REPORTAJE

Gibraltar, año cero

Después de más de tres siglos de contencioso, Gibraltar y España están más cerca que nunca. El ‘shock’ de la salida del Reino Unido de la UE ha provocado el diálogo. Esta es una crónica de la vida entre el Peñón y La Línea en tiempo de Brexit y covid

Una imagen del Peñón tomada desde una calle de La Línea. Aquí la renta por habitante es cuatro veces inferior a la de Gibraltar
Una imagen del Peñón tomada desde una calle de La Línea. Aquí la renta por habitante es cuatro veces inferior a la de GibraltarJames Rajotte / EPS

A partir de hoy no hay que llevar mascarilla en Gibraltar. Se ha logrado la inmunidad de grupo. Han sido de los primeros. El planeta observa con fascinación a los llanitos: jamás españoles; ciudadanos británicos (a su manera); educados en Inglaterra; católicos en su mayoría; puritanos (el aborto se pena con la cadena perpetua) y más latinos que sajones. Recelosos de Gran Bretaña (la madre) y temerosos de España (la madrastra). Mestizos, victimistas, resistentes, flexibles y simpáticos: oscilando entre la flema británica y el gracejo gaditano. Supervivientes. De la expatriación y la diáspora durante los bombardeos del Eje en la II Guerra Mundial; de los 15 años de cerrojazo durante el franquismo (un aislamiento que se mantuvo hasta 1985, cuando España tuvo que abrir la Verja para ingresar en la UE) y del abandono económico de Margaret Thatcher, que liquidó los astilleros públicos y les obligó a reinventarse. Lo hicieron mediante el turismo, los impuestos bajos, los servicios financieros propios de un paraíso offshore y convirtiéndose en sede fiscal de una treintena de empresas de juego online. Les salió bien. La metrópoli ya solo corre con el 6% de su presupuesto. Es lo primero que te dicen: “No costamos a la corona ni un penique”. Para el Reino Unido, Gibraltar es una ganga de portaviones en las puertas del Mediterráneo.

FOTOGALERÍA: La cara oculta del Peñón


Los llanitos están convencidos, como escribió el último poeta del imperialismo británico, Rudyard Kipling, que “si ceden, pierden”. Por eso desconfían. En los últimos cinco años, debido a la salida del Reino Unido de la UE (lo que supone la suya), que les dio prosperidad durante cuatro décadas: tenían lo mejor de una colonia y de un territorio comunitario. “Sabemos que los ingleses permanecen aquí por la base naval”, describe un político local. “Y que si nos dieran la independencia, en 24 horas nos había ocupado España. Por eso queremos ser llanitos, británicos y europeos. En ese orden. Y que España nos reconozca y entienda. Y seguir de alguna forma en la UE, que es lo que se está negociando en Bruselas. Y eso supondrá la prosperidad para los españoles y para Gibraltar. El Brexit ha sido el suicidio de los ingleses”.

El ministro de Educación, John Cortés (que se califica de socialista de izquierdas), define el Brexit así: “La decisión política menos lógica que haya visto en la historia. Me siento ciudadano del mundo y estoy por una Europa de los pueblos. Y en ese marco político se podría haber resuelto este contencioso de tres siglos. No somos una amenaza para la economía de esta zona de España; somos una oportunidad. Necesitamos trabajadores y no tenemos territorio. Y España tiene gente y territorio. Nosotros respetamos lo español, que respeten nuestra existencia”.

—¿Por qué no aceptan una cosoberanía entre España y el Reino Unido? Así podrían continuar en la UE…

—¿Y por qué le tengo que dar la mitad de mi casa a alguien [España] al que no le corresponde para llevarnos bien? Estar en el Reino Unido nos da seguridad; nos gusta la reina; somos leales británicos y, si nos ponen el pie en el cuello, reaccionamos. Ya es tarde para que España nos compre con una zanahoria; nos ha dado mucho palo. Esto nunca será español. Luego vamos a llevarnos bien.

