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Opositores, espías y accidentes: las increíbles tramas de espionaje ruso que aún suceden en 2020

El envenenamiento del opositor Alekséi Navalny es el último de una larga lista de accidentes que comenzó hace cien años y no parece tener fin: los de aquellos que se atreven a cuestionar a Rusia y mueren en extrañas circunstancias

El opositor ruso Alexei Navalny en un acto en memorio de Boris Nemtsov en Moscú el pasado 29 de febrero.
El opositor ruso Alexei Navalny en un acto en memorio de Boris Nemtsov en Moscú el pasado 29 de febrero. Foto: Getty

“Convertirte en líder de la oposición rusa es motivo más que suficiente para que cancelen la póliza de tu seguro de vida”, escribía el pasado 30 de agosto el periodista e historiador canadiense Gwynne Dyer, todo un experto en la Rusia de Vladímir Putin. Para Dyer, es cuestión de tiempo que se identifique la sustancia concreta con la que los servicios secretos rusos trataron de envenenar hace apenas unos días al líder opositor Alekséi Navalny. Dudar de la implicación en los hechos del líder ruso sería ingenuo: “Putin lleva veinte años ejecutando extrajudicialmente a sus adversarios, y el veneno suele ser su método preferido. Es cierto que Borís Nemtsov fue asesinado a tiros mientras paseaba por los alrededores del Kremlin, hace cinco años, y que el propio Navalny se quedó parcialmente ciego de un ojo después de que le rociaran con desinfectante en 2017, pero la mayoría de las represalias y ejecuciones extrajudiciales del régimen ruso han sido en los últimos años por envenenamiento”.

Navalny enfermó súbitamente el 20 de agosto tras tomarse una taza de té durante el vuelo que le llevaba de la ciudad siberiana de Tomsk a Moscú. Fue trasladado a un hospital de Berlín el 21 de agosto y entró en coma inducido tres días después. El equipo médico que le está tratando en la ciudad alemana no duda que se le administró alguna sustancia tóxica, muy probablemente algún agente nervioso. Falta identificar con precisión el arma del crimen, pero la identidad del instigador ofrece muy pocas dudas.

“Putin lleva 20 años ejecutando extrajudicialmente a sus adversarios, y el veneno suele ser su método preferido. La mayoría de las represalias y ejecuciones extrajudiciales del régimen ruso han sido en los últimos años por envenenamiento”

Gwynne Dyer, periodista e historiador canadiense experto en la Rusia de Vladímir Putin

Tirotear, apuñalar y, sobre todo, envenenar a disidentes, desertores, opositores y espías ha sido práctica habitual tanto en la Rusia zarista como en la Unión Soviética o en la Federación Rusa de Vladímir Putin. El analista internacional Doug Klain lo atribuye a “una cultura de ejercicio del poder que se basa en inspirar miedo a sus rivales y detractores”. Para el Kremlin, “es crucial trasladar el mensaje de que actuará de manera expeditiva contra sus enemigos, aunque huyan al extranjero. Los perseguirá y los matará estén donde estén y sean las que sean las relaciones diplomáticas entre Rusia y el país que les acoja”. Esa tendencia a incurrir una y otra vez en crímenes de estado “es una constante en la historia rusa y no ha remitido en los últimos años”. Al contrario: “Hoy resulta más inquietante que nunca”.

Un pico incrustado en el cráneo

En sus años de plomo, entre el inicio de las purgas masivas, en 1934, y la muerte de Stalin en marzo de 1953, la Unión Soviética exterminó con absoluta impunidad a disidentes, rebeldes y presuntos traidores. No le hizo falta recurrir a elaborados complots ni involucrar a sus servicios secretos. Bastó con ajusticiarlos en la plaza pública o deportarlos al gulag siberiano, a lugares tan espantosos como el campo de trabajo de Solovkí, a orillas del Mar Blanco.

Pese a todo, uno de los crímenes de estado clandestinos más célebres de la era soviética se produjo precisamente en ese periodo. León Trotski, héroe en su día de la Revolución de Octubre, había sido expulsado de la Unión Soviética en 1929 tras llegar a un pacto tácito con Stalin: su supervivencia en el exilio dependía de que no criticase al nuevo régimen revolucionario. Trotski no hizo lo que se esperaba de él. Se estableció en México, intentó aglutinar a la izquierda disidente en torno a la Cuarta Internacional y se convirtió en detractor encarnizado de la dictadura soviética.

