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LAS COPAS Y LAS LETRAS
Columna
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Perro como yo: del amor a los animales

El perro parece delimitar una ética: tal vez, que la compañía es una forma superior de la misericordia

Siempre hubo gente muy suya en cuestión de mascotas: Augusto paseó un cocodrilo, el poeta Nerval una langosta y Alan Clark —político y diarista— tuvo un don para amaestrar a las grajillas. Mi preferida, la condesa de Eglinton, domesticó a una docena de ratas que —según lamentaba— eran más agradecidas que cualquier ser humano.

Este de la condesa quizá sea un comentario sorprendente en unas ratas, pero nadie se extrañaría de oírlo a propósito de un Jack Russell o un buen braco: al cabo, son incontables las gentes a quienes los perros han movido a cuidado y a piedad y han aplacado esas cargas constantemente humanas de la soledad y el dolor. En las páginas que dedicó a Febo —“perro como yo”—, Curzio Malaparte, rebosante de afecto, no deja de hablarnos de su compañía como “reflejo de mi espíritu”: “Sentía que se parecía a mí, que no era sino la imagen de mi conciencia”, escribe el italiano. Precisamente en ese “estar ahí junto a nosotros” —según Emmanuel Lévinas—, el perro parece delimitar una ética: tal vez, que la compañía es una forma superior de la misericordia.

De herencias a joyas y de pompas fúnebres a correas de Versace, no son pocas las críticas a tantas atenciones como damos en tener hacia los perros a modo de “raza superior que nos domina”. Hay dog cafés que ofrecen “un menú para ti, otro para tu perrito”. Y si abundan las gentes que se autotitulan en redes papá o mamá de —por ejemplo— dos cockers, una marca lo ha seguido al pie de la letra y ofrece accesorios para perros bajo la enseña “My family”. Algunos no tenemos en mucho esta humanización de los animales, pero también habrá que recordar que, hasta no hace tanto, entre nosotros era costumbre colgar a los galgos de un árbol.

Y, desde luego, no puede decirse que el amor de exceso por los perros sea nuevo. Los humanos hemos hecho locuras por ellos: ahí está el Jack Mytton que tenía 2.000 —rehalas para la caza del zorro— a los que alimentaba con filetes y champaña. John Slater, por su parte, calzaba a su labrador preferido con botines de la más fina cabritilla y, en nuestros días, Isabel II desmigaba los scones de su merienda sobre la alfombra para que se los comieran sus corgis. Cierta dama llegaba al gesto sublime cuando, al elegir las telas en el taller de un grand couturier, ordenaba que las desplegaran sobre el suelo: escogía siempre aquella sobre la que sus perros se sentaran. Con todo, sólo Lord Byron pudo dar a su perro el mayor don: el de la inmortalidad. A su Boatswain lo ensalzó, en un epitafio de piedra, como a un ser que poseyó “belleza sin vanidad, / fuerza sin insolencia, / valor sin ferocidad / y todas las virtudes del hombre sin sus vicios”. Y es conocida la anécdota de lord Rosebery: en una singladura a través del mar de Irlanda, su perro se cayó al agua. Pese a los ruegos, el capitán se negó a parar a recogerlo. “Si no quieren ustedes parar por un perro, tendrán que hacerlo por mí”, dijo el que fuera primer ministro. Rosebery se lanzó por la borda. Perro y amo fueron rescatados. Es normal, por cierto, que al hablar de perros se hable tanto de Gran Bretaña: la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales se fundó en 1824; su Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños se fundó 60 años después.

Hay, como fuere, algo definitivamente poco frívolo en el perro, y quizá, cuando Cervantes y Shakespeare los hacen hablar, no hacían sino intuir que el encuentro de un hombre y un perro siempre es el de dos formas de dignidad. Algo de esto está en lo que cuenta Lévinas y glosa Jiménez Lozano: en el campo de concentración del filósofo, “mientras los guardianes les miraban y trataban como el estiércol, un perro (…) era el único que les recibía como a personas, aullando alegremente”. Esas fiestas del perro eran algo que les recordaba que seguían siendo humanos, y Lévinas lo remacha al señalar que “nosotros fuimos hombres” gracias a ese animal. Son cosas que pensar cuando la mirada del perro nos atraviesa “con su temor de criatura confiada” como una interpelación a nuestro amor.

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Sobre la firma

Ignacio Peyró
Nacido en Madrid (1980), es autor del diccionario de cultura inglesa 'Pompa y circunstancia', 'Comimos y bebimos' y los diarios 'Ya sentarás cabeza'. Se ha dedicado al periodismo político, cultural y de opinión. Director del Instituto Cervantes en Londres hasta 2022, dirige el centro de Roma. Su último libro es 'El español que enamoró al mundo'.
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