Main Street, la Calle Real, es el corazón de Gibraltar, plagado de comercios y cotilleo. Jonathan Dawson, un residente gibraltareño, periodista jubilado, pasea a diario a su perro por aquí.
Main Street, la Calle Real, es el corazón de Gibraltar, plagado de comercios y cotilleo. Jonathan Dawson, un residente gibraltareño, periodista jubilado, pasea a diario a su perro por aquí.James Rajotte / EPS

En Gibraltar, el 23 de junio de 2016, el 96% de los votantes optaron en el referéndum del Brexit por el remain, por continuar en la UE, el doble que en el conjunto del Reino Unido. Fue una profesión de fe europeísta. “Era de cajón; los llanitos sabíamos que estamos mejor dentro que fuera”, explica Brian Reyes, editor del Gibraltar Chronicle. “No somos ingleses, formamos parte de Europa, estamos conectados a ella por tierra, frente a la metrópoli, que es una isla, y si no logramos un acuerdo con la UE (es decir, el Reino Unido), la Verja, como dicen ustedes, se convierte en una frontera exterior de la Unión Europea, entre España [que es un Estado Schengen, que permite la libre circulación de personas sin controles entre sus Estados miembros] y un tercer país [el Reino Unido]. Y eso supondría la creación entre Gibraltar y La Línea de una frontera dura; con un estricto régimen de visados [los pasaportes se tendrían que sellar a la entrada y la salida], inspecciones, certificaciones, y unas retenciones terribles entre Gibraltar y La Línea, de donde vienen a diario 15.000 personas a trabajar aquí. No se podría vivir. No es una cuestión de economía, sino de humanidad”.

Meses antes del referéndum de 2016, el Gobierno de Gibraltar publicó un informe titulado Preparing for a no deal Brexit: Get ready (Preparándose para un Brexit sin acuerdo: esté listo), elaborado por el número dos del Ejecutivo y encargado de los poderosos lobbies del Peñón en Europa, Joseph García, donde, después de advertir a la ciudadanía de que no había que entrar en “pánico”, concluía que los retrasos para cruzar el puesto aduanero con un Brexit duro podrían ser de hasta seis horas. El ministro principal, Fabián Picardo, reconoce que ordenó durante esos días redactar multitud de planes de contingencia ante un hipotético cierre: desde el tratamiento de basuras hasta el suministro de medicamentos y oxígeno sanitario. “Se contemplaba que Marruecos se convirtiera en nuestro suministrador de productos básicos en caso de aislamiento”. En esas tesis coincidía el informe Yellowhammer, redactado por el Gabinete británico. En contra de lo que les aconsejaba el dictamen de su Gobierno, los llanitos entraron en pánico. Fueron los peores días en el Peñón desde la dictadura de Franco.

Un avion A400M de la Royal Air Force británica aterriza en el aeropuerto de Gibraltar, procedente de la base inglesa de Brize Norton, con una de las últimas remesas de vacunas contra la covid. Este aeródromo militar es de los más peligrosos del mundo.
Un avion A400M de la Royal Air Force británica aterriza en el aeropuerto de Gibraltar, procedente de la base inglesa de Brize Norton, con una de las últimas remesas de vacunas contra la covid. Este aeródromo militar es de los más peligrosos del mundo.James Rajotte / EPS

La parlamentaria Marlene Hassan, de 45 años, líder del partido de centro izquierda Together Gibraltar y militante feminista (“que aquí hace mucha falta”), recuerda con pavor los días posteriores a la consulta del Brexit: “Los ingleses pensaban que no iba a salir adelante, que era un ejercicio teórico. Pero salió. Y al día siguiente veías en la calle Real [Main Street] a la gente de luto y llorando. No sabíamos qué iba a pasar. Nosotros hemos perdido esta guerra, no el Reino Unido. Y España nos podía haber apretado más las tuercas, pero ha triunfado el pragmatismo de su ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, que firmó un preacuerdo de tratado con el Reino Unido en la madrugada del 31 de diciembre de 2020 para evitar un cierre duro. Y para ganarnos ese estatus tenemos que pagar un precio a la UE [es decir, a España] que supone perder parte del control de la frontera, lo que no implica de ninguna manera que el Reino Unido pierda ni un mínimo de soberanía sobre este territorio británico”.

