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LA IMAGEN
Columna

Una lucidez que desarma

Noelia Castillo en el programa 'Y ahora Sonsoles', el pasado 24 de marzo. Antena 3

Si el rostro de esta joven fuera un texto, lo habría escrito Shakespeare, como mínimo. Y no por su belleza, que también, sino por la concentración moral que exhibe, por esa mezcla de determinación y fragilidad que solo aparece en quienes han decidido mirar de frente a su destino. Hay en los ojos de esta mujer algo irrevocable. No transmiten tristeza, ni siquiera dolor. Irradian una forma de conocimiento. Los labios sonríen con la distancia casi irónica de quien parece haber aprendido a callar lo ocioso para sostener lo esencial. Y lo esencial, en el caso de Noelia Castillo, no era solo lo que le ocurría, sino quién era ella ante lo que le ocurría. Porque la escena (la silla, la entrevista, el foco mediático) es secundaria. Lo decisivo está ocurriendo dentro, en ese lugar de la razón en el que se decide el sentido mismo de la existencia y de la muerte digna que le discutieron algunos. Nos obligó a preguntarnos si la vida es un valor abstracto o una experiencia concreta. Y si, como parece, es lo segundo, a quién pertenece cuando deja de resultar habitable.

Por eso su rostro no conmueve en el sentido fácil del término. No busca la lástima. Se advierte en su conjunto una lucidez que desarma, una firmeza que no admite aplazamientos. Frente a quienes aún se emocionan con aquel “viva la muerte” cuartelero, ella meditó sobre la vida hasta el final y decidió que también era dueña de ese final. Y en ese gesto sereno, icónico, firme, irreductible, hay, paradójicamente, una forma extrema de afirmación. Como si, al decidir su límite, hubiera conseguido por fin que la vida le perteneciera del todo.

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