Una fascinación no resuelta


Hay en los aviones de combate como el de la imagen (un Rafale, para los curiosos) una belleza incómoda, una perfección indecente, una delicadeza que no pide permiso. Los miro como a ciertos insectos: con una mezcla de afinidad y recelo. No solo son hermosos en el sentido decorativo, sino en el funcional. Todo en ellos parece responder a una lógica implacable, a una economía extrema de medios. Nada sobra ni nada falta. Cada línea, cada pliegue del fuselaje, cada uno de sus accidentes, nos trae a la memoria las alas de una libélula o el cuerpo segmentado de un escarabajo: formas afinadas por una presión constante, como si la evolución hubiera ido descartando durante siglos cualquier mueca inútil.
Esa semejanza con los insectos no es casual. Ambos pertenecen al reino de lo eficiente. Los insectos no buscan agradar, sino sobrevivir. Los aviones de combate atraviesan el aire como dípteros perspicaces, desafiando la gravedad con la arrogancia del acero, pero del acero biológico. En vuelo, no parecen máquinas, sino organismos en tensión, preparados para reaccionar en una fracción de segundo. Hay algo hipnótico en esa concentración absoluta.
Pero ahí es, precisamente, donde surge el rechazo. Porque esa perfección no es inocente. La misma elegancia que me atrae es la que les permite matar sin necesidad de ver el rostro de las víctimas. El crimen como mera ecuación. Quizá por eso la fascinación no se resuelve. Se queda suspendida, como el avión en el aire, terrible y admirable a la vez. Un bicho de metal que, sin pertenecer a la naturaleza, la imita con una fidelidad estremecedora.
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