Qué dicen las emociones de nosotros
Un corazón que palpita o una respiración entrecortada son las interpretaciones que hace nuestro cuerpo de las emociones que sentimos

Cuenta una leyenda africana de la tradición peul que para coronar la montaña de oro hay que comprender antes la sabiduría de los animales mágicos. El primero de los que cita aquel cuento es el camaleón, mágico porque cambia de color y puede girar los ojos en todas las direcciones sin tener que mover la cabeza. El reptil tiene, efectivamente, unas peculiares células en su piel, los cromatóforos, que pueden mudar a voluntad su tonalidad y brillo. Están distribuidas en tres capas epidérmicas, la más profunda contiene células pigmentarias más oscuras, la capa intermedia abarca los blancos y azules y, la más superficial, los amarillos y rojos. Juntas componen una cuadrilla de células cromáticas capaz de pintar tanto un arcoíris como un arbusto en otoño. Se considera que su principal función es la del camuflaje en el entorno adquiriendo las tonalidades que lo rodean. No hay nada más invisible que parecerse a lo que nos rodea. Pero estas células también responden a los estados emocionales del animal, ya sea el sentido de peligro por una amenaza, la preparación para un combate con el depredador o la ilusión por un cortejo. Son animales que reflejan como nadie la corporeidad de la emoción.
A nosotros nos sucede algo parecido. Según el padre de la psicología, el médico William James, necesitamos al cuerpo para dar sentido a las emociones. Sin las sensaciones del cuerpo, las emociones serían tan solo una construcción intelectual y abstracta. Nuestro cuerpo necesita escenificar la emoción. El palpitar del corazón ante un susto, la respiración entrecortada de una ansiedad, la tensión muscular del miedo o la ligereza de la alegría.
En dicha escenificación intervienen factores genéticos, biográficos y culturales que diseñan inconscientemente la respuesta del cuerpo ante las emociones. Así, en el año 2012 la Facultad de Psicología de la Universidad de Harvard se preguntó si la respuesta corporal ante la emoción podría ser reeducada, ¿puede la piel del camaleón aprender a volverse menos roja ante el miedo? En el reptil no lo sabemos, pero en humanos la respuesta es sí.
Diversos experimentos han observado que, mediante ciertas instrucciones, las personas somos capaces de regular la reacción del cuerpo ante una emoción, y por tanto nuestra experiencia. Se trataría de diseñar consciente y voluntariamente una estrategia que aminore la actividad de aquellas áreas cerebrales más involucradas en las emociones adversas, en este caso la amígdala. Esta región cerebral es la encargada de transmitirle al hipotálamo cómo debe reaccionar el cuerpo ante la emoción en cuestión. Si la respuesta de la amígdala es contundente, el hipotálamo coordina el colapso del cuerpo alterando la función del organismo. Al contrario, si su veredicto es moderado, el cuerpo podrá mantener cierta dignidad o equilibrio ante el infortunio. En nuestra metáfora, la amígdala sería la que determina la intensidad de colores en la piel del camaleón y persigue camuflarse en la emoción, es decir, convertirse en ella. El reto es apaciguar a la amígdala para evitar ser embebidos por la emoción.
La tradición peul considera al camaleón un genio de su mitología porque él mismo contiene el remedio a su propio camuflaje. El secreto está en sus ojos. Nada se les escapa, su vista es absolutamente panorámica. Allá donde miren estará su atención y por tanto su cuerpo. Precisamente el estudio antes citado de la Universidad de Harvard perseguía algo similar. Estos investigadores reclutaron a un grupo de personas y las invitaron a revivir una situación estresante con el objetivo de estudiar cómo de intensa puede llegar a ser la respuesta del cuerpo ante las emociones. Pero el estudio iba más allá de lo obvio, pretendía investigar si podemos controlar dicha respuesta voluntariamente. Para ello las personas fueron instruidas a dirigir su atención a las sensaciones que aquella emoción producía en su cuerpo. Dar un paso atrás y pasar a ser el observador de nuestro propio teatro.
Sabemos que ante una emoción, la amígdala y el hipotálamo ejecutan el dictamen establecido o aprendido. Sin embargo, la atención o contemplación del propio estado emocional o corporal convoca a otra región cerebral que cambia el orden de las cosas. Se trata de la corteza frontal, también conocida como el cuartel general del cerebro porque es el trono de la atención y desde allí se coordina la acción voluntaria. Esta región cerebral tiene la capacidad de sosegar la actividad amigdalina mediante unas conexiones anatómicas que descienden de lo más superficial del cerebro a lo más profundo, de la corteza a las áreas límbicas.
Al sostener la atención sobre uno mismo se recupera el sentido de identidad, de dominio sobre el propio estado mental y cuerpo. Pasamos de absorber la emoción a observarla, y eso supone un cambio en los circuitos cerebrales que transforma nuestra experiencia. Con la mirada sobre uno mismo se reconquista la sensación de saberse centrado. Lo que se mueve son los ojos, la cabeza permanece en el centro, igual que la del camaleón.
Nazareth Castellanos es neurocientífica.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































