La servilleta de papel de los bares como guardián de la historia de las ciudades
Durante más de una década, el fotógrafo Felipe Hernández ha coleccionado y retratado las idiosincrásicas servilletas personalizadas. Ahora publica un libro con 600 de ellas

Las servilletas de papel de los bares no limpian, pero siempre están ahí, encima de las barras preparadas para salir de sus cajitas metálicas o arrugadas en el suelo junto a huesos de aceitunas. Blancas, ásperas, con los nombres y direcciones de los establecimientos que las ofrecen impresas, son guardianas de la historia de las ciudades y los pueblos con la hostelería como protagonista.
El fotógrafo Felipe Hernández, autor del libro de retratos de las subculturas Ecstasy & Wine y Arenal, El Carmen, Sol, Montera, Ópera, donde fotografía a los últimos supervivientes del siglo XX del centro de Madrid antes de la llegada del turismo masivo, está acostumbrado a detenerse a inmortalizar lo que otros no hacen. No extraña así que se enamorara de estas servilletas. “Siempre me ha gustado coleccionar todo tipo de cosas en soporte gráfico. Los posavasos, las servilletas o los flyers me han interesado como vehículo publicitario”, dice como quien reconoce una manía antigua. Su libro Servilletas, publicado esta semana por Ojos de Buey, es la consecuencia natural de esa obsesión y reúne 600 recogidas en más de 10 años.
“Comencé a coleccionarlas en 2014. Cuando tuve unas 300, en 2017, empecé a fotografiarlas sobre una placa de mármol que tenía en el estudio. Al principio las documentaba para mí, pero las fui subiendo a Instagram y tuvieron tan buena acogida que decidí seguir”, recuerda. Hoy supera el millar. Todas son españolas, aunque cuenta que en países como Portugal, Italia o Francia también existen de una manera más minoritaria. En España son comunes porque el bar se concibe no solo como un negocio, sino como una extensión del hogar, un punto de encuentro donde se crea una comunidad alrededor de la barra. Y durante décadas, Hernández cuenta que también ha sido un espacio donde el diseño, anónimo y funcional, ha encontrado su espacio en objetos aparentemente secundarios como las servilletas. “Antes era más popular personalizar las cosas. Todo se cuidaba más. Las barras eran de materiales más nobles y se usaban posavasos del propio local para protegerlas. Hoy los ponen solo en cuatro coctelerías y ya”, dice de un modo más reivindicativo que nostálgico.
Ahora que las ciudades se han vuelto cada vez más parecidas entre sí, cuando desaparecen pequeños signos de identidad que han compartido varias generaciones, como un letrero o el logotipo de un establecimiento, muere parte de la historia de un lugar. Por eso, las servilletas de Hernández se han convertido en un archivo involuntario. “Hay gente que me escribe para decirme que ha cerrado el bar de una servilleta que he publicado en Instagram. Entonces siento que cobra sentido este trabajo porque mi intención es preservar de algún modo ese patrimonio gráfico”. Así, lo que empezó como una colección, con el tiempo se ha transformado en una forma de resistencia.
Pero Felipe Hernández no es el único con esta iniciativa de recuperación de la historia cotidiana. En distintas ciudades han surgido colectivos, como Paco Graco, que rescatan de las fachadas carteles, rótulos y tipografías populares. “Todo está siendo altruista y en manos privadas. Las instituciones deberían proteger este patrimonio gráfico porque habla de la identidad de una ciudad, de gente que llegó de los pueblos con una mano delante y otra detrás, creaba un negocio y con él se iba construyendo una ciudad como Madrid, en la que nadie es de aquí”. Y al escuchar al fotógrafo, uno comprende que una servilleta puede trascender del papel y convertirse en el rastro de una biografía no escrita.
El libro reúne 600 de esas piezas, aunque al fotógrafo le hubiera gustado llegar a 1.000. “Pero se disparaba el precio y siempre tuve en mente hacer algo más accesible [el libro cuesta 38 euros]”. Tampoco tiene espacio en su libro cualquier local. “No entran franquicias ni negocios como Casa Pepe [conocida venta de Despeñaperros] porque no quiero dar visibilidad a establecimientos que honren la tradición franquista o falangista”.
Ante algo de usar y tirar, “y con unas servilletas que además no limpian”, Hernández ha sabido retratar la belleza de lo inútil. “No tengo ninguna favorita”, confiesa, pero sí una fascinación clara por quienes las diseñaron: “Si no fuera por ellos no estarían aquí. Las hay espectaculares con unas tipografías y colores…”, dice hablando de ellas con delicadeza.
El entusiasmo con el que fue recibido el libro a las horas de publicar su existencia en Instagram confirma esa intuición. “Nos han escrito tiendas de diseño internacionales, muchísimas librerías extranjeras, hasta la de Yves Saint Laurent en París, especializada en fotografía, arte y diseño, diciéndonos que querían comprar el libro al día siguiente de que lo comunicáramos en redes. Que algo que nosotros vemos tan nuestro se valore tanto fuera es increíble”.
Lo cotidiano, visto desde lejos, adquiere otra dimensión. Y elegir una editorial especializada en fotografía documental para publicar este proyecto se puede considerar un acierto. “Ojos de Buey está especializada en sacar cosas de archivo que en su día no salieron y ponerles el foco ahora. Por ejemplo, hay un trabajo de Colita de los días de la muerte de Franco, una entrevista inédita de Paco Elvira a El Vaquilla con fotos suyas y el trabajo de Javier Campano en el Rastro madrileño, entre otros”.
Al finalizar la entrevista, el fotógrafo agradece haber quedado con él para este encuentro en el Olivares, un bar madrileño de los sesenta, que conserva toda la esencia de sus orígenes en el barrio de la Concepción. “Pese al actual estado de esta ciudad, soy un gran defensor de Madrid. Creo que todavía hay esperanza en los barrios. O quiero pensar que la hay. Y como la gente joven ahora no podemos permitirnos vivir en el centro porque es inviable económicamente, estamos haciendo nuestros los barrios”. Pero no lo romantiza y llama a la acción: “Si te gustan tanto estos negocios, hay que apoyarlos de verdad. Decidir no comprar en Amazon, sino en la ferretería del barrio y generar comunidad. O ser partícipe de la humanidad que se compone en los bares y no venir a hacerte solo la foto con el vermut y la gilda”. No convertir el barrio, como sus servilletas, en algo de usar y tirar.
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