Nadie en Gibraltar quería el Brexit. El ministro principal, Fabián Picardo, un abogado de 49 años formado en Oxford (“uno de los tipos más inteligentes que me he encontrado”, según un alto diplomático español), recuerda cómo todos sus predecesores en el cargo, fueran del partido que fueran, participaron a su lado en un acto conjunto para promover el remain: “No encontraba nada positivo en el Brexit. Me dio pena por mis hijos, que ya no iban a tener el continente europeo al alcance de su mano. Pero en ese proceso, España y Gibraltar se han encontrado. Y podemos crear juntos una economía sostenible en el Campo de Gibraltar; crecer aún más, reposicionarnos; transformarnos de un centro financiero a la antigua a uno moderno con total transparencia fiscal. El Brexit nos ha dado la oportunidad de hablar sobre nuestro futuro y de encontrar fórmulas de entendimiento”.

The Convent ha sido la residencia oficial del gobernador britanico de Gibraltar desde 1728. Aquí vive el actual representante de la reina, el vicealmirante Sir David Steel. En la imagen, el salón de banquetes, decorado con retratos de la actual soberana y sus antepasados directos.
The Convent ha sido la residencia oficial del gobernador britanico de Gibraltar desde 1728. Aquí vive el actual representante de la reina, el vicealmirante Sir David Steel. En la imagen, el salón de banquetes, decorado con retratos de la actual soberana y sus antepasados directos.James Rajotte / EPS

Migaja del Imperio Británico, visitado por los monarcas británicos del siglo XX y hasta por el káiser y el emperador de Japón, en apenas dos veces el tamaño del Central Park neoyorquino (la mayor parte indomesticable urbanísticamente, pero que domina la bocana del Mediterráneo) y con una población similar a la de Andújar (Jaén), 34.000 habitantes, aquí, sin embargo, se juega desde 1714 en las grandes ligas de la diplomacia mundial. Según explica una fuente destacada del Ministerio de Asuntos Exteriores, Gibraltar no es un mero anacronismo que envenena las relaciones entre el Reino de España y el Reino Unido (“al que hay que cuidar, porque nos envía cada año 20 millones de turistas y es uno de nuestros principales socios comerciales”); también intervienen en la partida la ONU, la OTAN, la Unión Europea, la OCDE; y también complica los asuntos bilaterales de España con Estados Unidos (“que mantiene una relación especial con los ingleses”) y con Marruecos (“donde están atentos a la evolución de Gibraltar en su reivindicación de Ceuta y Melilla”). Nunca un territorio tan somnoliento y esquinado dio tanto que hablar al mundo durante tanto tiempo.

Transcurre una plácida mañana de primavera bajo el radiante sol del Estrecho surcado por cargueros y petroleros de gran tonelaje procedentes de Suez y camino del canal de La Mancha. Desde la cubierta más elevada del lujoso hotel flotante Sunborn, volcado sobre el aeródromo del Peñón, un puñado de ociosos con una pinta en la mano contemplan cómo toma tierra en Gibraltar (considerado uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo) un A400M de la Royal Air Force, procedente de la base inglesa de Brize Norton, cargado con una remesa de vacunas. Serán de las últimas. El programa de vacunación está concluyendo. En enero, el Reino Unido comenzó a entregar a su colonia 2.0 (para ellos, un territorio británico de ultramar; para la ONU, “un territorio no autónomo sujeto a descolonización”) 50.000 dobles dosis, la mayoría de Pfizer, suficientes para inmunizar a sus 34.000 habitantes y a los 15.000 trabajadores de la comarca del Campo de Gibraltar que cruzan cada día el puesto aduanero para trabajar, principalmente en la construcción y la hostelería. De ellos, más de 10.000 son españoles, de La Línea, la ciudad espejo de Gibraltar, al otro lado de la Verja, cuyos ajados bloques de pisos de protección oficial se otean desde la piscina del Sunborn.

Avi Wine es un joven (17 años)  de origen israelí afincado con su familia en Gibraltar, donde hay una influyente comunidad judía. Cada día escala los acantilados que rodean el Peñón.
Avi Wine es un joven (17 años) de origen israelí afincado con su familia en Gibraltar, donde hay una influyente comunidad judía. Cada día escala los acantilados que rodean el Peñón.James Rajotte / EPS

Las separa un kilómetro. Diez minutos a pie. Gibraltar y La Línea forman una cremallera geográfica y humana con lazos de sangre y, sobre todo, de dependencia mutua. Los linenses dicen que los llanitos son su primera industria. Les proporcionan más de 100 millones de euros al año en salarios en libras (el doble que el presupuesto del Ayuntamiento); representan el 40% del consumo de La Línea y el 80% de las reservas de hostelería, y alquilan miles de inmuebles en la zona. Durante la pandemia, los trabajadores españoles en el Peñón han cobrado el salario mínimo británico. Sin embargo, la economía de esta comarca gaditana jamás ha despegado. Ni aun remolcada por los múltiples planes de desarrollo diseñados por el régimen de Franco (desde 1965) y después por la democracia, que, al final, o no se cumplieron, o fueron un fiasco.

