Palos de ciego
Columna
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Ya me avisaréis

La pregunta es: ¿alguien está haciendo algo en serio para evitar un nuevo desaguisado? Que yo sepa, no | Columna de Javier Cercas.

Hay que escuchar con atención a Elisenda Paluzie, presidenta de la ANC, principal brazo civil de la insurrección secesionista contra la democracia del otoño de 2017. En respuesta a unas declaraciones del ministro Bolaños, según las cuales “el proceso soberanista está terminado”, Paluzie reconoció que “una parte de la base independentista ha desconectado”: esas personas siguen estando a favor de la secesión, afirma, “pero han desconectado de las noticias, del debate de presupuestos, del último encontronazo entre Junts y ERC”. En definitiva, concluye Paluzie, lo que vienen a decir esas bases es: cuando volvamos a hacerlo, “ya me avisaréis”.

Bolaños lleva razón: el procés ha terminado; de hecho, terminó en otoño de 2017, cuando se estrelló contra el muro del Estado de derecho sostenido por la UE. Pero también lleva razón Paluzie: en cuanto surja una nueva oportunidad y los secesionistas se pongan de acuerdo, sus partidos y organizaciones civiles volverán a avisar a su gente y volverán a intentarlo. No hace falta que la nueva oportunidad sea una crisis tan brutal como la de 2008, que fue el catalizador del procés; basta con que se forme en Madrid un Gobierno del PP —no digamos del PP y Vox—, en cuyo caso los secesionistas volverían a contar con el apoyo tácito o explícito de esa parte de la izquierda que parece considerar que todo es legítimo con tal de echar de La Moncloa a la derecha, incluido arremeter contra las libertades de más de la mitad de los catalanes. Insisto: pueden volver a hacerlo. La razón es que cuentan con todos los instrumentos con que contaban en 2017, empezando por el poder político y el poder emocional: gracias al primero, hay centenares de miles de personas que, de manera directa o indirecta, dependen económicamente de ellos; gracias al segundo, quien no es secesionista es un traidor y un fascista o filofascista o parafascista o criptofascista. Además, poseen el control de los medios de comunicación en catalán, los únicos a los que hacen caso los secesionistas, entre otras razones porque son los únicos que hablan su lengua. Es verdad que en esta ocasión, antes de volver a llamar a rebato a los suyos (“ya me avisaréis”), los dirigentes secesionistas se lo pensarán dos veces, porque el artículo 155 se ha desprecintado y saben que, si vuelven a hacerlo, cualquier Gobierno democrático lo volverá a aplicar, solo que esta vez en serio, con lo que perderán la llave de la caja de caudales, que es la madre del cordero; pero no es menos verdad que en 2017 también se lo pensaron dos veces y que, al final, se impusieron el fanatismo y la irracionalidad. La pregunta es: ¿alguien está haciendo algo en serio para evitar un nuevo desaguisado? Mi respuesta: que yo sepa, no. Todos sabemos que la llamada mesa de diálogo no va a servir para nada, salvo para ganar tiempo: ningún Gobierno democrático del mundo puede aceptar las dos principales exigencias de los secesionistas —que son dos de sus principales trolas: la llamada amnistía y el llamado derecho de autodeterminación—; no digo que ganar tiempo no sirva para nada, y desde luego es preferible tener a esta gente sentada a una mesa que tenerla de pie en el monte. Pero, respecto al fondo de la cuestión, la pasividad es notoria. ¿Alguien les está explicando en serio a los secesionistas comunes y corrientes que lo que hicieron en 2017 fue antidemocrático, aunque se presentara como democrático, que sus dirigentes los engañaron, que su causa es injusta, insolidaria y reaccionaria? ¿Alguien está trabajando para descolonizar el lenguaje, las instituciones, los medios de comunicación o las organizaciones civiles, ocupadas por el nacionalismo durante décadas, y para devolvérnoslos a todos los catalanes? ¿Hay algún plan para hacerlo? Si lo hay, no lo parece. Lo que parece es que, ahora mismo, todo el mundo está contento como está: los secesionistas, porque siguen en el poder; la izquierda, porque necesita a los secesionistas para gobernar y no quiere molestarlos; y la derecha, porque el secesionismo es la dinamita electoral que puede abrirle las puertas de La Moncloa.

¿Todo el mundo está contento? Ustedes dirán.

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