Los Balcanes: europeos en busca de luz al final del túnel

Serbia, Albania y Bosnia están embarcadas, a distintos ritmos, en el mismo largo y proceloso viaje: ingresar en la UE. Este es el retrato de la situación de tres países que suman 13 millones de personas y aspiran a entrar en el club comunitario

Serbia, Albania y Bosnia están embarcadas, a distintos ritmos, en el mismo largo y proceloso viaje: ingresar en la UE. Este es el retrato de la situación de tres países que suman 13 millones de personas y aspiran a entrar en el club comunitario.

Los serbios votan este domingo en las elecciones parlamentarias que debían haberse celebrado el pasado abril, pero se pospusieron por la pandemia. Albania está inmersa desde 2014 en una reforma de lentitud exasperante, la del sistema judicial, con el objetivo de sanear la administración de justicia y conjurar la permanente sospecha de corrupción y conexiones con el crimen organizado. Más lejos de la UE y en una suerte de limbo, Bosnia es el único país de la zona, junto con Kosovo, que ni está en la Unión ni es técnicamente candidato a integrarla. En los tres países, un permanente tema de fondo: el lento, agitado y fatigoso proceso de incorporación a la Unión Europea. Albania y Macedonia del Norte recibieron el pasado marzo luz verde al inicio de las negociaciones de adhesión, tras un endurecimiento del proceso. Dos meses más tarde, la UE celebró una cumbre por videoconferencia con los países de los Balcanes occidentales para reafirmar su compromiso (se aprobaron hasta 3.300 millones de euros de ayudas para paliar los efectos de la epidemia) y salir al paso de la creciente influencia de China y Rusia. “Los Balcanes occidentales pertenecen a la UE, no hay ninguna duda al respecto”, dijo la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Pero también les recordó que, para unirse finalmente al club, todavía deben hacer importantes esfuerzos de lucha contra la corrupción y para adoptar plenamente valores fundamentales de la Unión.

EL PAÍS recorrió entre finales de 2019 y principios de 2020 Serbia, Albania y Bosnia para dibujar el retrato de tres países y 13 millones de personas que sueñan con entrar en la UE.

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Cap. 1 Serbia

Una protesta por los viejos y los nuevos males de Serbia

El mayor movimiento desde el levantamiento que acabó con Milosevic pierde fuelle, mientras la oposición centra sus esfuerzos en boicotear las elecciones.

En la sede del partido de Borko Stefanovic, en una larga avenida comercial de Belgrado, una fotografía enmarcada recuerda el momento, hace un año y medio, en el que empezó todo y, a la vez, nada. En la imagen, Stefanovic, un político de la oposición al presidente Aleksandar Vucic, muestra una camisa blanca ensangrentada en una rueda de prensa para denunciar que varios encapuchados con puños americanos le acababan de agredir al entrar a un mitin en Krusevac, en el sur de Serbia. “Era de noche y llegábamos unos minutos tarde, así que la mayoría de personas estaban ya dentro del centro comunitario. Al acercarme a la entrada principal vi a tres hombres con pasamontañas negros, de pie en una zona no iluminada. Fue todo en segundos… En cuanto pasé a su lado, uno me golpeó con un puño americano. Llevaban también barras de acero cortas. Al primer golpe en la nuca perdí el conocimiento. Debí de estar inconsciente como 45 segundos, en los que siguieron pegándome en la cabeza. No creo que el presidente lo organizase personalmente, pero sí que ha creado este ambiente de odio, de persecución a quien piensa diferente de él”.

