Un cuento inverso

Llegué tarde a esta foto, como el que se presenta en el lugar del crimen cuando ya han pasado la policía científica, el juez, el forense, los curiosos y hasta los vecinos que no han dejado de estorbar. El suelo está pisoteado, las huellas contaminadas, los objetos desplazados de su posición original. La escena existe todavía, pero ha perdido su inocencia. Significa que esta imagen, aparecida en la primera página de todos los periódicos del universo mundo, ya ha sido interpretada y sobreinterpretada millones de veces. Me encuentro, pues, frente a un escenario devastado.
Está el detalle de los ojos, desde luego. Sabemos que el flash produce ese efecto. Pero en este caso es como si la luz hubiera tropezado con la lente de dos cámaras microscópicas implantadas en el centro mismo de los globos oculares del sujeto, quién sabe si por el mismo Epstein.
—¿Para qué? —le preguntaría una de sus víctimas infantiles a este príncipe de las tinieblas.
—Para grabarte mejor —respondería él, como el lobo de Caperucita.
Los automóviles de los poderosos constituyen refugios mullidos e inviolables, alojamientos íntimos (el de Trump, además, es una caja fuerte porque él es una joya). Pero algo falló aquí y todos pudimos ver a Andrés como el que descubre inopinadamente una víscera fuera de sitio. De ahí el escándalo y el morbo, pero también el asco. De repente, se ponía de manifiesto que la monarquía británica tenía vísceras, quizá no fuera la única. De ese modo, este vehículo de lujo, casi una carroza, se convirtió por arte de magia en un mero transporte de casquería. Parece un cuento inverso, en fin.
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