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Matías Umpierrez, dramaturgo: “Es importante incitar a la curiosidad en una época en que la sobreinformación nos ha vuelto apáticos”

Para el argentino, todo vale a la hora de desplegar argumentos para la ficción … y la realidad. Su nueva obra teatral, ‘PLAY’, investiga el odio

Matías Umpierrez en su estudio, ante un mural con las máscaras que inspiraron Eclipse, uno de sus montajes teatrales más celebrados.Lupe de la Vallina

En el París de la década de 1730 sucedió una masacre que pasó inadvertida. Dos empleados de imprenta, descontentos con su situación, decidieron iniciar una matanza de gatos. Convencieron al resto de trabajadores para salir a cazar a todos los felinos del barrio, celebraron un simulacro de juicio, los condenaron a la pena capital y los ahorcaron. Ciertos cronistas dejaron constancia de este suceso que consideraban anecdótico, casi cómico. Años después, sin embargo, los sociólogos e historiadores lo utilizaron para ilustrar la crisis de valores del Siglo de las Luces.

“El siglo XVIII fue una época de transición parecida a la que estamos viviendo, en la que hay muchas cosas que no entendemos”, explica Matías Umpierrez (Buenos Aires, 45 años). El creador teatral argentino ha utilizado este relato como uno de los pilares de PLAY, su nuevo espectáculo, que gira en torno a algo muy actual: el odio. “Vivimos una época en la que el odio ha vuelto a convertirse en una forma de relacionarse, especialmente en la política”, apunta. “Muchos políticos creen que provocando resentimiento y odio van a tener más respaldo. Se inventan enemigos contra los que unir a ciertos colectivos. En la televisión o en las redes sociales siempre aparece alguien que odia o que incita al odio. Por eso me pareció urgente hablar de este tema”.

Para Umpierrez, el escenario es el lugar perfecto para abordar cuestiones como esta. Resulta difícil acotar su lenguaje a una sola disciplina. Es dramaturgo, actor, director, cineasta, escultor: demasiado artista para la gente del teatro y demasiado escénico para la gente del arte. Pero eso lo hace único. “La pregunta que atraviesa toda mi obra es cómo nos relacionamos con la ficción”, explica. “Para mí, la ficción es un modo de entender quiénes somos, personal y colectivamente. Por eso me interesan tanto los ritos”.

Suena abstracto, pero verlo en acción es una experiencia enormemente concreta. “Todos mis trabajos son investigaciones sobre distintos temas”, explica. Sus espectáculos mezclan relatos históricos, reflexiones, música, pequeñas escenas, ficciones, documentos y proyecciones. A veces suceden en el teatro, pero también pueden ocurrir en una pantalla, un museo o en cualquier otro sitio.

Por eso es difícil encasillarlo. “Empecé en el teatro porque ofrecía la posibilidad de trabajar de una manera más libre”, recuerda. “En Buenos Aires, tras aquella crisis tan siniestra de 2001, el teatro seguía teniendo las puertas abiertas para cualquier artista, porque es un arte muy colectivo, aunque también muy precarizado”. Trabajó como actor y desempeñó distintos oficios entre bambalinas hasta que comprendió que aquello se le quedaba corto. “Cuando logré estar dentro de aquel sistema, me di cuenta de que me había diseñado un traje que me quedaba muy incómodo”, afirma. “Quería producir una obra que fuese coherente con mi forma de ver la vida, con una filosofía propia. Quería filmar, quería tener un taller para crear mi propio atrezo… Mi postura, en el fondo, era transdisciplinar. A fin de cuentas, soy hijo de migrantes, y migrante yo también”.

Umpierrez creció en Buenos Aires como hijo de inmigrantes uruguayos. Vive desde hace años en España y trabaja en todo el mundo. “La raíz corta que tenemos los migrantes da una cierta liviandad para hacer un montón de cosas, y también una postura muy interesante frente a la vida”, afirma. Supo cómo trasladar esa postura al teatro cuando descubrió los carpet shows del británico Peter Brook, una serie de espectáculos en los que bastaba extender una alfombra en el suelo para crear un escenario. “Me dio la libertad para usar esa alfombra”, recuerda.

El proyecto con el que despuntó, Teatro SOLO (2013), llevaba al extremo esa idea. Consistía en cinco obras, interpretadas cada una por un intérprete, para un único espectador. Lo estrenó en Graus, un pueblo del Pirineo de Huesca. Los espectadores debían acudir a la hora indicada, siempre en solitario, a una iglesia, un monte o una fábrica, y encontrarse con el actor que interpretaría una pieza solo para ellos. “El primer día solo vendimos dos entradas”, recuerda. “Habíamos ensayado mucho y los actores estaban desanimados, pero por la tarde nos juntamos y decidimos seguir con las representaciones”. El segundo día se había corrido la voz: las entradas se habían agotado y había una cola de vecinos esperando para sacar la suya. “Fue una de las experiencias más mágicas que he vivido”, afirma. Después lo recreó en Nueva York, Buenos Aires, São Paulo y Madrid.

La experimentación continuó con Ausencia, una obra que sucedía simultáneamente en varios lugares a través de videollamada. En 2016 fue acogida con escepticismo por algunos colegas de profesión, pero acabó siendo profética cuando, durante la pandemia, muchos tuvieron que explorar fórmulas similares para no perder el contacto con su público.

