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PALOS DE CIEGO
Columna
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Ni puñetero caso

Lo que más se asemeja ahora mismo a una tragedia política es la disputa entre israelíes y palestinos. Por eso es tan difícil resolverla

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JOSEP LAGO (AFP / Getty Images)
Javier Cercas

Una tragedia es una pelea en la que los dos que se pelean llevan razón. Padres e hijos, por ejemplo: los padres llevan razón al querer proteger a sus hijos, porque sienten que no pueden protegerse por sí mismos; los hijos, en cambio, rechazan la protección de sus padres: quieren emanciparse de ellos, porque quieren llegar a ser quienes son. Unos y otros tienen razón, pero sus razones son opuestas, y su pelea, trágica e inevitable (quizá incluso necesaria). Estos conflictos éticos son, no obstante, harto infrecuentes en política; ahí, abusamos de la palabra tragedia: en la mayoría de las llamadas tragedias políticas, una de las partes tiene razón (aunque ambas tengan razones). Lo que más se asemeja ahora mismo a una tragedia política de verdad es la disputa entre israelíes y palestinos. Por eso es tan difícil resolverla.

No soy experto en el tema (ni en éste ni en ninguno): sólo lo sigo por la prensa; y apenas he visitado una vez Israel y los territorios ocupados: Tel Aviv, Jerusalén, Ramala. Pero basta haber puesto un pie allí para entender lo evidente: que los gobiernos de Israel, además de incumplir las resoluciones de la ONU sobre el conflicto, tratan de manera abyecta a los palestinos, la inmensa mayoría de los cuales sobrevive en condiciones miserables, sin atisbo de esperanza; y, a la vez, basta también un mínimo de decencia y de conocimiento de la historia para aceptar que los judíos merecen un pedazo de tierra donde vivir de forma digna y segura. En otras palabras: los terroristas de Hamás no tienen razón, pero sí la tienen los ciudadanos palestinos; y a la inversa: el Gobierno de Israel no tiene razón, pero sí la tienen los israelíes. Nada de equidistancias, sin embargo; incluso en el mal hay gradaciones (y quien no entiende esto no entiende nada): como ha escrito el novelista israelí David Grossman, crítico acerbo de su Gobierno, “la ocupación constituye un crimen, pero maniatar a centenares de civiles, niños y padres, ancianos y enfermos, y pasar de uno a otro para dispararles a sangre fría es un crimen más atroz”. Dicho esto, ¿qué más se puede añadir? Yo, nada. Pero desde que la guerra estalló no paro de recordar unas palabras de Amos Oz, también novelista israelí y tan crítico como Grossman con los dirigentes de su país; la cita es de 2004 y es larga, pero léanla con atención, por favor, porque Oz se dirige a usted y a mí: “Hay muchas personas que se han convertido en exclamaciones andantes, en Israel y Palestina, pero también en Madrid. Es muy fácil ser un eslogan. Yo no pretendo lanzar una reprimenda a los malos, como una institutriz victoriana. Nuestros intelectuales y los intelectuales occidentales tienen tradiciones distintas. (…) Vivimos en planetas diferentes, porque para ellos lo más importante es decidir quiénes son los buenos y quiénes los malos; firman un manifiesto, expresan su condena, su indignación, su protesta, y luego se van a la cama sabiendo que están en el bando de los ángeles. (…) Para mí, lo importante no es saber quiénes son los ángeles. No pregunto quién ha tenido la culpa, pregunto qué puedo hacer ahora. Para mí es más fácil dialogar con palestinos pragmáticos que con dogmáticos propalestinos en Madrid. Por fortuna, tengo que negociar la paz con los palestinos, no con los amigos españoles de los palestinos”. Luego Oz, que acababa de promover el Tratado de Ginebra, escrito por palestinos e israelíes y apoyado por el 40% de sus poblaciones, auguraba la paz: “No sé cuándo llegará, pero puedo prometer, en nombre de israelíes y palestinos, que, si Europa tardó más de 1.000 años en acabar con las guerras y crear la UE, nosotros lo haremos más deprisa y derramaremos menos sangre que Europa. Tengan un poco de paciencia y no tengan una actitud de condena, indignación, paternalismo. No nos digan que somos terribles. Traten de ayudar. Den a las dos partes toda la empatía que puedan”.

No convertirnos en eslóganes ambulantes, no ceder al placer miserable de la buena conciencia, no incurrir en el paternalismo, no dar lecciones, intentar comprender, no juzgar, no condenar. Eso pedía Oz. No creo que le estemos haciendo ni puñetero caso.

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