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Maneras de vivir
Columna
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Esas gambas que compraste ayer

Freud definía lo siniestro como la aparición del horror en lo cotidiano, esto es sin duda muy siniestro

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Paula Bronstein (Getty Images)
Rosa Montero

Aún estoy impactada por esa noticia que salió hace unos días de los tres restaurantes y una heladería en Tarragona, propiedad de un matrimonio de presuntos canallas (una española y un italiano), que al parecer estaban servidos por camareros esclavos, unos pobres chavales colombianos que eran captados en las escuelas de hostelería de su país con las mentiras de siempre, a saber, una oferta de prácticas con cuatro horas de trabajo al día, dos jornadas de descanso a la semana y 500 euros al mes. La empresa se encargaba de sacar los billetes de avión y arreglarlo todo, y después los hacían trabajar como animales para pagar la deuda, 12 y 15 horas al día sin descanso. Además, los hacinaban en literas en pisos inmundos y los obligaban a contratar cursos carísimos de hostelería a los que no asistían, pero con los que les regulaban los papeles como estudiantes. De su sueldo se descontaban todas estas marrullerías, de manera que a veces tan solo cobraban 20 euros al mes. Al final fueron detenidas 12 personas tras las denuncias que algunas de las víctimas presentaron en comisarías de Alicante y de El Ejido, todas ellas muy lejos de Tarragona, lo que puede dar idea del miedo que tenían. Por cierto, hazme el favor de espolvorear la palabra “supuestamente” sobre el párrafo anterior y sobre lo que sigue, por el aquel de no tener problemas legales con los presuntos malos.

Es el mismo tipo de engaño con que atraen a las chicas que terminan en las atroces mafias de prostitución, pero, ya se sabe, siendo mujeres y además putas, como que lo tenemos medio asimilado. Quiero decir que en cualquier viaje que hagamos por carretera en España seguro que pasamos por delante de varias de esas típicas casas de las afueras, con nombres como Las Muñecas o El Paraíso y con, fíjate qué curioso, barrotes en todas las ventanas, y ni nos inmutamos. Y, sin embargo, esas muchachas son esclavas, forman parte de los 50 millones de esclavos que se calcula que hay en el mundo actualmente, según cifras de Walk Free. Sí, repitamos la palabra, esclavos puros y duros. Unos 28 millones hacen trabajos forzados, y los otros 22 millones, todas mujeres, son producto del matrimonio forzado, lo que viene a ser casi una persona de cada 150 que hay en el mundo. Y a muchas de ellas las casan antes de los 16 años. Según el Índice Global de Esclavitud de 2023, los países con mayor prevalencia son, por este orden, Corea del Norte (el peor, con 104,6 esclavos por cada 1.000 personas), Eritrea, Mauritania, Arabia Saudí y Turquía, y los que menos, en orden ascendente, Suiza (su prevalencia, la menor, es de 0,5), Noruega, Alemania, Países Bajos y Suecia. España no está demasiado mal, ocupa el puesto 26º entre 160 naciones con un 2,3 de prevalencia, pero casi todos los países de la antigua UE puntúan mucho mejor, salvo Italia (3,3), Portugal (3,8) y Grecia (6,4). Y, en cualquier caso, tener más de dos esclavos por cada 1.000 habitantes me parece aterrador.

Aunque pensamos poco en ello, no nos sorprende oír hablar de cuando en cuando de la trata de personas en España, siempre en relación con los puticlubs y también con explotaciones agrícolas salvajes y empleados emigrantes a los que tiranizan. Pero lo de los restaurantes de la costa de Tarragona nos ha dejado temblando: ¡Esclavos ahí, tan a la vista, quizá sirviéndonos un pincho de tortilla! El principal local de la supuesta mafia se llama La Sirga y puedes entrar en su página web, en donde siguen anunciando chefs estupendos y vistas de la playa con una verborrea llena de pretensiones para servir pizzas y paellas (el local fue clausurado tras la operación policial). Freud definía lo siniestro como la aparición del horror en lo cotidiano, y esto es sin duda muy siniestro. La próxima vez que vaya a un restaurante turístico con emigrantes despepitándose por servir las comandas voy a sentirme tentada de pasarles un papelito preguntando: “¿Necesitas ayuda?”. En qué terrible ignorancia de la realidad vivimos. ¿Sabes que Tailandia, el tercer exportador de mariscos del mundo, está acusado de utilizar esclavos birmanos y camboyanos en sus barcos? Trabajan 20 horas al día y pueden pasar años sin pisar tierra. Esas gambas congeladas tan tiesas e inocentes que compraste ayer en el supermercado rezuman sufrimiento. Madre mía.

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