Hasta aquí no llega el tren ni hay aeropuerto. La oferta hotelera es testimonial. Aquí nadie invierte. La Línea arrastra mala fama. Siete millones de vehículos la atraviesan cada año en dirección a Gibraltar sin detenerse. La apuesta del franquismo fue la industria pesada. En los sesenta se optó por construir en el corazón de esta bellísima bahía frente a África la mayor refinería petrolífera de España, que fumigó las posibilidades de que se convirtiese en un polo de atracción turística entre Málaga, Tánger y Cádiz.

La mezquita Ibrahim-al-Ibrahim está situada frente a Marruecos, en el extremo sur del Peñón. Financiada por las monarquías del Golfo Pérsico, durante la pandemia se ha mantenido abierta solo en las horas del rezo.
La mezquita Ibrahim-al-Ibrahim está situada frente a Marruecos, en el extremo sur del Peñón. Financiada por las monarquías del Golfo Pérsico, durante la pandemia se ha mantenido abierta solo en las horas del rezo.James Rajotte / EPS

Hoy, la renta por habitante del Peñón (la tercera del mundo tras Qatar y Luxemburgo) es cuatro veces superior a la de su vecina española. Es una de las brechas de riqueza más profundas del planeta. La Línea padece cifras de paro superiores al 40%, un bajo nivel educativo, altas tasas de fracaso escolar, una enorme población flotante de 10.000 personas (inasumible para los servicios sociales) y una economía que se nutre en gran parte del tráfico del hachís marroquí y del contrabando de tabaco gibraltareño (más bajo de impuestos) a través de una treintena de mafias, en las que es fácil entrar y de las que es complicado desertar. “Si eres un chaval de La Línea, para qué vas a estudiar si puedes tener 1.000 euros en la riñonera y un Audi Q7 si eres punto de una mafia”, se pregunta una profesora. “Gibraltar es nuestra salvación y nuestra perdición”, dice la activista social María Luisa Escribano. “El problema es que el Estado español ha entendido esto como un agravio, una deshonra nacional, y no como un problema social. Los ingleses, por el contrario, han mimado a los llanitos. Les han dado autogobierno. Les pagan los estudios en Inglaterra y les financian las casas. Los gobiernos españoles se han olvidado del Campo de Gibraltar. Esto ha sido un sumidero. Fíjese en Tarifa (a media hora de aquí), que era un pueblo perdido de pescadores y es hoy una marca internacional de lujo. A esto lo han dejado que se derrumbara”. Para muchos linenses (y muchos llanitos), los distintos gobiernos españoles han provocado la decadencia de esta ciudad para demostrarle al mundo que Gibraltar le chupaba la sangre a España.

Una calle de la localidad de La Línea. Con 60.000 habitantes, cuenta con una población flotante de otros 10.000 lo que complica la prestación adecuada de servicios sociales.
Una calle de la localidad de La Línea. Con 60.000 habitantes, cuenta con una población flotante de otros 10.000 lo que complica la prestación adecuada de servicios sociales.James Rajotte / EPS

Abandono es la palabra más repetida en La Línea. Para empezar, por su alcalde, Juan Franco, de 45 años, independiente (de izquierdas), que obtuvo en 2019 con su partido, La Línea 100×100, el 67,5% de los votos. “Aquí siempre se ha vivido de Gibraltar y ha llegado el momento de crear en La Línea una economía competitiva, no dependiente; trabajar con ellos, pero no vivir de ellos”.

—¿Qué propone?

—Aproximarnos fiscalmente a los llanitos. Cooperar con ellos, pero en igualdad de condiciones. Que nos canalicen inversiones y que se instalen aquí empresas que salen de allí porque quieren seguir estando en la Unión Europea. El Estado español debería conceder a La Línea un estatus de ciudad autónoma, como Ceuta y Melilla, a través del artículo 144 de la Constitución, con un régimen fiscal especial. Lo que ocurre en La Línea, con este puesto aduanero del que dependemos, no pasa en ningún otro lugar de España. Nuestro paro juvenil es del 70% y hemos tenido los picos de covid más altos de España. Y gracias a que en Gibraltar están vacunando a los miles de linenses que trabajan allí se ha ido reduciendo nuestra curva.

