 euros por comensal.

La trufa blanca de Piamonte, una de las joyas culinarias más perseguidas y costosas del mundo.
La trufa blanca de Piamonte, una de las joyas culinarias más perseguidas y costosas del mundo.MIGUEL MEDINA (AFP via Getty Images)

¿Dónde está el límite? En teoría, el producto más caro que existe es la antimateria, con un precio estimado de alrededor de 65.000 millones de euros el gramo. Nadie parece dispuesto a comprar semejante sustancia (de entrada, hacérsela llegar al comprador plantearía un problema logístico considerable), pero hacerlo podría resultar una magnífica operación especulativa, ya que en 2008 se cotizaba a poco más de 23.000 millones. Es decir, su precio se ha casi triplicado en 13 años, a medida que la operación de crearla en condiciones de laboratorio haciendo que colisionen partículas de hidrógeno o utilizando deceleradores de antiprotones empieza a resultar más frecuente.

Nadie (que se sepa) está comprando, en cualquier caso, microdosis de antimateria. Lo que sí se compra y se vende de manera más o menos cotidiana son automóviles de 30 millones de euros, como el Rolls-Royce Boat Tail, relojes de 50 millones como el Graff Diamonds Hallucination, yates chapados en oro de ¡4.800 millones! como el Yacht History Supreme (propiedad, al parecer, de un milmillonario malasio anónimo), teléfonos móviles de 48 millones como el muy coqueto iPhone Falcon Supernova 6 Pink Diamond o camas de 6,5 millones como la Baldachino Supreme, una virguería diseñada por el estudio británico Stuart Hughes y con acabados de fresno, cerezo, castaño, diamantes, zafiros y oro de 24 quilates.

Si hablamos de los hoteles más caros del mundo, nadie puede competir ahora mismo con los 160.000 euros por noche que se están pagando por dormir en el Deep Luxury, hotel submarino de cinco estrellas que navega en torno a la isla caribeña de Santa Lucía, aunque la Empathy Suite del The Palms, en Las Vegas, no le va muy a la zaga. La irrupción de este par de titanes del nuevo lujo ha desplazado a la penthouse del neoyorquino Mark Hotel y la suite real del Président Wilson de Ginebra que, con precios que rondaban los 70.000 euros la noche, fueron durante mucho tiempo las habitaciones más caras del mundo.

No sin mi glándula de pez antorcha

¿Más aún? Bueno, una ración de ñoquis azules en el restaurante Golden Gates de Nueva York cuesta 4.400 dólares. Semejante dispendio se justifica porque el característico color azul de la masa se consigue añadiéndole glándula de pez antorcha, un ingrediente muy raro. Y muy caro. No se quedan atrás los paraguas de cuero de cocodrilo que se venden a más de 50.000 euros en BiIllionaire Couture, la tienda londinense que fundaron el magnate de la Fórmula 1 Flavio Briatore y el diseñador Angelo Galasso. ¿Quién los compra? David Beckham y Paul McCartney, entre otros. Y sí, también existen productos como bicicletas de platino que se venden a más de 400.000 euros, aspiradoras cubiertas de cristales de Swarovski a alrededor de 20.000, maletas de ébano, cuero y crin de caballo a unos 10.000, chupetes de silicona con diamantes incrustados a 17.000… Todo un mundo de objetos extravagantes, de diseño audaz y coste fuera de órbita, que demuestran que el lujo habrá perdido lustre, pero no bajado de precio.

El Rolls-Royce Boat Tail es el coche de nueva fabricación más caro del mundo en la actualidad.
El Rolls-Royce Boat Tail es el coche de nueva fabricación más caro del mundo en la actualidad. Jeff Spicer (Getty Images for Rolls-Royce Mot)

Por cierto, comparado con gran parte de los grotescos dispendios anteriores, comprarse una isla tampoco es tan caro. Fuentes bien informadas aseguran que comprar Orivaru, precioso islote virgen al norte del archipiélago de las Maldivas, costaría apenas 11 millones de euros. Más barata es aún Ruskin Beach, 700 metros cuadrados a escasa distancia de la costa de Florida, que se vendió no hace mucho por alrededor de cinco millones. Visto lo visto, una ganga.

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Sobre la firma

Miquel Echarri

Periodista especializado en cultura, ocio y tendencias. Empezó a colaborar con EL PAÍS en 2004. Ha sido director de las revistas Primera Línea, Cinevisión y PC Juegos y jugadores y coordinador de la edición española de PORT Magazine. También es profesor de Historia del cine y análisis fílmico.

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