Columna
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El Estado como abstracción

A pesar de la maduración de la democracia en América Latina, la realidad converge con los imaginarios borgeanos

Manifestantes gesticulan contra un helicóptero de la policía colombiana.
Manifestantes gesticulan contra un helicóptero de la policía colombiana. Sergio Acero

América Latina debe afrontar el futuro como esperanza, no como amenaza, desinfectando aquellas democracias pringadas de autoritarismo, populismo y corrupción, perturbadoras de los derechos y deberes que garantizan la libertad individual y la justicia, la práctica del poder político, el bienestar económico y la seguridad. Ni el cautiverio colonial, ni las secuelas de las dictaduras, ni siquiera el intervencionismo de EE UU, justifican los pasos de tortuga hacia el bienestar colectivo, el estancamiento en el subdesarrollo, de una región fatalmente diagnosticada por el expresidente Domingo Faustino Sarmiento en Conflicto y armonías de las razas en América. El pensador argentino propuso en el siglo XIX copiar la cultura norteamericana e importar razas europeas, que estimaba más aptas para la civilización y el progreso, porque el indio no servía y los blancos españoles habían perdido el hábito de ejercitar el cerebro.

Sin llegar al apartheid de quien fuera uno de los padres de la Constitución argentina de 1853, el dictamen de Jorge Luis Borges en Evaristo Carriego tampoco es misericordioso en la definición de uno de los problemas fundamentales de sus compatriotas: el menosprecio del contrato con el Estado. El escritor que se describió harto de sí mismo, de su nombre y de su fama porfió con la creencia de que, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, el argentino no se identifica con el Estado: es un individuo, no un ciudadano y, como el Estado es impersonal, robar dinero público no es un delito. Las élites políticas y económicas de Latinoamérica lo demostraron capturándolo.

A pesar de la maduración de la democracia, la realidad converge con los imaginarios borgeanos. El Estado es una abstracción, en Buenos Aires, Lima o Tegucigalpa, y la disposición del contribuyente a pagar impuestos, casi nula: un suicidio antisistema porque la recaudación que serviría para construir hospitales, carreteras y escuelas se evapora en el delito fiscal. La ciudadanía, una entelequia, y la altura de miras, el beneficio de todos por encima de los intereses particulares y partidarios, una milonga, cosa de pendejos.

Las democracias de América Latina son poco apreciadas por sus beneficiarios porque su arquitectura institucional no es fecunda, ni inocula cultura y solidaridad; las políticas públicas son erráticas, no sanan la gangrena de la delincuencia y apenas han acortado las abismales desigualdades en ingresos y oportunidades. Mientras la demagogia prospera en las propuestas, las clases medias rescatadas de la pobreza penden de un hilo.

Los políticos convencidos de que solo individuos educados promoverán ciudadanía y cohesión social deberán predicar civismo desde el paritorio, porque el contrato social con las instituciones dimanantes del Estado implica derechos y obligaciones, que la mayoría no cumple. El origen de las movilizaciones en Chile, Ecuador o Colombia difiere, pero su transversalidad evidencia el surgimiento de un empeño en reconducir las relaciones con el Estado, sin tener que recurrir a las importaciones de Sarmiento.

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