Stefanovic no era una figura particularmente conocida, pero la agresión fue la gota que colmó un vaso que venían llenando los viejos males de Serbia (clientelismo, poder de elites y mafias, pobreza, etcétera) con otros más recientes, como la erosión democrática, las tendencias autocráticas o la cuasiuniformidad informativa. Dos semanas más tarde, miles de personas protestaron en Belgrado bajo el lema “No más camisetas ensangrentadas”. El presidente respondió que ignoraría sus demandas incluso si saliesen a las calles cinco millones de personas, es decir, un 70% de la población del país. La frase saltó a las redes sociales y llevó a rebautizar como 1od5miliona (1 de 5 millones) el mayor movimiento en Serbia desde el levantamiento que acabó con Slobodan Milosevic en 2000. Hasta que el coronavirus obligó a detener las marchas, mantenía el título de la protesta activa más larga en Europa, si bien las manifestaciones que en la primavera de 2019 atraían a decenas de miles de personas apenas congregaban últimamente a cientos, con el liderazgo fragmentado por luchas internas y los escasos réditos en manos de Bosko Obradovic, el líder de un partido ultranacionalista, antiinmigración y homófobo. El presidente, cuyo partido tiene todas las papeletas para arrasar en las elecciones de este domingo, puede dormir tranquilo.

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Arriba, portada de la revista serbia 'NIN' de enero de 2019. Debajo, Borko Stefanovic muestra la camisa que llevaba cuando fue agredido, en noviembre de 2018 en Belgrado, en una imagen facilitada por el Partido de la Libertad y la Justicia.
Arriba, portada de la revista serbia 'NIN' de enero de 2019. Debajo, Borko Stefanovic muestra la camisa que llevaba cuando fue agredido, en noviembre de 2018 en Belgrado, en una imagen facilitada por el Partido de la Libertad y la Justicia.

En enero de 2019, la revista NIN, uno de los pocos medios que no ha tratado de desacreditar la protesta, publicó en portada una foto con sus tres principales líderes y un titular: “Acabamos de empezar”. Solo uno de ellos sigue hoy en la organización. Los otros dos la abandonaron al considerar que los partidos de la oposición habían secuestrado las marchas para convertirlas en una lucha personal contra Vucic. “Llegó a haber hasta 100 protestas simultaneas en Serbia. Ya en febrero [de 2019] entendimos que se la estaban arrebatando a los movimientos. Ahí empezó a ir cuesta abajo”, explica Jelena Anasonovic en una cafetería del casco histórico de la capital. “Yo apoyo el boicot electoral, pero cuando empezó a gestarse entendí que estábamos siendo utilizados. Que íbamos a ser soldaditos en el campo de batalla, sin autonomía alguna. No era esa nuestra idea inicial. Y si quieren cambiar el sistema y a este Gobierno y al mismo tiempo actuar igual que el Gobierno, yo no quiero formar parte de eso”.

El “boicot” que menciona Anasonovic es el que efectúa el grueso de la oposición -el Movimiento de Ciudadanos Libres y Alianza por Serbia, una organización paraguas en la que conviven una decena de formaciones, desde la izquierda hasta la extrema derecha- a las elecciones legislativas del domingo, inicialmente previstas para el 26 de abril y aplazadas por la pandemia. Faltan, estiman, las condiciones democráticas para que sean una competencia real y solo servirán para dar una patina de legitimidad ante el mundo a Vucic. El presidente ve en el boicot una estratagema por “miedo” a enfrentarse a las urnas "honesta y transparentemente”.

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La narrativa de que todos los políticos son iguales no es exclusiva de Serbia. Tampoco las candidaturas de broma. Pero en las presidenciales de 2017 en las que arrasó Vucic, y con apenas 25 años de edad, Luka Maksimovic logró casi el 10% de los votos con el personaje Beli (Blanco), una parodia de la clase política con promesas incumplibles —construir una costa para un país sin salida al mar—, hiperbólicas —levantar una fábrica de Lamborghini— o sarcásticas, como ofrecer “tres veces más” que el resto de políticos. “Fue una mezcla de buena suerte, una buena idea y la mala situación del país. La gente está desesperada y buscaba una salida, incluso en un personaje de ficción, un príncipe con un caballo blanco que les decía que iba a construir castillos”, señala hoy, entre abrumado y arrepentido por la dimensión que tomó lo que empezó colgando un vídeo en Youtube tras fumarse un porro con sus amigos. Maksimovic viste chándal y carga cajas de refrescos en la cafetería que regenta con su madre en la localidad de Mladenovac, 50 kilómetros al sur de Belgrado. En la puerta aún se ve la esquela por el fallecimiento de su padre. En el interior, los locales fuman y beben rakia, un licor de unos 40 grados típico de los Balcanes y Europa Central. Aún no es mediodía.