Su proyecto más ambicioso hasta la fecha es Museo de la Ficción (2018), una instalación audiovisual que reú­ne simultáneamente varias escenas de una adaptación contemporánea de Macbeth interpretadas por Ángela Molina, Elena Anaya o Ana Torrent. “Sobre el papel no siempre lo entendían, pero me demostraron una confianza increíble en mi mirada”, recuerda. El resultado fue un ejemplo de cómo intentar preservar en el tiempo un arte tan efímero como la interpretación teatral. “En cierto modo, estos actores son las personas por las que hago lo que hago. Trabajo en esto gracias a un montón de actores y actrices que me salvaron la vida, y a los que admiro muchísimo”, confiesa.

En 2023, tras una década trabajando en museos y en espacios no convencionales, Umpierrez volvió a los escenarios. En Eclipse, un intérprete con el rostro cubierto planteaba una reflexión sobre la naturaleza de la máscara en un recorrido por distintos episodios históricos, desde los orígenes del teatro hasta la crónica criminal del siglo XIX. “Lo que me interesa es performar archivos y trabajar desde la sensibilidad”, explica. La idea del archivo ha sido fundamental en las artes plásticas de las últimas décadas, que recontextualizan, interpretan y exhuman documentos reales en busca de nuevas lecturas de la historia. En el caso de Umpierrez, ese trabajo pasa por transformar toda esa investigación, que podría haber sido un libro, una tesis doctoral o una conferencia, en una puesta en escena. “Me interesa mucho lo académico, pero tengo una posición de artista, que juega con materiales desde su propia subjetividad y sensibilidad, y eso es lo que puedo aportar”.

PLAY se estrena el 22 de enero en el Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque del Ayuntamiento de Madrid, una sala pública, igual que Matadero, donde estrenó Eclipse. Umpierrez es experto en tender lazos e implicar a instituciones. Entre 2007 y 2014 coordinó el área teatral del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, de Buenos Aires, y es el fundador de Plataforma Fluorescente, un proyecto a caballo entre varias disciplinas que ha dado resultados tan tangibles como Dramaturgia para una conferencia, un ciclo que ha contado con la colaboración de Paul B. Preciado o Pedro G. Romero. Umpierrez trabaja en un territorio de vanguardia, pero sin despegar los pies del suelo ni de la realidad. “Yo vengo de una familia obrera. Esa es mi clase y mi identidad, aunque yo hoy tenga muchos privilegios gracias a la educación que me dieron. No quiero trabajar para una élite. A veces, muchos compañeros hablan de temas muy políticos, pero lo hacen para unas élites que no entienden de qué les están hablando. Es decir, hablan de los obreros, pero dejando fuera a esos mismos obreros”.

Por ello, Umpierrez reivindica lenguajes como el cabaret, el teatro de variedades o de carromato. En Eclipse había máscaras, la herramienta dramática más antigua del mundo. En PLAY, marionetas que él mismo produce. “Los géneros populares son los más políticos”, explica. Y eso se aplica también a su relación con el público. Sobre el papel, sus obras pueden parecer complejas, difíciles de explicar. Sin embargo, en el patio de butacas la conexión es instantánea. “Para mí, tiene que haber una conversación con el público, incitar a la curiosidad en una época en que la sobreinformación nos ha vuelto apáticos. Una función debe abrirte puertas. Me gusta que la gente googlee al salir del teatro, porque yo he visto muchas obras que me han llevado a otros libros o pelícu­las, y que a su vez me han llevado a pinturas y óperas. Quiero estimular la imaginación, porque la imaginación es el mejor lugar”.

En el escenario de sus obras suceden cosas, se cuentan historias, los objetos cobran vida. Hay vitrinas que aluden a los archivos, y tocadores de camerino que invitan a transformarse en otro. Cuenta Umpierrez que mucha de esa magia se debe a la influencia de Robert Lepage, que durante dos años fue su mentor gracias a la iniciativa de arte de Rolex. “Estuve con él de gira por Japón y Canadá, y aprendí que parte de la magia del teatro sucede detrás del escenario, gracias al gran oficio de sus trabajadores. Lepage me ha enseñado que el escenario es una gran máquina. O una marioneta”.

En la maquinaria de su nuevo espectáculo hay un invitado inesperado: la inteligencia artificial. Sobre el escenario, el propio Umpierrez —que por primera vez aparece a rostro descubierto sobre las tablas— dialoga con una orquesta de voces grabadas en casetes analógicas pero creadas a través de una IA. No es una capitulación, sino una exploración. “Me parece importante trabajar en el sentido crítico, porque estamos a las puertas de una época muy compleja, de una gran revolución cognitiva”, explica. “El perfeccionamiento de las inteligencias artificiales y los deep fakes nos va a llevar a entender que lo que vemos no es real y a la vez es terriblemente real. Hemos subestimado la virtualidad. Se dice que lo virtual no es real, pero hay un montón de políticos que han hecho campañas virtuales y han acabado siendo presidentes. Tenemos que trabajar nuestro sentido crítico y nuestra sensibilidad. Pensar en el futuro es constatar que todo es cada vez más complejo, para bien y para mal. Las herramientas para la maldad son mucho más complicadas. Pero no tengo miedo a la tecnología, sino a las personas”.

Volvemos a la maldad. Al odio, el tema de su nuevo proyecto, en el que abundan historias como la de la matanza de los gatos del París dieciochesco junto a manuales mitológicos para cazar unicornios —“esa pulsión humana de dominar, cazar o matar lo vulnerable”— o testimonios de veteranos de la guerra de Irak. La resistencia política, en todo caso, no excluye una cierta forma de optimismo crítico. “Yo preferiría nacer hoy que haber nacido en los años ochenta, en el final de una dictadura, frente a unas discriminaciones que hoy son, como poco, cuestionadas”, explica. “Estudiando archivos te das cuenta de que al final siempre superamos a la maldad, pero también de que hay generaciones que solo la padecen. Ojalá la nuestra no sea una de ellas”.

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