Tras 11 años en el exilio, acabó siendo alcanzado por el puño de hierro de un Stalin que, como decía Martin Amis en Koba, el temible, actuaba guiado con frecuencia por motivaciones tan humanas como “el rencor, la antipatía o la envidia”. El 20 de agosto de 1940, Trotski fue asesinado por el comunista español Ramón Mercader, agente del servicio secreto soviético, el temible NKVD. El método de ejecución elegido fue francamente cruel: Mercader propinó al político exiliado varios golpes con un piolet hasta incrustárselo en el cráneo.

Un año antes, la célebre actriz teatral Zineida Reich, había sido brutalmente golpeada y apuñalada por agentes de la NKVD en su apartamento de Moscú. El asesinato fue atribuido a la delincuencia común, en uno de los contados casos de crímenes políticos (Reich había criticado el régimen de Stalin) que las autoridades soviéticas prefirieron no asumir, tal vez debido a la popularidad de la víctima.

Paraguas similar al que la KGB empleó para asesinar a Georgi Markov. Está expuesto en el Museo Internacional del Espionaje de Washington.
Paraguas similar al que la KGB empleó para asesinar a Georgi Markov. Está expuesto en el Museo Internacional del Espionaje de Washington. Foto: Getty

Una inyección de ricina en la pantorrilla

38 años después del macabro asesinato de Trotski, en 1978, el disidente búlgaro Georgi Markov fue ejecutado sin estridencias, con frialdad burocrática. Bastó un pinchazo en la pantorrilla con una pistola de aire comprimido, camuflada, al parecer en la punta de un paraguas, para inyectarle una dosis letal de ricina. Markov paseaba por los alrededores del puente de Waterloo, en el centro de Londres, cuando notó un leve contacto en la pierna al que no dio importancia. Acudió como de costumbre a su trabajo en las oficinas del servicio internacional de la BBC. Tres días después estaba muerto.

La misma arma, bautizada por la prensa como "el paraguas búlgaro" fue utilizada meses más tarde en el metro de París contra el exiliado ruso Vladimir Kostov, que enfermó de gravedad, pero sobrevivió al intento de asesinato. En su libro Amas químicas: la ciencia en manos del mal, René Pita afirma que también el escritor soviético Alexander Solzhenitsyn, en 1971, y el agente de la CIA Boris Korzack, en 1981, sufrieron intentos de asesinato con inyecciones de ricina, un veneno “discreto, que deja muy poca huella en los fluidos biológicos y suele provocar un paro cardíaco en cuestión de horas”. Como ven, Ian Fleming y John le Carré no inventaron nada que no formase parte de la realidad cotidiana de la Guerra Fría.

Por entonces, la KGB se había convertido ya en brazo ejecutor preferente de las represalias internacionales de la Unión Soviética. En abril de 1978 perpetró un magnicidio, la muerte del presidente de Afganistán, Mohammed Daoud Khan, arrestado por guerrilleros comunistas afganos y ajusticiado por agentes del servicio secreto ruso. Su sucesor, Hafizullah Amin, fue derrocado violentamente y fusilado tras el fracaso de varios intentos de envenenamiento. En el último de ellos, en diciembre de 1979, le salvó la vida un grupo de médicos soviéticos a los que nadie había informado sobre la decisión de las altas esferas de liquidar a Amin.

En 1978, el disidente búlgaro Georgi Markov fue ejecutado con frialdad burocrática. Bastó un pinchazo en la pantorrilla con una pistola de aire comprimido, camuflada, al parecer en la punta de un paraguas, para inyectarle una dosis letal de ricina

Una dosis letal de dioxina

Tras el final de la Guerra Fría, la incipiente democracia rusa que presidió Borís Yeltsin dejó de recurrir de manera sistemática a la guerra sucia y los crímenes de estado. Hubo excepciones, como la muerte en extrañas circunstancias de los hermanos Ajmadov, señores de la guerra chechenos, pero la inveterada costumbre de envenenar a disidentes y opositores quedó en barbecho momentáneo. No se recuperó hasta la llegada a la presidencia de la Federación Rusa de Vladímir Putin, antiguo agente de la KGB. La FSB, la nueva agencia de seguridad federal fundada en 1995, tomó el relevo homicida borrando del mapa con métodos muy diversos a emires, guerrilleros y líderes separatistas chechenos o infiltrados como el agente de la CIA en el Cáucaso Rizvan Chitigov.