En Serbia, muchos creen que Maksimovic fue una herramienta del presidente para restar votos a sus verdaderos contrincantes. Vucic ha asegurado, en cambio, que fue el único rival que le preocupó en las anteriores elecciones. Esta vez se sumará al boicot de la oposición, pero reparte a uno y otro lado del espectro político: “Hace 30 años que la misma gente controla la política. Y por eso la sátira era la mejor burla posible. Vucic es uno de los mejores manipuladores de la historia de Serbia. Un tipo loco, un problema para el país y para nuestro futuro. Pero me quito el sombrero ante cómo ha logrado formar una maquinaria de soldados. Chantaje, votos ganados antes de las elecciones, gente traída desde todo el país en autobuses para acudir a los mítines... Son soldados. La oposición no es tan mala como Vucic, pero es un grupo de intereses. Cuando echemos a Vucic, ¿quién tomará el poder? No hay alternativa. Vucic no es el único problema. También la oposición”.

Vesna Vlajic

“Me dijeron que pidiera a mi hijo, activista, que se calmase o dejaría de ser directora”

En 2016, cuando su hijo se involucró en la creación de Beli, la maestra Vesna Vlajic recibió una llamada del alcalde: “Dile que se calme o dejarás de ser directora”, cuenta en una cafetería de Mladenovac. Llevaba nueve años al frente de la principal escuela de la ciudad y no cedió. “Primero dejaron el presupuesto del centro en el mínimo que exige la ley. Los niños dejaron de ser invitados a programas. En esa época llamé al alcalde. Le dije que yo no era la escuela, que no castigase a los niños. Fue una conversación desagradable en la que me soltó: 'Sabes lo que tienes que hacer para que la escuela reciba lo que necesita”. Las inspecciones pasaron de ser esporádicas a hasta tres al mes, relata. En 2018 tiró la toalla. "Me dejaron claro que iba a ser despedida al año siguiente. No podía pelear contra eso y pasar un año así no tenía sentido. Al dimitir podía seguir enseñando. No me siento humillada porque yo misma me fui”.

Aún más al sudeste de Belgrado está Smederevska Palanka, una ciudad de 50.000 habitantes en la que priman el gris y el marrón. El esqueleto de un estadio de baloncesto que nunca vio la luz o los famosos coches Yugo, construidos durante la época socialista, retrotraen a otra época. También el letrero de la fábrica ferroviaria de Gosa. Fundada en 1923, durante el Reino de los serbios, croatas y eslovenos, fue motivo de orgullo durante los años de Tito y de vergüenza en 2017 -ya privatizada-, cuando uno de sus trabajadores se suicidó tras 15 meses sin cobrar. Un año después, Gosa quebró.

Arriba, letrero de la fábrica ferroviaria de Gosa. Abajo, protesta de 1od5miliona en Belgrado, a finales de 2019
Arriba, letrero de la fábrica ferroviaria de Gosa. Abajo, protesta de 1od5miliona en Belgrado, a finales de 2019DADO DJILAS

Voces contra el presidente Vucic

Luka Maksimovic. 27 años

Ahora tiene la mente en otra cosa (triunfar en la música con su grupo El Presidente (así, en español) y trabajar en la modesta cafetería familiar en la ciudad de Mladenovac), pero hace apenas tres años Maksimovic logró casi un 10% de los votos con una candidatura paródica en las elecciones presidenciales. Tiene 27 años, fuma en cadena y sonríe todo el tiempo. “Estamos en el peor momento porque hay en el Gobierno una organización criminal: gente sin conocimientos, con títulos falsos...”

