Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La cabaña de 3x3 de Le Corbusier en La Costa Azul y otras chocitas famosas que prueban que no necesitamos más casa

Le Cabanon fue "un pequeño castillo extravagantemente cómodo". Un refugio parecido al que inspiró a Henry David Thoreau su obra más famosa, 'Walden o la vida en los bosques'. Ambos se pueden admirar ahora pasando las páginas de '¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible', editado por Gustavo Gili

cabaña le corbusier costa azul
Es difícil imaginar que esta sencilla cabaña ejemplifique el Modulor, la escala de proporciones antropomórfica de la que emanaban los edificios de Le Corbusier. Imagen extraída del libro '¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible' (Editorial Gustavo Gili, 2019).

Resulta paradójico que los libros dedicados a ese género de voyeurismo arquitectónico conocido como Cabin Porn ("porno de cabañas") tienen grandes dimensiones, cuando no enormes y resultan enormemente decorativos. Solo hay que ver –y agarrar con los dos brazos– un ejemplar de Cabin Porn, el libro que surgió del Tumblr del mismo nombre; o su secuela, Cabin Porn Inside. También están Cabins, The Hinterland, Off the Grid, Hide and Seek: the Architecture of Cabins and Hide-Outs y Cabin Style. Desde luego, todos ellos juntos saturarían la biblioteca de una cabaña, en caso de tenerla.

Lo cierto es que no están hechos para personas que vivan en una cabaña, sino para aquellas que, desde su piso urbano atiborrado de objetos, se pierde en ensoñaciones mientras pasan sus hojas satinadas. Esas mismas que imaginan cómo sería tener un pequeño refugio en el bosque en el que vivir de manera sencilla con lo mínimo.

La cabaña de 3x3 de Le Corbusier en La Costa Azul y otras chocitas famosas que prueban que no necesitamos más casa

En ese sentido, tiene toda la coherencia que un nuevo libro sobre el tema, ¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible, que acaba de publicar Gustavo Gili, sea ligero y pequeño. En una vivienda mínima, no le robaría mucho espacio a cualquier otra cosa esencial. Un paquete de arroz, por ejemplo. O uno de tiritas antimosquitos.

El autor, Urs Peter Flueckiger, toma prestado su título de un cuento de Tolstoi. Su protagonista, un hombre avaro obsesionado con aumentar sus propiedades, recibe la oferta faustiana de conseguir toda la tierra que pueda recorrer en un solo día y al acabar, rendido, se pregunta: "¿Cuánta tierra necesita un hombre?".

Crecemos a lo grande, soñamos en pequeño

En 1950, la media de una casa unifamiliar en EE.UU. no llegaba a los 90 metros cuadrados, mientras que en 2013 era de 240 m2 y habitadas por muchos menos integrantes. A pesar del enorme problema de acceso a la vivienda y de la proliferación de pisos “coquetos”, por no decir inhabitables, que denuncian en El zulista, lo cierto es que en España el tamaño del piso medio (de quien lo puede tener) también ha ido creciendo y según el Ministerio de Fomento, se sitúa en 122 metros cuadrados.

Crecen las casas y crecen los objetos que guardamos dentro. En 1974, escribe Flueckiger, la televisión estándar que veía toda la familia medía 19 pulgadas. El año pasado, las teles más vendidas en España tenían 49 pulgadas, pero el mayor crecimiento se concentró en las de 65 y 75.

Desde esas casas grandes y saturadas se sueña con cabañas pequeñas. “La cabaña, la puerta de escape, representa no solo un espacio físico a donde huir, sino un ideal, una metáfora de un lugar en el que las cosas están claras y bajo control, y donde no nos vemos desbordados por un flujo de datos digitales”, escribe Flueckiger, que niega las cabañas con WiFi.

El escritor reafirma la moda de los libros sobre cabañas porque, si no podemos tener nuestra propia casita, al menos permitirnos el gusto de contemplar casas donde evadirnos, en espléndidos entornos de ensueño. “Un lugar donde relajarse y establecerse, reflexionar sobre la vida y nosotros mismos”.

Cabañas con sello de autor

El libro se fija en dos de las cabañas más famosas de la historia, la del Walden Pond de Henry David Thoreau y Le Cabanon, la casita de madera que Le Corbusier regaló a su mujer, Yvonne, en Roquebrune–CapMartin, en la Costa Azul, donde el arquitecto pasó todos los veranos desde 1952 hasta 1965. Flueckiger, que es profesor en la Texas Tech University, ofreció a sus alumnos estos dos modelos para que construyesen la suya propia, una cabaña sostenible en las planicies altas del Oeste de Texas.

cabañas
'¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible' (Editorial Gustavo Gili, 2019).

