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Denish, recostado sobre la cama de la cabaña donde duerme junto a sus hermanos.

La vida de este adolescente ugandés de 16 años es tan ejemplar como modesta. Suple la escasez de recursos con grandes dosis de solidaridad

CUANDO DENISH llega a casa por la tarde tiene mucha hambre. En la escuela a la que acude en Adjumani (norte de Uganda) solo ha comido, muchas horas antes, una parca ración de frijoles con posho, una gacha de harina de maíz, hasta rebañar el plato. Son alimentos que solicita el colegio a las familias al inicio de cada trimestre, junto a 20.000 chelines (medio euro) para sufragar la compra de aceite y sal. Un 48% de niños en Uganda no come tres veces al día, pero Denish, en cierto modo, es casi un privilegiado. El padre de este chico de 16 años trabaja un huerto propio donde siembra arroz. Puede llegar a vender 1.000 kilos de cereal al año, aunque con lo que realmente gana dinero es con el cultivo de algodón, cuyo excedente amontona en la choza donde duerme Denish junto a sus hermanos. Si las cosas se tuercen, se desprende de una de las doce vacas con las que ara el campo, el animal más cotizado en esta parte de África después de la cabra.

Denish se lava las manos antes de comer. ver fotogalería
Denish se lava las manos antes de comer.

Denish camina con el desparpajo de un rapero de Harlem. Transmite un aplomo que sus compañeros responden abriéndole hueco a su paso en señal de respeto. Un prestigio que, dice, se ha ganado a pulso. Es el head prefect o súper delegado, la persona encargada de mediar en las peleas y despachar los asuntos más acuciantes con los profesores. Decidió presentarse como candidato al ver que su antecesor “no resolvía las disputas y se enfrentaba incluso a los niños”. Se ganó la confianza del resto tras una intensa campaña que basó en “el respeto a los padres, la mejora del rendimiento académico y la importancia de dejar de ir a las discotecas”, lugares de mala reputación entre la juventud ugandesa al asociarse al consumo temprano de drogas y alcohol. Cada mañana a primera hora, hace desfilar a grandes y pequeños ante la bandera ugandesa y de la Comunidad de África Oriental, que agrupa a Uganda y sus cinco naciones vecinas. Perfectamente alineados en filas, los alumnos entonan el himno nacional y otros cánticos patrióticos y solo se disuelven cuando lo ordena el grito marcial de Denish. “Adoro mi país, pero de mayor me imagino pudiendo viajar al extranjero, formándome y volviendo a Uganda para mejorarla”, explica.

El amor a su tierra no es tan intenso como el que profesa a Dios. Es un católico devoto, como el 60% de sus compatriotas. Lleva colgado al cuello un rosario de cuentas azules rematado por un crucifijo de plata que hace contraste con su piel azabache. Programa el despertador a las cuatro de la madrugada en su flamante reloj chino marca Taskin -que adquirió en un mercadillo a cambio de “un puñado de naranjas”- para rezar abrazado a su amuleto religioso. También sueña con ser director de banco y poder así construir una iglesia y un orfanato “para los huérfanos y los más vulnerables”. Mientras llega ese momento, acude a misa a un aula del colegio en la que se congregan cada domingo más de 200 personas, la mayoría mujeres, que vibran con las lecturas sagradas. Desde un viejo atril carcomido, un cura itinerante dirige los rezos y todos juntos se conjuran contra la adversidad al ritmo de los bongos y el adungu (un harpa ugandesa con forma de barca). Denish goza con cada oficio: “Es nuestra forma de crecer con valores morales, de ayudar a los demás, de no robar, de no matar”.

En Adjumani aun late el recuerdo de la crueldad del Ejército de Resistencia del Señor del siniestro Joseph Kony, en paradero desconocido, quien asoló esta zona limítrofe con Sudán del Sur hace una década, formando un ejército de 30.000 niños soldados que provocó 100.000 muertos y más de dos millones de desplazados. Denish no sufrió directamente esa violencia pero sí las heridas sin cicatrizar que ha dejado en esta tierra tan acostumbrada a sobreponerse a las peores desgracias. Quizá por ello lidera el Peace Club, un grupo de 35 alumnos que se reúne semanalmente en un desvencijado barracón para encauzar los conflictos en cuanto son detectados y evitar así que se extrapolen a las familias. Las riñas suelen desencadenarse por escasez de comida o malentendidos amorosos. A veces también por robos de cuadernos o lápices, como el caso que les ocupa hoy. “Estamos aquí para resolver la pelea entre Francis y Manuela”, proclama Denish al dirigirse solemnemente a una suerte de jurado popular. Sentados frente a frente, están el pequeño Francis, con un aparatoso vendaje que tapa una brecha en la frente, y Manuela, con cara de culpabilidad. “La violencia nunca es la respuesta, una herida que sangra puede provocar la muerte”, advierte a la chica, cabizbaja. No parece ninguna exageración, ya que el hospital más cercano está en la capital del distrito, a no menos de tres cuartos de hora en coche. Un sincero apretón de manos sella la disputa y desata un aplauso unánime. Pero no siempre ocurre así: cuando la mediación de Denish y sus apóstoles de la paz no fructifica es el turno de los maestros. Ellos tendrán la última palabra.

Denish hace desfilar a pequeños y mayores ante la bandera ugandesa todas las mañanas antes de entrar en clase.
Denish hace desfilar a pequeños y mayores ante la bandera ugandesa todas las mañanas antes de entrar en clase.