Bosko Obradovic. 43 años

La protesta contra el presidente ha perdido mucho fuelle, pero si alguien está obteniendo réditos es Bosko Obradovic. Su lenguaje directo, su presencia imponente y su mensaje nacionalista y ultraconservador granjean bastantes apoyos a su formación, Dveri. Las marchas, en las que ha pasado de participar en segundo plano a ocupar el centro de las fotos, le han servido de altavoz. “No somos homófobos, apoyamos los valores de la familia”

Petar Beljic. 22 años

Milita en el Partido Demócrata y participa en la organización de las protestas contra el presidente. Viste una camiseta con la palabra “héroe” y la imagen de Alexander Obradovic, un empleado de una fábrica de armamento que estuvo encarcelado por filtrar documentos que presuntamente implican al padre del ministro del Interior en una compra a precio reducido de armamento que acabó en manos del ISIS en Yemen. La detención, el pasado septiembre, solo se supo semanas más tarde, cuando la reveló un semanario. "Un año de manifestaciones es mucho tiempo. La gente está cansada. Además, tanto escándalo anestesia”

Jelena Anasonovic. 25 años

En apenas unos meses, ha pasado por tres fases bien distintas: primero, estudiante universitaria en Belgrado; después, símbolo y cara visible de las protestas contra Vucic y, ahora, desencantada con un movimiento que considera raptado por la oposición. Apenas habla con los medios, dice, para no dar munición a los partidarios del presidente. “Al principio de las protestas registramos el nombre del movimiento precisamente para intentar salvaguardarlo de los políticos”

Liliana Pesic. 70 años

No se pierde una de las manifestaciones semanales contra el presidente Vucic. "Venimos cada sábado”, dice mientras señala a su grupo de amigas­. “Serbia ya no es una democracia. Los jueces son del presidente y es la mafia la que dirige el Estado”.

Las múltiples farmacias y casas de cambio dan cuenta del presente: los ancianos se quedan, los jóvenes emigran. Una de las bromas en los Balcanes es que si sus países no entran en la UE, lo harán sus ciudadanos…, uno por uno. Serbia, como el resto de los Balcanes, sufre un declive demográfico potenciado por una fuerte migración juvenil. Cada año, entre 40.000 y 50.000 personas abandonan el país. Serbia tiene hoy unos siete millones de habitantes. Se calcula que en 2050 serán solo 5,8 millones.

Cristina tiene 36 años y es licenciada en Literatura, pero vive con sus padres porque está en el paro. “¿Cómo voy a formar así una familia? Tengo las manos atadas… Por formación, podría trabajar como periodista o en una librería, pero en esos sitios la gente consigue trabajos por política o conexiones”, asegura con gesto de hartazgo en una cafetería. Su amiga Marija asiente y cuenta que se afilió hace una década al partido que entonces gobernaba, el Democrático, cuando Boris Tadic era presidente. “Era vox populi que si lo hacías era más fácil lograr trabajo”, admite. Al final, cuenta, lo encontró sin necesidad de recurrir al tráfico de influencias. Hoy cobra oficialmente 30.000 dinares (255 euros) y otro tanto en negro, admite. “Y me considero una afortunada, porque prefiero estar en el sector privado, más lejos de los politiqueos, y no tengo hijos. Pero de mi calle, todos los de mi generación se han ido a Alemania”.