A bordo de su viejo utilitario con el techo sujeto con grapas, recorremos la ciudad. El deterioro económico es evidente. Aún más tras la covid y los golpes policiales al narcotráfico local. Los restaurantes están vacíos. Las tiendas, cerradas. Los bloques de protección oficial forman guetos; el 98% de las viviendas del barrio del Zabal están construidas ilegalmente (según su alcalde). Y en La Atunara, un poblado en la playa de Levante donde llegaron a vivir 7.000 pescadores, muchos subsisten gracias al tabaco y el hachís. Está sembrada de paro e infraviviendas. Surcamos la calle de Canarias, su corazón, dicen que es de las más peligrosas de Andalucía. No es para tanto. Pero su imagen transporta a otros escenarios donde reina el narcotráfico: gente ociosa, motos, cochazos, móviles, gafas de sol, cadenas de oro, porros, botellines y desolación. Los narcos tienen sus equipos de fútbol y sus propias cofradías para las procesiones. Ante ese escenario, se antoja evidente por qué los llanitos no quieren ser españoles.

Ismael Casas (izquierda) y Samuel Esquivel pasean por la playa de Levante de La Línea a caballo. Esta zona, prácticamente virgen, nunca ha sido desarrollada turísticamente y es utilizada por los contrabandistas y narcotraficantes para sus comercios ilegales.
Ismael Casas (izquierda) y Samuel Esquivel pasean por la playa de Levante de La Línea a caballo. Esta zona, prácticamente virgen, nunca ha sido desarrollada turísticamente y es utilizada por los contrabandistas y narcotraficantes para sus comercios ilegales.James Rajotte / EPS

Tras el referéndum del Brexit, los gibraltareños se sintieron olvidados por su metrópoli. Durante meses deambularon sonados por el ring. Su desconcierto duró poco. Hasta que el Reino Unido puso en práctica una de sus constantes diplomáticas: “El Imperio no tiene amigos ni enemigos, solo intereses”. Acarició el lomo de Gibraltar. Y la reconquistó. Para empezar, con vacunas, para todos, gratis y rápido. Todo lo contrario que al otro lado de la Verja. Además, el Gobierno del Reino Unido dio seguridades al sector financiero gibraltareño de que iba a seguir disfrutando de un acceso privilegiado al mercado británico (su principal cliente). Y también el acceso barato a los mercados crediticios con una garantía soberana por valor de 600 millones de euros. Incluso desplazó al Peñón un barco de guerra, el HMS Trent, como símbolo reforzado de su soberanía. Era una mezcla virtuosa de soft power y hard power. De diplomacia pública, económica y militar. Y al tiempo, el Foreign Office comenzó a negociar con España la relación futura de su “territorio de ultramar” con la UE, es decir, con España; es decir, en la frontera de La Línea, nunca reconocida por España.

Picardo recuerda cómo en octubre de 2017 se topó en el Strand londinense con el entonces ministro español de Exteriores, Alfonso Dastis. Según el ministro gibraltareño, se saludaron, y Picardo le espetó, en castellano: “Alfonso, hablando se entiende la gente. Y si lo hacemos, otro gallo nos cantaría”. Dastis respondió: “Fabián, no me tientes”. Las conversaciones se iniciaron en febrero de 2018. Picardo, Joseph García y el fiscal Michael Llamas estarían integrados en la misión británica, en la que también estaba el embajador de su majestad en Madrid. Por España, tres directores generales de la Secretaría de Estado para la UE. En las rondas decisivas participaron la ministra Laya y el secretario de Estado, el embajador Juan González-Barba.