En septiembre de 2004, el candidato a la presidencia de Ucrania, Viktor Yushenko, sufrió en plena campaña electoral una pancreatitis aguda, causada según los médicos por una infección viral. En los días siguientes, al político ucraniano se le hinchó y deformó la cara y se le cuarteó la piel tal y como ocurre en casos extremos de ictericia. Un experto en toxicología determinó que había sido envenenado con dioxina, una sustancia de la que se le detectaron niveles en sangre hasta 6.000 superiores a lo habitual. Yushenko acusó a las autoridades ucranianas de intento de asesinato con la complicidad y la asistencia de los servicios secretos rusos, pero la acusación nunca ha podido ser confirmada.

También en septiembre de 2004, fue envenenado Roman Tsepov, un hombre de negocios con conexiones mafiosas, amigo y confidente de Putin hasta mediados los 90, pero muy distanciado del jerarca ruso en los últimos años. A Tsepov se le administró una sustancia radioactiva desconocida y falleció tras sufrir convulsiones violentas, vómitos, diarreas y una brusca caída de glóbulos blancos.

El líder de la oposición ucraniana Viktor Yushchenko, principal candidato a las elecciones presidenciales de 2004, bañándose en el agujero de hielo de un lago en Kiev el 19 de enero de 2004, ocho meses depués fue envenenado con dioxina.
El líder de la oposición ucraniana Viktor Yushchenko, principal candidato a las elecciones presidenciales de 2004, bañándose en el agujero de hielo de un lago en Kiev el 19 de enero de 2004, ocho meses depués fue envenenado con dioxina. Foto: Getty

Té tóxico o radioactivo

En octubre de 2006, le llegó el turno a la periodista y activista Anna Politóvskaya, célebre por su denuncia de las atrocidades cometidas en Chechenia por el ejército ruso. Politóvskaya fue asesinada a tiros en el ascensor de su bloque de apartamentos, en el centro de Moscú. Dos años antes había sido objeto de un más que probable intento de envenenamiento mientras volaba a Osetia del Norte para participar como mediadora en la crisis de los rehenes de la escuela de Beslán.

En aquella primera ocasión, la periodista enfermó de gravedad tras tomarse un té negro en pleno vuelo. Entró en coma horas después, víctima de una probable intoxicación con mercurio, pero los médicos consiguieron salvarle la vida. Mientras Politóvskaya sufría convulsiones en el hospital, Putin resolvía la crisis de Beslán con una expeditiva contundencia que abrumó al mundo, ordenando un asalto al recinto que produjo un balance final de 334 muertos, 186 de ellos niños.

En noviembre de 2006, un desertor de la FSB refugiado en Londres, Alexander Litvinenko, probó en sus carnes la eficacia letal de un nuevo veneno, el polonio 210. Litvinenko cayó enfermo pocas horas después de reunirse en el hotel Millenium con los exagentes de la KGB Dimitri Kotvun y Andréi Lugovói, dos viejos camaradas que habían asumido, al parecer, la tarea emponzoñar su taza de té con la sustancia tóxica. Distintas circunstancias, idénticos métodos.

Litvinenko sufrió una penosa agonía de varias semanas en el University College Hospital de Londres. Antes de morir, el 3 de diciembre, tuvo tiempo de atar cabos y, según publicaba Luke Harding en The Guardian, “hacer conjeturas cruciales y resolver su propio asesinato”. La escritora británica Agatha Christie decía que el cianuro hay que administrarlo con té, para disimular así su peculiar sabor a naranjas amargas. La FSB parece dispuesta a seguir el consejo de Christie incluso cuando se trata de intoxicar a sus víctimas con sustancias letales pero insípidas, como el mercurio o el polonio.

Un banco rociado de gas nervioso

En septiembre de 2004 fue envenenado Roman Tsepov, un hombre de negocios con conexiones mafiosas, confidente de Putin hasta mediados los 90, pero muy distanciado del jerarca ruso en los últimos años. A Tsepov se le administró una sustancia radioactiva y falleció tras sufrir convulsiones, vómitos, diarreas y una brusca caída de glóbulos blancos

La lista sigue, e incluye (además del ya mencionado tiroteo en que murió Borís Nemtsov el 27 de febrero de 2015) crímenes de atribución algo más dudosa pero en los que muchos analistas han creído ver la alargada sombra del Kremlin. La conexión chechena se cobró otra víctima inocente en 2009. Natalia Estemírova, periodista y activista, colaboradora en su día de Anna Politóvskaya, fue secuestrada en su casa de Grozni la tarde del 15 de julio. Horas después, su cuerpo aparecía a pocos metros de una carretera secundaria de la república autónoma de Ingusetia con heridas mortales de bala en cabeza y tórax.