Entre las misiones del Peace Club está la de ayudar a personas mayores o discapacitadas. Como Susan, una anciana que malvive desamparada en un claro del bosque. Hasta hace poco tenía la compañía de su nieta, pero esta la abandonó al verse obligada a casarse en la recta final de su embarazo, algo habitual en Uganda. Muestra, temblorosa, su documento de identidad para recordarse a sí misma que tiene 87 años. Postrada bajo un limonero, entre cáscaras del fruto amargo y cubierta por unos sucios harapos, recibe la visita de Denish y cuatro chicos más cargados con azadas y bidones de agua. “Los ancianos son los más sabios y nos sirven de guía a los jóvenes. Por eso ayudarles me hace feliz”, afirma Denish sujetando entre sus manos los dedos huesudos de Susan. La joven cuadrilla remueve la tierra, corta la hierba y adecenta el interior de la cabaña donde esta mujer surcada por las arrugas pasa la noche sobre una finísima esterilla de lamas de bambú. Al desbrozar el jardín quedan al descubierto las tumbas de su marido y de su hijo, caído en combate contra las milicias de Kony. Los muertos, a diferencia de los vivos, se resisten a abandonar a Susan.

A su regreso a las aulas, Denish se reúne con sus ministros responsables de mantener limpio el patio, izar la bandera, tocar la campana al final de las clases o fregar las letrinas. Son elegidos a principios de cada curso por los propios alumnos. “El colegio está muy limpio y bonito. Tenéis que seguir trabajando duro para que siga así”, les exhorta. En el turno de preguntas, uno se queja de que no hay papel higiénico; otro de que faltan platos para comer; un tercero de que escasea el jabón… Denish promete poner todo ello en conocimiento de sus superiores. Un ejemplo de democracia participativa.

En clase de Ciencia el profesor pasa lista mientras los cuadernos empapados por la lluvia de la mañana se secan al sol en el alféizar de la ventana. Es la asignatura preferida de Denish y en la que mejor nota saca. Hoy faltan diez alumnos de un total de 64, un absentismo que se dispara cuando arrecian las tormentas en otoño y primavera. Entonces, los caminos sin asfaltar se convierten en barrizales intransitables a pie. “Llegan los mosquitos que causan la malaria. También los mangos enferman y su fruta podrida transmite el cólera”, relata Denish desde su pupitre. El parásito de la malaria, inmune a las vacunas, es el culpable de una de cada tres muertes de niños menores de cinco años en Uganda. Mosquiteras como la que protege a Denish por las noches son repartidas gratuitamente por el Gobierno. Algunas familias las revenden en el mercado negro para sobrevivir.

La supervivencia aquí se mide en litros de agua. Un goteo incesante de mujeres y niños, algunos muy pequeños, con latas vacías de combustible sobre sus cabezas, recorre a diario los caminos que conducen a las cuatro fuentes del colegio de las que emana agua potable. Garantizan el abastecimiento no solo a los alumnos sino también a la población que vive diseminada en pequeñas aldeas varios kilómetros a la redonda. Allí también acude Denish a rellenar unos bidones que coloca en el centro y en los costados del compound para que los chicos siempre tengan las manos limpias. Especialmente antes y después de comer.

Denish lidera el taller para la fabricación de compresas reutilizables.
Denish lidera el taller para la fabricación de compresas reutilizables.

Pero donde se siente más útil es en los talleres en los que instruye a chicas, y también a chicos, en la confección de compresas reutilizables. Es un proyecto que arrancó hace tres meses simultáneamente en 50 escuelas ugandesas. Él fue uno de los seleccionados. Ante la atenta mirada de sus compañeros, que después tendrán que elaborar sus propias tiras higiénicas, Denish recorta trozos de tela y plástico que junta y cose para dar forma a unos rudimentarios pero efectivos apósitos. Una bobina de hilo a medio gastar y unas viejas tijeras pasan de mano en mano para que todos puedan fabricar el suyo. “Así podréis jugar y saltar sin que la sangre os lo impida”, dice levantando un murmullo de risas entre sus compañeras. Acaba el ejercicio y cada chica se lleva consigo dos compresas, para ir alternándolas cuando tengan la regla. De media, cada apósito les dura seis meses, es decir, seis menstruaciones.

Denish da una patada a un balón hecho de trozos de tela.
Denish da una patada a un balón hecho de trozos de tela.

A Denish le encanta la música, especialmente la del rapero Big Star. Las letras combativas que han convertido a este cantante en un ídolo local amenizaban sus fines de semana hasta que su viejo transistor dejó de funcionar hace meses. Cuando puede va a casa de su amigo Kennedy y, juntos, siguen escuchando sus canciones. La radio es su nexo con el mundo exterior –un 85% de niños ugandeses no tiene televisor y un 97% carece de acceso a un ordenador–, especialmente los sábados, cuando emiten programas dedicados a la infancia y la educación. Los disfruta casi más que el fútbol, que practica con sus cinco hermanos al llegar a casa. No lo hacen con una pelota hecha de trapo, como en el colegio, sino con un enorme limón que patean hasta que su corteza se resquebraja y deja de rodar. Jadeante y sudoroso, antes de ayudar a su madre con la cena, se declara hincha del Chelsea, donde milita el brasileño Willian, su jugador favorito. Quizá porque nunca en su vida ha visto jugar a Leo Messi

Ser niño en Uganda

  • Hay 23 millones de niños en Uganda, el 57% de la población. Cada mujer tiene de media cinco hijos 
  • Tres de cada diez menores de cinco años sufren desnutrición y dos millones de niños tienen retrasos de crecimiento 
  • El 96% de los niños están matriculados en la escuela primaria, pero solo el 67% la termina. Solo un 2% completa la secundaria 
  • El 54% no tiene radio, el 85% no cuenta con televisión y el 97% carece de acceso a un ordenador