El libro de papel vive un bum gracias a TikTok, Instagram y YouTube

Hace años que los agoreros pronostican su muerte, pero una nueva generación de prescriptores lo han convertido en símbolo de estatus, propulsando, incluso, la venta de títulos clásicos

Adrià Voltà

Leer es el nuevo sexo. Todo el mundo dice que es bueno y que lo practica con frecuencia. Luego está la realidad. Y en el nuevo sexo el libro de papel es, contra todo pronóstico, el objeto de deseo. A pesar de todos los augurios de muerte natural, el libro muestra su poderío allí donde menos se lo esperaba: en las redes sociales de la generación Z, donde ahora leer en papel es una marca de estatus. Y eso en 2022 se llama éxito.

Fotografían sus libros envueltos por el humo de una taza de café recién hecho, entre mantas de lana virgen o iluminados por velas de alta gama; conjuntan las portadas con el papel de la pared, y los post-its con los tonos de las cubiertas. Los nuevos prescriptores literarios tienen sus propios códigos éticos y estéticos, entre ellos emocionarse hasta la lágrima —y siempre frente a la cámara— leyendo el final de una novela de Jane Austen, presumir de los subrayados de sus lecturas, y decir su verdad y solo su verdad, como hizo el booktoker Jona Olea (82.200 seguidores) cuando colocó El retrato de Dorian Gray en la lista de lo peor que había leído en 2021.

Los bookstagramers son la especie de Instagram que ama los libros, los cita y los presenta con fotos producidas según los cánones de esa red social. En TikTok habitan los bookstokers, mucho más jóvenes, histriónicos y pasionales, con un fondo irónico que les permite reírse de autores vivos y muertos y, sobre todo, de sí mismos. Y en YouTube campan los booktubers, veteranos en el negocio que hacen reseñas audiovisuales y mucho unboxing (un género en sí mismo en las redes sociales que consiste en abrir cajas con parsimonia y música dramática de fondo).

Unos y otros son muy rentables y han demostrado sobrada capacidad para resucitar catálogos editoriales que languidecían en un coma profundo. En España ha pasado con La canción de Aquiles, publicado en 2012 y recomendado por @aymansbooks, y con Éramos mentirosos (Salamandra), de E. Lockhart, que gracias a una reseña en TikTok de las hermanas Lee (@alifeofliterature) volvió a la lista de los más vendidos seis años después de su lanzamiento. La propia autora ha contado que no conseguía entender semejante resurrección hasta que sus hijos, usuarios de TikTok, le explicaron que se había viralizado bajo la etiqueta #booktok, un hashtag que supera los 15.000 millones de resultados. El argumento de la novela era perfecto para uno de los formatos más populares de esa red social: leer e hiperdramatizar frente a la cámara.

“Un libro electrónico no es una cosa, sino información, no es una posesión, sino un acceso”
Byung-Chul Han

El gigante estadounidense Barnes & Noble informó a The New York Times que no daba abasto con la reedición de clásicos, sobre todo novela romántica, rescatados por estos influencers literarios, una tribu que suele dividirse en dos universos, los que tratan el libro como un objeto estético y los que entran en la trama, analizan los personajes y los textos y hacen reseñas más o menos sesudas. Unos invierten en atrezo y otros en tiempo de lectura. Su mayor beneficio son los envíos de libros que les hacen las editoriales. “Hay que cuidar los libros. Este tiene más de 10 años y cinco leídas encima. Tampoco los marco ni los escribo (…). Además, no se los presto absolutamente a nadie. Llámenme egoísta, pero son mi posesión material favorita”, con esta videodeclaración de principios, @agusgrimmpitch, una booktoker argentina, arrasó con 77.500 likes. Esta booktoker parece coincidir con el filósofo Byung-Chul Han, que decía en No-cosas (Taurus, 2021): “El libro tiene un destino en tanto que es una cosa, una posesión, muestra marcas materiales que le prestan una historia. Un libro electrónico no es una cosa, sino información, no es una posesión, sino un acceso. Carece de edad, lugar, productor y propietario (…). Se leen sin las manos. El acto de hojear es táctil, algo constitutivo de toda relación. Sin el tacto físico no se crean vínculos”.

Un informe de la consultoría PwC ya da por hecho que los libros impresos serán el único superviviente físico en la era digital de la industria del entretenimiento y la cultura. En opinión de Mike Shatzkin, analista de la industria editorial, el vigor del papel se explica porque, a diferencia del vídeo o la música donde la experiencia es casi idéntica, independientemente de que se consuman en un formato analógico o digital, los libros físicos ofrecen una vivencia más íntima que favorece la concentración, cansa menos la vista y ofrece referencias físicas: el grosor del ejemplar, los colores de la cubierta.

“El efecto confinamiento potenció el hábito de lectura entre los menores de 35 años como una vía de desconexión y alegría”

La escritora argentina Mariana Enríquez asegura vía Zoom desde su casa de Buenos Aires: “Yo he dejado de leer libros electrónicos y creo que ha sido por un exceso de pantallas, estamos contaminados. El libro físico no solo te lleva a otros mundos, sino que también te saca de la pantalla que ahora se asocia a la pandemia”. Es lo que el informe Hábitos de lectura y compra de libros en España de 2020 denominó efecto confinamiento, un trauma que potenció el hábito de lectura en los menores de 35 años que, por primera vez, asociaron un libro a la desconexión, la tranquilidad y la alegría. El Fórum Edita constató un aumento del 44% de la venta de libros de papel en el primer semestre de 2021 en España, y estimó que a finales de año el sector facturaría 1.100 millones de euros, su mejor cifra en una década. Unos números que son similares en Francia (43,4%), Italia (36,9%), Bélgica (25%) y Portugal (18%).

Sería difícil adjudicar a los influencers literarios su cuota exacta en este bum. Para los lectores más ortodoxos, su modo de relacionarse con los libros es también un sacrilegio. En una entrevista al periódico The Guardian, la bookstagramer Jennifer Lewis contaba lo que ella consideraba el gran malentendido: “Creen que los estamos reduciendo a objetos en lugar de a experiencias. Pero pueden ser ambas cosas, visualmente deslumbrantes y muy estimulantes para el espíritu”. Las editoriales han empezado a diseñar algunas portadas según los códigos estéticos de Instagram y a hacer lanzamientos especiales que incluyen moodboard y paleta cromática. La marca “TikTok me obligó a comprarlo” es hoy un buen sello de garantía.

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