El precio de no querer ser ‘royal’: parias con privilegios

La salida de Enrique de Inglaterra de la corte británica ha sido la más sonada, pero cada vez son más los miembros de familias reales que deciden dar un paso atrás. El último, Joaquín de Dinamarca

Joaquín de Dinamarca, Marta Luisa de Noruega y Enrique de Inglaterra.
Joaquín de Dinamarca, Marta Luisa de Noruega y Enrique de Inglaterra.

Las familias reales de 2020 no son las que adornaban hace un par de siglos los cuentos de hadas o, más recientemente, los libros de Historia. Lejos quedan las grandes coronaciones, el anonimato cargado de privilegios, el poder absolutista, los placeres inconfesables (eso puede que no tan lejos, según los casos). Pero en el siglo XXI las monarquías —muy especialmente las europeas— son en su gran mayoría instituciones engrasadas y planificadas, rodeadas de profesionales cualificados y cuyos miembros, aunque no exentos del glamur que todavía a día de hoy dan los apellidos, trabajan en cientos de compromisos anuales.

Ese nivel de carga laboral está pautado, además, por rígidas normas que a menudo no aparecen en los titulares, acaparados por sus vestimentas, escándalos o tragedias. Hasta que un verso suelto se escapa. El último, el príncipe Joaquín de Dinamarca, el segundo de los dos hijos, ambos varones, de la reina Margarita de Dinamarca. El hermano de Federico, el heredero al trono, está cansado del papel que ocupa en la casa de Glucksburg y ha decidido romper del modo más habitual: poniendo distancia.

Ya a principios de 2019, Joaquín, su segunda esposa, Marie, y sus dos hijos menores, Henrik y Atenea (él tiene otros dos junto a su primera esposa, Alexandra) decidían pasar una temporada en Francia, país natal de la princesa. El motivo: un curso de liderazgo estratégico y relaciones internacionales para oficiales en la Escuela Militar de París. Volvieron a Copenhague antes de tiempo por problemas de salud de su hijo. Sin embargo, ahora anuncian que se instalarán en la capital francesa con el príncipe, que es capitán en la reserva, como agregado de Defensa.

La laboral ha sido la excusa perfecta para el príncipe danés. Su relación con la familia real no pasaba por su mejor momento; hace años que le pide a su madre más responsabilidades, más tareas, que le dé más valor y le ayude a escapar del escrutinio público al que la prensa siempre le ha sometido aireando sus romances y deslices.

Marie y Joaquin de Dinamarca y sus hijos, en abril de 2018 en Copenhague.
Marie y Joaquin de Dinamarca y sus hijos, en abril de 2018 en Copenhague.CORDON PRESS

El de Joaquín es el drama de los segundos: expuestos desde su niñez como los primogénitos para no sentirse desplazados, cuando llegan a la edad adulta se ven desprovistos de utilidad y responsabilidades. Además, hasta su madurez la persecución mediática suele ser constante, por lo que sus frecuentes líos de juventud quedan a la vista del juicio público. Una tormenta perfecta.

Los hermanos son generadores de historias en no pocas familias reales. Así ocurre con Lorenzo de Bélgica, de quien cada aparición pública suele generar titulares. Ahí están los escándalos de los suecos: el del mediático Carlos Felipe de Suecia cuando empezó a salir con su ahora esposa Sofía, o los financieros de su hermana Magdalena, implicada en los negocios no lo suficientemente claros de su marido y sobre los que tuvo que dar explicaciones antes de casarse. Hace unos meses, el monarca, Carlos Gustavo, decidió excluir a los cinco nietos que le han dado estos dos hijos de la casa del rey, que quedó formada únicamente por los reyes, su heredera, Victoria, y el marido y los dos hijos de estos.

