FOTOENSAYO

Todo son preguntas

De izquierda a derecha, el edificio Pokorna, en Varsovia; la Torre Picasso, en Madrid, y 20 Cadogan Street, en Glasgow.
De izquierda a derecha, el edificio Pokorna, en Varsovia; la Torre Picasso, en Madrid, y 20 Cadogan Street, en Glasgow.Jose Conceptes

Bueno, bueno, la contemplación de estos monstruos urbanos del Antropoceno, tan ensimismados en su carácter fálico, le obliga a uno a preguntarse por qué no hay edificios que imiten las partes femeninas de la flor: el ovario, el estilo, el estigma, montados sobre sus correspondientes pedúnculos. ¿Es imposible reproducir arquitectónicamente estas delicadezas de nombres tan sugestivos y variados? ¿Cómo averiguarlo si no nos ponemos a ello? Claro que hay belleza en el falo y funcionalidad y capacidades simbólicas, pero también un enorme vacío cuando la sangre deja de irrigar las interioridades de su materia cavernosa.

Y esto es lo que vino a suceder durante la pandemia, que, debido al teletrabajo, los ascensores de estas construcciones dejaron de subir y bajar transportando de un lado a otro sus hematocritos, sus eritrocitos, sus leucocitos y plaquetas. Tan numerosos eran los perfiles profesionales de los hombres y las mujeres que ocupaban las oquedades orgánicas, con moqueta y aire acondicionado, de estas torres que su enumeración ocuparía más espacio que el artículo “sangre” de la vieja enciclopedia Espasa, desaparecida ya o en vías de extinción. Parecían, desde donde quiera que se contemplaran, buques fantasmas surcando las tardes frías y oscuras del invierno. En ocasiones, al anochecer, se les encendían las luces del mismo modo que a un cadáver, de repente, se le abren los ojos, manifestándose en sus ventanas impracticables un abandono que daba miedo ver. Cuerpos eviscerados, organismos huecos, ejercicios retóricos hinchados, flatulencias de acero y de cristal y de hormigón armado. Énfasis al servicio de la nada.

Se preguntaba uno qué sería de ellos de institucionalizarse los nuevos modos telemáticos de producción. ¿Los mantendríamos en forma como a esos casi cadáveres que, enchufados a las tecnologías clínicas, prolongan de forma artificial unas constantes vitales que en realidad nada tienen que ver con la existencia? ¿Trasplantaríamos sus órganos vitales? ¿Se abrirían al público como las diversas, aunque tan parecidas entre sí, representaciones modernas del viejo mito de la Torre de Babel? ¿Se deprimirían? ¿Colapsarían? ¿Caerían por su propio peso o, en su defecto, por las leyes de la gravedad?

Todo son preguntas.










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