La cabaña original de Thoreau ya no existe, pero sí hay una réplica, construida en los ochenta cerca del aparcamiento de la Reserva Estatal de Walden Pond, Massachusetts, y el lugar en el que se encontraba originalmente está cercado por con unas piedras. Thoreau la describió como “una casa de firme tablazón, revocada, de 10 pies de ancho por 15 de largo (tres por 4,6 metros), con pilares de ocho pies, con buhardilla y guardarropa, un ventanal a cada lado, trampillas de ventilación, puerta en un extremo y chimenea de ladrillo en el otro”.

Incluye además una tabla con el coste exacto de la casa, incluidos los clavos, bisagras tornillos, que ascendió a 28 dólares con 125 centavos (unos 25 euros). El escritor vivió allí, en esa casa construida en un terreno propiedad de su amigo Ralph Waldo Emerson, durante dos años, dos meses y dos días. Se alimentaba de las alubias que plantaba, de lo que recolectaba en el bosque y pescaba en el lago, pero se desplazaba habitualmente a la vecina localidad de Concord para lavar la ropa y visitar amigos.

Allí escribió parte de su libro más famoso, Walden o la vida en los bosques (1854). En él hace un comentario sobre su cabaña, contradiciendo la idea escapista de la cabaña moderna: “Es como si se tratara de construir un ataúd, la arquitectura de la tumba”.

Le Cabanon, un 'chateau' regido por el Modulor

Si la de Thoreau se acerca más al ideal ecologista y tiene que ver con la vida ascética, monacal, reducida al mínimo, la de Le Corbusier llega a conclusiones parecidas pero desde otro camino, el del experimento de estilo radical. El Cabanon original sí resiste y se puede visitar en los meses de verano, cuando se organizan algunas visitas guiadas mediante cita previa, que salen de la estación de tren de Roquebrune-Cap-Martin, a diez minutos de Mónaco.

cabañas
'¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible' (Editorial Gustavo Gili, 2019).

El arquitecto conocía la zona porque su mujer, Yvonne, provenía de un pueblo cercano a Menton. Su amiga y colaboradora, la diseñadora Eileen Grey tenía por aquella zona su casa de veraneo, la Villa E-1027. Más tarde, después de la guerra, se hizo también amigo de Thomas Rebutato, un fontanero que se había jubilado a la orilla del mar, abriendo un sencillo restaurante, el Étoile de Mer.

Fue en la mesa de l’Étoile, en escasos tres cuartos de hora, donde dibujó los croquis del Cabanon, y lo construyó al año siguiente. “Se suele pasar por alto que en esos 45 minutos de proyecto destilan, en realidad, más de cuarenta años de viajes alrededor del mundo, de innovadora experiencia en arquitectura, diseño y urbanismo", señala Flueckinger. "Le Corbusier se inspiró en su visita al monte Athos en Grecia y a la cartuja de Ema, en las afueras de Florencia, donde admiró las celdas de los monjes, que le parecieron unan espacio de vida ideal”.

El Cabanon le serviría también para aplicar con todo rigor su idea central, el Modulor, la escala de proporciones antropomórfica de la que emanaban sus edificios. En un programa para Radio France, el arquitecto definió su cabañita como un “chateau en la Costa Azul. Tiene 3,66 metros por 3,66 metros y lo hice para mi mujer; es espléndido y por dentro, extravagantemente confortable y bonito”.

cabañas
'¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible' (Editorial Gustavo Gili, 2019).

La amistad con Rebutato es básica para entender el Cabanon puesto que el restaurante era, a todos los efectos, su cocina. Construyó una puerta con acceso directo al restaurante, y eso le evitaba tener que guardar útiles de cocina. “Estoy tan a gusto en Le Cabanon que seguramente terminaré mis días aquí”, solía decir el arquitecto a sus amigos. La muerte le sorprendió muy cerca de allí, en las aguas de Roquebrune-Cap-Martin.

El 27 de agosto de 1965, cuando tenía 68 años, se levantó, tomo un rato el sol y se metió en el agua. A escasos 50 metros de la orilla, un bañista dijo que lo vio agitar las manos con angustia. Cuando llegó hasta él, ya lo habían rescatado y sacado a la arena, donde no se pudo hacer nada para reanimarlo.

Más información