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“Pedir un suplicatorio” es “pedir una petición”

El sufijo '-torio' forma sustantivos que suelen señalar el lugar donde se ejecuta el verbo

Antoni Comin y Carles Puigdemont durante un plenario del Parlamento Europeo el pasado 16 de enero.
Antoni Comin y Carles Puigdemont durante un plenario del Parlamento Europeo el pasado 16 de enero.

El uso incongruente de la palabra “suplicatorio” ha ido en aumento a partir de que se hablase sobre los casos de Junqueras, Puigdemont y Torra. Encontramos ese problema en oraciones periodísticas como éstas: “Hay que solicitar el suplicatorio a la Eurocámara”, “emplaza al Supremo a pedir el suplicatorio”, “su obligación era solicitar el suplicatorio”.

Quizás quienes usan esas fórmulas interpretan por error que “suplicatorio” significa “permiso para encausar o encarcelar a un parlamentario”.

Sin embargo, estas expresiones les resultarán inapropiadas a quienes conozcan o intuyan el significado común del vocablo en español. Un suplicatorio no es un permiso, sino un documento, una instancia, un oficio, en el que se suplica algo. Por tanto, “pedir el suplicatorio” no sería “pedir el permiso” sino “pedir la instancia en la que se pide algo”: es decir, en resumidas cuentas, “pedir una petición”.

Estamos ante un término diáfano, porque se forma con elementos muy reconocibles: la raíz suplica y el sufijo -torio. El significado de “suplica” se deduce fácilmente: la acción de rogar o pedir con humildad. El sufijo -torio, por su parte, lo adaptamos del latín para formar palabras a partir de un verbo (vocablos “deverbales” en la terminología gramatical). Con ese recurso se crean adjetivos (así, hablamos de algo aprobatorio, condenatorio, anulatorio…) y sustantivos (el oratorio, el sanatorio, el auditorio…). Cuando se trata de estos últimos, el resultado designa casi siempre el lugar o el soporte donde se produce la acción del verbo. Un “observatorio” es un sitio donde se observa, un “escritorio” es el lugar donde se escribe, el “paritorio” señala el espacio donde se pare. Y en consecuencia, “el suplicatorio” designa el lugar en que se suplica: el documento donde se escribe la súplica.

El sufijo -torio forma sustantivos en los que se suele señalar el lugar donde se ejecuta el verbo: observatorio, paritorio…

Su primer uso, sin embargo, fue adjetival, como recogían algunos diccionarios del XIX: “Suplicatorio, -ria. Adj. Que contiene súplica” (carta suplicatoria).

La historia de este vocablo en esas definiciones históricas ofrece algunas curiosidades en cuanto al destinatario habitual. En el siglo XIX, el suplicatorio se remitía por lo general a “un cuerpo legislativo”. En 1925 se enviaba al “Senado o al Congreso”. Pero en la edición académica de 1936 desaparecerá la mención al Senado (porque la Segunda República lo había suprimido); y en 1950, en pleno franquismo, el documento se dirigía ya “a las Cortes” (denominación establecida por la dictadura). La Academia cambiará en 1956 esa visión hispanocentrista, y fija finalmente que la solicitud se remite, de nuevo, “a un cuerpo legislativo”; definición que sirve, pues, para cualquier país hispanohablante.

A su vez, los diccionarios jurídicos de las academias de la lengua y de Jurisprudencia (ambos de 2016) definen esta palabra respectivamente como “instrumento procesal” (...) y “solicitud de autorización” (...).

Vemos, pues, que en los diccionarios, antes y ahora, se describe el suplicatorio como un documento, un oficio, una solicitud, un instrumento… donde se suplica o solicita algo; y no como un permiso en sí mismo. Quienes usan un lenguaje esmerado dicen que el suplicatorio se presenta, se redacta, se elabora, se dirige, se traslada, se le da curso, se tramita. Y después se aceptará, se denegará o se rechazará… lo que el suplicatorio planteaba (habitualmente, el permiso para encausar). No conviene confundir el documento donde se suplica algo con aquello que se suplica en él.

En consecuencia con lo expuesto, el arriba firmante suplica a quien corresponda más cuidado y precisión en el estilo periodístico sobre este particular.

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