Ese mar de oscuridad
Respetar el derecho a la muerte digna es una de las mayores muestras de compasión y amor por la vida


Toda mi vida me ha obsesionado la muerte. Incluso recuerdo cómo descubrí que la muerte existía: yo debía de tener unos cinco años (la edad habitual de ese trascendental entendimiento) y fue leyendo El gigante egoísta, uno de los cuentos que Oscar Wilde escribió para sus hijos. Terminé la historia y comprendí que morirse no era estar en otra habitación o en casa de la abuela, sino que era simplemente no estar, una ausencia total, superlativa. A partir de aquel instante, un mar de oscuridad rodeó la luz de la vida. Desde entonces no creo que haya pasado ni un solo día sin pensar en algún momento en la Ladrona de Dulzuras, como llaman a la parca en Las mil y una noches. Aún más, desde los 16 hasta los 30 años he padecido crisis de pánico, que luego he sabido que están relacionadas con el terror a la finitud. Todo esto suena tétrico, supongo, pero, paradójicamente, creo que hoy me llevo bastante mejor con la idea de la muerte que la mayoría de las personas. Si te fijas bien, no es de extrañar; a fin de cuentas, llevo 70 años reflexionando intensamente sobre ella, intentando perderle el miedo y no diré entenderla (porque desde la vida es imposible entender la muerte) pero sí habituarme a su presencia. He llegado a desarrollar una gran naturalidad en el trato con esta enemiga íntima.
La gran mayoría de los humanos, en cambio, viven de espaldas a ella y pasan sus días como si fueran eternos. Una mala estrategia, diría yo, porque al final la parca siempre nos atrapa, aparte de haber segado antes, probablemente, a unos cuantos seres queridos. Esta ceguera ante lo inevitable creo que conduce a mucha insensatez y a numerosos sustos. Mi amiga la novelista argentina Claudia Piñeiro me contó que hace 20 años, en un buen colegio privado de Buenos Aires, pusieron el cuento de El gigante egoísta como lectura en la clase de su hijo, pero quitándole antes la última página, que es donde el gigante muere (por eso fue tan reveladora su lectura para mí: la literatura siempre nos ayuda a poner palabras a lo innombrable). Claudia fue a preguntar el porqué de tamaña estupidez, y le dijeron que con un cuento anterior en el que fallecía un ratón habían tenido tantas quejas de los padres que prefirieron cortar por lo sano, y nunca mejor dicho. Ahora imagina a esos disparatados padres y la absoluta falta de control y conocimiento de la vida que denotan. Porque una no puede navegar con tino la existencia sin asumir el fin.
He pensado una vez más en todo esto mientras escuchaba el crispado griterío desatado en torno a la eutanasia de Noelia. La conflictiva relación que mantenemos con la muerte se evidencia en la historia del suicidio. Algunas culturas han reconocido la posibilidad de una autolisis respetable y honrosa, como el tradicional seppuku japonés o el mundo grecolatino, que distinguía (sobre todo por parte de los estoicos) entre el suicidio razonable y la tragedia causada por una perturbación del ánimo, un planteamiento que me parece perfecto. Pero por lo general el suicidio fue y es un tabú. Para el cristianismo ha sido una perversión tan pecaminosa como el homicidio (según san Agustín ni siquiera era lícito que una mujer se matara para salvar su honra, lo que ya es decir); al suicida no se le enterraba en el cementerio y además se le incautaban los bienes a la familia, práctica brutal que perduró hasta el siglo XVII. Algo de ese horror ancestral sigue nublando nuestro entendimiento.
Todos los estudios señalan que la inmensa mayoría de los intentos suicidas están causados por un colapso anímico crítico, por una tormenta perfecta de circunstancias negativas coincidentes que pueden ser psíquicas y sociales y que llegan a quebrar a la persona. Esas muertes son un destrozo, una pena, un desperdicio; son evitables (espera solo un poco, espera a que pase la tormenta) y hay que evitarlas. Debemos aspirar a una tasa cero en estos casos. Pero luego está Noelia, a la que esta sociedad ha torturado durante dos años. Como torturó, de manera mucho más salvaje, a Ramón Sampedro, tetrapléjico y héroe de la civilidad y de la muerte digna. Voy a repetir estas dos palabras: muerte digna. Tenemos derecho a ella, y creo que respetar ese derecho es una de las mayores muestras de compasión y de amor por la vida que puede haber. Nuestra ley de eutanasia es muy garantista y restrictiva. No permitamos que, además, los fanáticos y los confusos la secuestren.
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