Columna
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El discurso de la guerra

No hay un sujeto político o social que nos desafíe, ni un centro estratégico que dirija las operaciones. Son las leyes de la naturaleza, no las de la historia las que nos interpelan

El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Casa Blanca, el pasado 19 de marzo.
El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Casa Blanca, el pasado 19 de marzo. JONATHAN ERNST (REUTERS)

Esto no es una guerra, por más que los líderes políticos apelen reiteradamente a ella. Guerra: lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación, dice el diccionario. Estamos combatiendo una epidemia, apelar a la guerra es una forma de humanización del virus. No hay un sujeto político o social que nos desafíe, ni un centro estratégico que dirija las operaciones. Son las leyes de la naturaleza, no las de la historia, las que nos interpelan. El conocimiento lo aporta la ciencia, a la política corresponde tomar las decisiones. Evidentemente, estas tienen que atender múltiples razones —sanitarias, económicas, sociales—. Pero hablar de guerra es transferir el problema al ámbito de la confrontación política. Es lo que hace Donald Trump cuando identifica la Covid-19 como virus chino. Ya ha señalado al enemigo.

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Pero hay más, el discurso de la guerra es contradictorio con el principio moral en el que se apoyan nuestros dirigentes: la prioridad absoluta, dicen, es salvar vidas y proteger a los más vulnerables. Esta no es la ley de la guerra. En la guerra el cálculo de muertos es en función de los objetivos. Hay que sacrificar las vidas necesarias para conseguir la victoria. Hablar de guerra contra la Covid-19 es dar la razón a Donald Trump, cuando coloca el nivel de riesgo —es decir, el número asumible de muertos— en función de no debilitar la potencia económica y geopolítica del país. Esto sí que es una guerra, pero no contra el virus. Y no creo que sea a la que nos convocan los líderes europeos, que nos imponen durísimas restricciones, a riesgo de una larga crisis económica y social, apelando a un principio de solidaridad entre los ciudadanos que, por cierto, olvidaron en sus oraciones al afrontar la crisis de 2008.

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El discurso de la guerra tiene todavía otra deriva alarmante: alimenta la fantasía autoritaria. Cada vez que veo a un ministro del Gobierno informando flanqueado por galones y medallas militares y policiales me da un cierto escalofrío. ¿Es necesaria esta escenografía en un momento en que se pone, con enorme ligereza, a China como modelo y en que la derecha autoritaria espera paciente el día después para capitalizar el miedo en Europa? Es obvio que todas las instituciones del Estado deben colaborar en la erradicación de la epidemia. Pero ¿qué aportan las escenificaciones y apelaciones patrióticas en un momento en que la ciudadanía vive apurada por una situación extrema que nos obliga a separarnos de los demás, como paradójica forma de estar unidos? Se nos han recortado libertades fundamentales, nadie ha chistado porque somos conscientes del riesgo. Pero el día después habrá que elaborar lo vivido, hacer efectivo el rescate prometido y recuperar la libertad. Los mensajes equívocos y los incumplimientos serán un valioso capital para el autoritarismo.

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