Punto final para Enrique de Inglaterra y Meghan Markle

Los duques de Sussex salen oficialmente de la familia real el martes con el desafecto de los británicos

La reina Isabel II, con Meghan Markle y el príncipe Enrique, en julio pasado.
La reina Isabel II, con Meghan Markle y el príncipe Enrique, en julio pasado. WireImage

Abuela al fin y al cabo, el día en que Isabel II impuso a su nieto Enrique unas férreas condiciones a la hora de soltar amarras de la casa de los Windsor también añadió que siempre será “bienvenido” si en algún momento se replantea regresar al redil. En vísperas de que el duque de Sussex y Meghan Markle abandonen oficialmente la familia real británica, el próximo martes 31, la brecha entre el príncipe díscolo y sus parientes de sangre azul se ha visto sin embargo ensanchada. La escapada de la pareja a California, desde su residencia provisional canadiense, echa por tierra toda pretensión de un retorno al Reino Unido para aportar su granito en plena crisis del coronavirus.

El repentino traslado de los Sussex y su hijo Archie a Los Ángeles se produjo muy poco antes de que los gobiernos de Estados Unidos y Canadá decretaran el cierre de fronteras. Diversos medios británicos aseguran –citando sus habituales fuentes palaciegas anónimas- que sencillamente aceleraron su plan primigenio de instalarse definitivamente en una ciudad en la que Meghan tiene numerosos amigos de su etapa de actriz, puede contar con el apoyo de su madre (la profesora de yoga y residente angelina Doria Lagland) y, como sibilinamente se subraya, tiene más a mano a los productores de la meca de Hollywood. El despiadado, y para muchos injusto o hasta racista, retrato que los tabloides nacionales vienen proyectando de esta profesional hecha a sí misma, de 38 años, empieza a tener mayor calado entre el público británico.

En un momento en que el grueso de la población de las islas vive confinada a causa del Covid 19, las noticias relacionadas con los Sussex hablan del inminente estreno de un documental ecológico de Disney, Elefantes, en el que Meghan ha puesto su voz. O se recuerda el testimonio grabado de cómo Enrique aprovechó el encuentro con el gran jefe de la Disney, Bob Iger, con ocasión de un estreno cinematográfico en Londres el pasado verano, para promocionar el talento de su mujer. La pareja está perdiendo la batalla de las relaciones públicas en el Reino Unido, un país hasta hace poco dividido, pero en general comprensivo, ante la decisión del príncipe de iniciar una nueva vida a costa de renunciar al grueso de sus privilegios. De dejar de utilizar el título de su alteza real (“llamadme Enrique a secas”, viene espetando a sus interlocutores en los últimos tiempos), de perder sus queridos títulos de capitán general de los Reales Infantes de Marina o de comandante de honor de las Fuerzas Aéreas Reales. También de dejar de percibir fondos públicos o a que el erario público le pague los casi tres millones de euros gastados en la reforma de su residencia en Windsor (Frogmore Cottage), que el matrimonio seguirá reteniendo para sus estancias en suelo británico.

Si nos atenemos a las filtraciones de los tabloides –sesgadas pero también en la línea de frente de la información sobre los royals- The Sun supo en enero de los planes de espantada de la pareja antes de que fueran oficiales y también que la pandemia del coronavirus habría acercado a Enrique a su familia, especialmente desde que su padre y heredero de la corona, el príncipe Carlos, confirmara que dio positivo en las pruebas de detección y permanece recluido en el castillo escocés de Balmoral en compañía de Camila. Amén de la preocupación por su abuela, de 93 años, confinada en Windsor junto al nonagenario duque de Edimburgo. Enrique mantiene un contacto permanente con los suyos pero, al tiempo, acaba de ejecutar lo que sus críticos han bautizado como el Megxit 2, es decir, una segunda escapada.

De nuevo fuentes del entorno real han revelado al sitio web del Daily Mail cómo en palacio se suben por las paredes tras la decisión del príncipe de instalarse en tierras californianas, a los pocos meses de declarar que había elegido Canadá –en el exclusivo enclave de la isla de Vancouver– como residencia por tratarse de un país miembro de la Commonwealth, donde Isabel II rige sobre el papel como jefe de Estado. “Estupefactos y horrorizados” son los epítetos que recogen sobre el descarte de la pareja, o al menos del duque de Sussex, de arropar personalmente a su familia durante una de las peores crisis que afronta el país desde la Segunda Guerra Mundial.

La historia reciente de los Windsor, de sus trifulcas, del sinfín de crisis matrimoniales con el Dianagate a la cabeza, tiene su último capítulo en ese príncipe que a pesar de muchos vaivenes vitales y de sus (públicamente reconocidos) problemas psicológicos a resultas de la muerte prematura de la madre siempre ha sido uno de los miembros más queridos de la familia real británica. La fecha del próximo martes estaba inscrita en el calendario como la de su huida hacia adelante al lado de una mujer con las ideas claras que le hace feliz. En ese punto contaba con las simpatías de los súbditos de su abuela y monarca, porque Enrique siempre cayó bien. En estos momentos de alerta nacional, su figura empieza a desdibujarse de las querencias de los británicos como la de un ser cada día más lejano y desapegado del trauma nacional en ciernes. No quiso regresar y se le tendrá en cuenta.


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