Marta Luisa de Noruega y su pareja, Shaman Durek, en el festival Starlite de Noruega en agosto de 2019.
Marta Luisa de Noruega y su pareja, Shaman Durek, en el festival Starlite de Noruega en agosto de 2019.FOTOS LORENZO CARNERO/CORDONPRESS / 692/Lorenzo/cordonpress

En Noruega son constantes desde hace años las polémicas de Marta Luisa de Noruega, en este caso la mayor de las hijas del rey Harald, pero que no heredará el trono porque lo hará su hermano, Haakon, que ha llegado a plantear la renuncia de Marta Luisa a su título. La princesa ya llamó la atención con su primer matrimonio con el escritor Ari Behn en 2002. Luego llegarían su divorcio y el suicidio de su exmarido la pasada Navidad, así como la nueva relación de la princesa con un controvertido chamán estadounidense. Las críticas la han hecho renunciar, o más bien obligado– a usar su título de princesa asociado a cuestiones comerciales.

Pero si hay una familia especializada en segundones despechados es la de los Windsor. Nadie olvida al rey Eduardo VIII, que antes de ser coronado abdicó por su amor a Wallis Simpson, una mujer divorciada estadounidense con quien no podía casarse. La pareja se vio obligada a abandonar el Reino Unido para siempre, pero tampoco vivió en la pobreza y finalizaron sus días instalados en un lujoso palacete del parisino Bois de Boulogne pero sin terminar de asumir las consecuencias de su drástica decisión.

También fue desgraciada en su jaula de oro Margarita de Inglaterra. La hermana pequeña de la reina Isabel II siempre estuvo a su sombra y nunca terminó de encontrar su papel, especialmente tras su divorcio y cuando los hijos de la reina empezaron a crecer y a tener sus propios compromisos. Eran otros tiempos y el hecho de ser mujer y divorciada no le permitieron dar el paso definitivo de abandonar la familia real, pero sus lujos, sus residencias entre el palacio de Kensington, en Londres y una gran casona en Gales, sus continuos viajes a la isla caribeña de Mustique, su afición a las joyas y a las fiestas, todo ello financiado por la corona, también hacían esas ataduras menos difíciles de soportar.

Eduardo y Sophie, condes de Wessex, y sus hijos, Jacobo y Lady Luisa Windsor, en Sandringham, en diciembre.
Eduardo y Sophie, condes de Wessex, y sus hijos, Jacobo y Lady Luisa Windsor, en Sandringham, en diciembre.gtresonline

Su sobrino nieto, Enrique, sí se ha atrevido a dar el paso de marcharse. Se ha comprometido a pagar las reformas de la casa donde iba a vivir, Frogmore Cottage, con 10 habitaciones. Él y su esposa, Meghan Markle, han tomado una drástica decisión con su independencia, un gesto que no ha gustado a la familia real británica y ha supuesto toda una revolución, convirtiéndoles en parias. Ahora andan buscando trabajo en Hollywood, pero no tienen demasiada prisa: los primeros años contarán con el apoyo financiero de la reina y de su padre, Carlos, el heredero.

El resto de miembros de la familia real británica parecen estar aprendiendo al respecto. Sofía, la esposa del hijo menor de la reina, Eduardo, ha explicado recientemente que sus hijos, Luisa (de 16 años) y Jacobo (de 12), no usarán sus títulos en el futuro. “Tratamos de educarles para que sepan que es muy probable que tengan que trabajar para ganarse la vida. Por lo tanto, tomamos la decisión de no utilizar los títulos de altezas reales. Los tienen y pueden decidir usarlos o no a partir de los 18 años, pero creo que es muy poco probable”, dijo la condesa de Wessex a The Times.

La decisión de los Wessex y la de Enrique son pasos llamativos, pero con lógica: su papel en la familia real, más allá de posar en las fotos y tener un puñado de fundaciones, es decorativo. En el caso de Enrique, es su hermano Guillermo el llamado a reinar, y su familia la que será protagonista. Es normal que las familias reales mengüen, pero hasta que eso llega, quienes orbitan más allá de sus núcleos no pueden evitar vivir entre el sufrimiento y el privilegio.

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