Hasta que llegó el coronavirus, Serbia no venía atravesando un mal momento económico. Era uno de los países europeos que más crecía, por encima del 4%, ha reducido notablemente el desempleo, y la inversión extranjera directa china había pasado en un lustro de anecdótica a un quinto del total, impulsado el conjunto. Después, con la pandemia, la importancia de la agrícultura y el escaso peso de sectores como el turismo han hecho que su previsión de caída del PIB sea solo del 3%. Pero el salario medio (468 euros) y las pensiones (224 euros) siguen entre los más exiguos de Europa y, en la calle, las historias traslucen a menudo desesperanza por el presente e incertidumbre por el futuro. Como la de Radomir Yovanovic, que tiene 64 años y cuenta que trabajó durante 36 en una empresa de maquinaria y herramientas de la que no recibió compensación porque se declaró en quiebra. O Dragoslav Tarabanovic, de 65, que dibuja un ambiente de control político que lleva a la resignación: “He visto a hombres del partido del presidente llegar en coches a amenazar a la oposición. Controlan quién vota a quién”.

Zivomir y Rajna Stojanovic

“Vamos a votar a Vucic. Nos ha hecho carreteras y todo”

Los octogenarios Zivomir y Rajna Stojanovic, marido y mujer, van a votar a Vucic en las próximas elecciones y nada tiene que ver el miedo. “Nos ha hecho carreteras y todo. Lo que pasa es que él solo no puede arreglar todos los problemas de Serbia. Me gusta su carácter. ¿En qué otro país hay un presidente que explica a la prensa por qué algo es de una manera o de otra?”. Viven principalmente de unas pequeñas pensiones de Austria y Francia, donde trabajaron en la siderurgia, que completan con lo que les da el campo.

Vucic es un ejemplo de reinvención. Hoy (entre 2014 y 2017 fue primer ministro y, desde entonces, presidente) viste el traje de líder moderado que defiende con firmeza el ingreso del país en la UE. Hace tres décadas era ministro de Información con Milosevic, pronunció en el Parlamento la frase “si matáis un serbio, mataremos cien musulmanes”, diez días antes del genocidio de Srebrenica, y despidió entre lágrimas al ultranacionalista Vojislav Seselj de camino a su condena (pasó 11 años en prisión) por crímenes contra la humanidad durante las guerras de los Balcanes. “En el pasado cometí equivocaciones”, ha dicho en más de una ocasión.

Dusan Spasojevic, profesor de sociología política en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Belgrado, repasa el camino recorrido por Vucic: “En 2008 fundó un nuevo partido que decía: ‘ya no somos extrema derecha, sino centro-derecha, proeuropeos’, lo que es una parte significativa de los votantes serbios. Dio a los votantes nacionalistas una alternativa viable y con capacidad para gobernar. Llegó al poder, afrontó el que se consideraba el principal problema, la corrupción, arrestando a varios magnates y responsabilizando al Partido Democrático. En cierto modo fue percibido como un defensor de la gente de a pie y presentó a la oposición como una élite alienada. Clásica narrativa populista. Tenía una excelente base de votantes, de un 25%, que elevó con elementos no democráticos o semidemocráticos, como clientelismo o presión sobre los votantes. Se ha situado en el medio del espectro político. No es antieuropeo ni antirruso. Y, mientras siga ahí, estará seguro”.

Los elementos “semidemocráticos” a los que alude Spasojevic son prácticas -denunciadas en las redes sociales y corroboradas por la OSCE en su informe de observación de las elecciones de 2017- como el llamado “tren búlgaro”: recibir frente al colegio electoral un sobre ya con papeleta y, al salir, entregar a la misma persona un sobre vacío. O el envío a “coordinadores” de una foto de la papeleta para demostrar el voto, tanto propio como de familiares y amigos. En el aún muy presente sector público hay bastantes empleados temporales que no se quieren jugar la renovación.