El PP y Vox valoran esa negociación a tres bandas como una capitulación en el momento en que el Reino Unido (y Gibraltar) se encontraban en su punto de mayor debilidad en tres siglos. “Fue una segunda rendición del Gobierno español”, sostiene José Manuel García-Margallo, el ministro de Exteriores que precedió en el cargo a Dastis. Margallo, de 76 años (que acaba de publicar un libro sobre el contencioso que refuerza sus tesis), encabeza a los halcones, partidarios de la firmeza (incluso la mano dura) con Gibraltar hasta conseguir la cosoberanía. En su domicilio madrileño, rodeado de libros, condecoraciones y óleos de sus antepasados, el eurodiputado del PP afirma: “Esa negociación que inició Dastis representa una dejación de nuestra soberanía. Gibraltar es un parásito de La Línea. Y Laya se lo ha entregado a los británicos. No ha habido voluntad para seguir adelante. Para empezar, porque Rajoy no quería líos. Los ingleses nos han vuelto a derrotar”.

Según cuenta uno de los negociadores españoles, el presidente Sánchez fue un firme impulsor del preacuerdo, que se concluyó en la madrugada del 31 de diciembre de 2020, fue anunciado por la ministra esa misma mañana y serviría de borrador para un tratado sobre la futura relación de Gibraltar con la UE tras el Brexit, que tendrán que redactar y rubricar en estos meses el Reino Unido y la Unión Europea (con el derecho de veto de España). La clave del tratado (con una duración, en principio, de cuatro años) es que Gibraltar se convierta en un territorio donde se disfrute Schengen (libertad de movimientos en una treintena de países) pero sin ser Schengen. Es decir, bajo la responsabilidad de España, que asumirá el control de sus fronteras como garante del tratado de Schengen en ese espacio. Según el preacuerdo, la Verja será demolida y los puestos aduaneros se situarán en el puerto y el aeropuerto de Gibraltar, donde no operarán policías españoles, sino agentes de Frontex, un cuerpo de fronteras europeo que cuenta con un millar de agentes de nacionalidades de la UE. Serán unos cascos azules aduaneros.

Alberta Ortiz Morier (izquierda) y Magdalena Hernansanz, hermanas del Hogar Marillac, en La Línea, dedicado desde hace tres décadas a enfermos terminales de VIH.
Alberta Ortiz Morier (izquierda) y Magdalena Hernansanz, hermanas del Hogar Marillac, en La Línea, dedicado desde hace tres décadas a enfermos terminales de VIH.James Rajotte / EPS

El planteamiento básico de España en la negociación era, según el secretario de Estado González-Barba, “desmantelar la Verja, crear confianza mutua y centrarnos en una prosperidad compartida entre la comarca y Gibraltar, pero salvaguardando posición en soberanía”. Retorciendo el lenguaje diplomático para no aludir al denostado por Gibraltar concepto de “cosoberanía”, los negociadores españoles acuñaron el de “responsabilidad compartida”. Todos aceptaron. El Reino Unido admitió que España fuera el Estado responsable de Gibraltar en Schengen. Y Gibraltar (con recelos), la presencia en su suelo de los agentes de Frontex. Muchos de ellos serán policías españoles con uniforme comunitario. Y en cuatro años, después de 307 de desencuentro, todo puede pasar. Ahora todo está en manos de la prolija tecnocracia de la UE, que tiene que implementar ese tratado. No parece tener prisa.

No es fácil encontrar un plato o una taza con el rostro de Harry y Meghan en las tiendas de recuerdos de Main Street. Una dependienta explica que las han dejado de fabricar en la metrópoli. En realidad, las referencias a la corona son muy escasas en el Peñón, aparte de los retratos de rigor en la sede del Gobierno y el Parlamento. Solo abruman en The Convent, desde 1728 residencia del gobernador, el representante de la reina, que reina pero no gobierna el Peñón. En su interior resucita el esplendor victoriano. El salón de banquetes está decorado con retratos de Eduardo VII y Jorge V. El gobernador, sir David Steel, desayuna con mantelería de hilo y servicio de plata en la misma estancia y sobre la misma mesa en la que Churchill y Eisenhower diseñaron el asalto a Europa. A los pies de la escalinata del palacio recibe a los visitantes su sable de vicealmirante de la Royal Navy.

Cuando se abandona a pie el Peñón en dirección a La Línea, uno se detiene unos segundos ante la controvertida Verja. Está roñosa, encallada y rodeada de malas hierbas. Parece imposible cerrarla de nuevo. Da la impresión de que lo más fácil es demolerla.

El Peñón, visto desde La Línea.
El Peñón, visto desde La Línea.James Rajotte / EPS

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