Ir al contenido
_
_
_
_

El arte de no dejarlo todo para después

La procrastinación encierra complejas motivaciones. He aquí algunas, y algunos consejos para el “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”

RUBÉN CHUMILLAS

Lo confieso: antes de escribir la primera frase de este artículo, he revisado los mensajes electrónicos tres veces, he consultado otras tantas el pronóstico del tiempo, he leído las noticias… He procrastinado, como se dice técnicamente cuando no paramos de aplazar algo. Como consuelo, sé que no soy la única. Todos podemos procrastinar actividades puntuales que, aunque podamos disfrutarlas, también requieren cierto esfuerzo, como hacer deporte, mantener una conversación difícil, terminar un informe complicado o, sencillamente, ordenar un armario siempre olvidado. Solo el 20% de los adultos presenta este comportamiento de forma sistemática ante cualquier tarea que implique un mínimo esfuerzo, según el psicólogo Joseph Ferrari, una de las mayores autoridades en la materia. Lo verdaderamente creativo son las excusas con las que justificamos la decisión: mañana tendré más ganas, todavía no sé lo suficiente para ponerme con ello y funciono mejor bajo presión, entre otras. Sin embargo, la procrastinación esconde mucho más de lo que aparenta.

El término proviene del verbo latino procrastinare (de pro y crastinus), que se utilizaba en la Roma clásica cuando se aplazaban deliberadamente decisiones políticas o jurídicas al día siguiente. Sin embargo, desde el siglo XVI hasta bien entrada la década de 1970, se empleó sobre todo como una crítica moral a conductas que se atribuían a la desgana o a una mala planificación. Solo desde hace medio siglo se ha empezado a entender que la procrastinación no habla de pereza, sino de nuestra relación con el malestar y con el tiempo.

Uno de los pioneros en estudiar esta conducta fue Timothy Pychyl, de la Universidad de Carleton (Canadá), quien la vinculó a motivos emocionales. Posponemos el esfuerzo cuando somos excesivamente perfeccionistas, cuando la tarea nos genera inseguridad, nos aburre o, sencillamente, cuando no nos encontramos bien. El alivio momentáneo que sentimos al posponer es, precisamente, lo que alimenta la tendencia a seguir haciéndolo más tiempo. Otra explicación sugerida por Hal Hershfield, de la Universidad de California (UCLA), se basa en la fantasía de nuestro “yo futuro”. Sabemos que ese informe, la conversación pendiente o esa decisión incómoda no desaparecen, pero actuamos como si el coste no fuera a recaer sobre nosotros mismos. Como si se lo dejáramos a “otro”.

Los contextos digitales en los que vivimos tampoco ayudan. La multitarea y la interrupción constante reducen nuestra tolerancia al esfuerzo y dificultan la concentración. El problema parece haber dejado de ser individual para convertirse en colectivo, al vivir inmersos en sistemas diseñados para capturar nuestra atención y ofrecernos recompensas inmediatas. Sea por unas causas u otras, el precio de esta conducta es alto. Fuschia Sirois, profesora de la Universidad de Durham, concluyó, tras un metaanálisis realizado durante más de ocho años con miles de personas, que la procrastinación sistemática incrementa el estrés, la sensación de culpa y disminuye la autoestima. De ahí la importancia de aprender a afrontarla.

Un primer paso consiste en reconocer la emoción. Según los estudios mencionados, el aplazamiento no suele estar relacionado con la dificultad de la tarea, sino con lo que nos despierta afrontarla. Reconocer dicha emoción ayuda a reducir su poder paralizante. Otra estrategia útil es aplicar la “regla de los cinco minutos”: iniciar la actividad con un paso pequeño, incluso ridículo. Algo tan simple como decirnos: voy a ponerme con este informe solo cinco minutos; si después quiero parar, lo haré.

No conviene dejarlo todo en manos de la fuerza de voluntad. Reducir los distractores visibles, como el móvil, o eliminar fricciones, como tener los materiales preparados, puede marcar la diferencia. En algunos casos, la colaboración con terceras personas resulta una ayuda, como trabajar acompañados o hacer deporte en grupo. También puede ser útil diseñar pequeñas recompensas al finalizar la tarea.

Cuando la procrastinación se debe a un exceso de perfeccionismo, conviene desvincular la identidad del rendimiento. Una tarea mal hecha no define nuestro valor personal, del mismo modo que asumirnos como aprendices permanentes nos libera de la presión de hacerlo todo perfecto. Pensar en términos de borrador, prueba o versión provisional puede ser suficiente para dar el primer paso. Según los estudios de Hershfield, también ayuda “reconciliarnos con nuestro yo futuro”. Fantaseamos con que mañana tendremos más fuerza para afrontar lo difícil. Por último, conviene escuchar la procrastinación cuando responde a un agotamiento real. A veces no es miedo, sino saturación y cansancio. Aprender a parar y a descansar de verdad nos permite retomar las tareas pendientes con mayor claridad y energía.

Quizá el verdadero aprendizaje de la procrastinación no consista solo en vencerla, sino en escuchar lo que quiere decirnos. A veces señala miedo; otras, cansancio; otras, una exigencia excesiva hacia nosotros mismos. Dejar las cosas para mañana no es solo un problema de agenda: es una manera de relacionarnos con el tiempo y con uno mismo. Y tal vez el arte de no procrastinar empiece cuando dejamos de empujarnos y comenzamos, por fin, a acompañarnos.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_