El crimen, más parecido a una ejecución mafiosa que a un sofisticado trabajo de los servicios secretos, fue condenado en esta ocasión por el entonces presidente ruso, Dmitri Medvédev e investigado por una comisión parlamentaria. Pero asociaciones de defensa de los derechos civiles como Memorial califican la muerte de Esterímova de ejecución extrajudicial y consideran que su probable instigador fue el presidente checheno Ramzan Khadírov, firme aliado de Putin en el avispero del Cáucaso.

Entre los casos recientes, pocos resultan tan truculentos como el intento de intoxicación letal sufrido por el agente doble Sergei Skripal y su hija Yulia. El 4 de marzo de 2018, padre e hija se sentaron en el banco de un parque en Salisbury, localidad del sur de Inglaterra. Instantes después, se desplomaron, víctimas de la acción fulminante del Novichok, un arma química desarrollada por la Unión Soviética en 1971 y empleada con frecuencia por su ejército y sus servicios secretos hasta mediados de los noventa.

Según explicaba la BBC, este agente nervioso resulta “más peligroso, eficaz y difícil de identificar que el gas sarín”. Puede almacenarse con facilidad y distribuirse por cualquier superficie “como una capa de polvo muy fina que apenas llama la atención”. Su efecto al contacto con la piel resulta casi instantáneo. Provoca un colapso temporal de las funciones del organismo que, en algunos casos, puede conducir al coma o la muerte por asfixia. Yulia Skripal tardó 35 días en salir del estado crítico. Su padre, un jubilado de 67 años que se instaló en el Reino Unido en 2010, tras años ejerciendo de infiltrado en territorio ruso para el servicio secreto británico, sufrió una intoxicación muy severa y no recibió el alta hasta mediados de mayo, dos meses y medio después de que el agente nervioso rozase su piel.

Pocos casos tan truculentos como el intento de intoxicación sufrido por el agente doble Sergei Skripal y su hija. En marzo de 2018, padre e hija se sentaron en el banco e instantes después se desplomaron, víctimas de la acción fulminante del Novichok

En un artículo en The Atlantic, Jeffrey E. Stern analiza también el caso de Alexander Perepilichny, antiguo oligarca ruso que se exilió en 2009 y falleció en Londres en 2012, mientras hacía ejercicio en la exclusiva zona londinense de Golder’s Green, muy cerca de un grupo de fastuosas mansiones que pertenecieron en su día a Elton John, Kate Winslet, John Lennon o Ringo Starr. Perepilichny, un hombre de 44 años y complexión atlética, se desplomó a los pocos segundos de echar a correr por las calles en compañía de su guardaespaldas. Sufrió un infarto agudo y murió pocos minutos después, mientras le trasladaban al hospital en ambulancia.

Stern atribuye su muerte a “alguno de los siniestros venenos de acción invisible desarrollados tras la revolución rusa en la Cámara, el laboratorio de armas biológicas que creó Lenin”. El periodista asegura que tanto la Unión Soviética como la Federación Rusa llevan décadas haciendo uso de ese completo arsenal de sustancias letales, del talio a los compuestos de cianuro pasando por las modernas dioxinas e isótopos radiactivos: “Algunos de esos crímenes serán siempre considerados muertes accidentales. Ya en los años 50, un desertor de la KGB presumía de haber asesinado a un célebre escritor rociándole al pasar a su lado con una mínima dosis de veneno escondida entre las páginas de un diario”.

Stern se recrea describiendo lo mucho que los expertos en toxicología rusos aprendieron de los Tupi, una tribu india de la ribera del Amazonas que lleva siglos emponzoñando a sus enemigos. Sus discípulos soviéticos llegaron a sentirse herederos de una tradición ancestral, un estilo implacable y refinado de administrar la muerte. Es muy probable que la sustancia que puso en peligro la vida de Navalny forme parte del catálogo secreto de la Cámara. Y que haya sido inspirada por el ejemplo de los indios Tupi.

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