El pragmático Vucic ofrece hoy dos cosas que importan mucho a la UE: voluntad de alcanzar un acuerdo con Kosovo —la exprovincia serbia que en 2008 declaró la independencia reconocida desde entonces por un centenar de Estados— y estabilidad. Sobre la primera, Serbia es técnicamente candidata a ingresar en la UE en 2025, pero en la práctica no lo hará sin un acuerdo previo que normalice las relaciones con su antigua provincia. En cualquier caso, solo ha cerrado aún dos de los 35 capítulos necesarios. En cuanto a la estabilidad, uno de los términos que más suena en boca de los analistas al hablar de Serbia es, precisamente, “estabilitocracia”, en referencia a la apuesta por Gobiernos que, sin ser dictaduras, priman el orden y la seguridad sobre los derechos humanos, la transparencia o la rendición de cuentas. “Es un régimen semiautoritario en el que reconozco patrones similares de Polonia y Hungría, por un lado, y de Turquía, por otro. Un régimen formalmente democrático con fuerte influencia del Gobierno en distintos aspectos de la vida”, resume Spasojevic. La ONG estadounidense Freedom House ha rebajado a “régimen híbrido” el estatus democrático de Serbia y a “parcialmente libre” la consideración de libre que mantenía desde la caída de Milosevic en 2000. “Los hombres fuertes que mantienen la paz son hoy socios, no por la inestabilidad en los Balcanes, sino por la inestabilidad en Europa”, escribe Jasmin Mujanovic, profesor de Ciencia Política en la universidad estadounidense Elon, en el ensayo Hunger & Fury: The Crisis of Democracy in the Balkans (Hambre y furia: la crisis de la democracia en los Balcanes).

Vídeo explicativo del proceso de adhesión a la UE.

Uno de los principales elementos del poder presidencial reside en el control de los medios, gracias en parte a la importancia de la publicidad institucional. Todos los canales nacionales de televisión (seis, entre públicos y privados) le apoyan. Los principales diarios, por lo general tabloides sensacionalistas muy baratos, también. “En los últimos dos años no he aparecido una sola vez en un canal nacional. En este país nos tratan no como oponentes políticos, sino como enemigos”, asegura Vuk Jeremic, exministro de Exteriores y expresidente de la Asamblea General de la ONU, en la sede de su formación, el Partido Popular, de centro-derecha e integrada en Alianza por Serbia. El país ha caído desde 2014 del puesto 54 al 93 en el Índice de libertad de prensa que elabora Reporteros sin Fronteras. Aunque finalmente se han retirado los cargos en su contra, una periodista, Ana Lalic, fue arrestada el pasado abril por informar de la falta de equipamiento adecuado ante el coronavirus en un centro médico en Novi Sad. Durante las semanas que duró el estado de emergencia, la protesta contra Vucic consistió en hacer ruido desde los domicilios.

El pasado diciembre, decenas de personas bloquearon los tres accesos a la sede de la radiotelevisión pública para denunciar su sesgo progubernamental y el silenciamiento de la oposición. “Han bloqueado la verdad durante ocho años, nosotros les bloqueamos durante ocho horas”, explicaba a este periódico ante una de las puertas la estrella ascendente de la protesta, Bosko Obradovic, quien resumía el ideario del partido que lidera, Dveri: “Somos democristianos, soberanistas y euroescépticos porque no queremos que Bruselas nos diga cómo se supone que tenemos que vivir en nuestro país".

Días después, en la manifestación semanal, una furgoneta con grandes amplificadores rellenaba con música a todo trapo el vacío de gente (no llegaban a mil personas) y de escenario para los discursos, con un pequeño podio y un micrófono. La protesta, prácticamente sin banderas ni pancartas, no había sido comunicada, pero no había policías de uniforme. Petar Beljic, militante del Partido Democrático, era uno de los pocos jóvenes en una protesta con una media de edad elevada. “El régimen quiere que pensemos que la gente emigra por dinero, pero lo hace por dignidad, ante la falta de libertad de prensa, el control del poder, el sistema de justicia, la corrupción... Llevo aquí un año porque quiero que la gente se quede en Serbia”.