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Jean-Christophe Rufin: “La UE vive una adolescencia tormentosa”

El diplomático, escritor, neurólogo y académico francés analiza la sensación de decadencia que asola a su país y la traumática relación con las excolonias

Jean Christophe-Rufin, en Madrid este 20 de septiembre.
Jean Christophe-Rufin, en Madrid este 20 de septiembre.

Jean-Christophe Rufin (Bourges, 1952) es un hombre de mundo. Como tal se fija en referentes a reivindicar, aunque hayan fracasado estrepitosamente en sus fines. Es el caso del conde August Benyovszky, un noble eslovaco que colonizó Madagascar para los franceses, que terminaron machacándolo. Lo cuenta en su novela La vuelta al mundo del rey Zibeline (de la editorial Armenia), el relato de lo que pudo llegar a ser un Simón Bolívar para las colonias galas, hombre cuya visión utópica vive una reivindicación en Francia de manos, entre otros, de Rufin, diplomático, médico, escritor, académico de las letras en su país y expresidente de Acción Contra el Hambre. Tras pasar por el Hay Festival de Segovia, abordamos con él la relación todavía traumática de Francia con las excolonias, las turbulencias en la UE y esa sensación de decadencia que asola a su país, para la que Rufin encuentra una causa: su anquilosada centralización.

Pregunta. Ha escrito usted una novela dieciochesca en el sentido de esa época como germen de la literatura voluntariamente europea. ¿Era esa su intención?

Respuesta. Si consideramos a los filósofos del siglo XVIII, dejaron de pensar el mundo desde su habitación, como lo hicieron sus colegas anteriormente. Abrieron las ventanas. Eso fue la Enciclopedia. Y se contagió a ciertas figuras, como el conde August Benyovszky: su historia representa una nueva faceta de la humanidad. Más abierta, con objetivos más globales. El problema fue que era demasiado pronto para lo que proponía. No fue comprendido. Ahora lo comenzamos a reivindicar como pionero de una diplomacia alternativa, más igualitaria con relación sobre todo a África. 

P. ¿Por qué?

R. Lo tildaron de mentiroso, exagerado, soñador, de mantenerse fuera de la realidad. Cuando lo que proponía para esos países no tenía nada que ver con las intenciones francesas de la época. Él buscaba algo más parecido a lo que se construía en Estados Unidos. Por eso va a contarle su experiencia a Benjamin Franklin. Cree que es el único que le comprenderá. No se conforma con algo que se limitara al tráfico de esclavos. Benyovszky pasó de ser un soldado a desarrollar un proyecto de unión utópica, más próximo a la visión de Simón Bolívar en América. Por eso los franceses lo mataron.

P. ¿Tanto hubiese cambiado el colonialismo francés de haber triunfado sus tesis?

“La herencia de la centralización es agobiante. Al atravesar Francia ¡puedes acabar comiendo en un McDonald’s!”

R. Sí. En el comercio, para empezar. Por otra parte, para no quedarse en una visión tan monolítica. Proponía otra mirada, otro futuro. Quizás para aplicar sus ideas entonces fue demasiado pronto, pero esperemos que ahora no sea demasiado tarde.

P. Usted de eso sabe, ha sido embajador en Senegal. ¿Cuál debe ser la relación de Europa con África?

R. Existen muchas Áfricas. Contextos radicalmente diferentes. Infunde esperanza ver cómo países que han salido del hambre y la violencia, como Ruanda o Etiopía, están superando en buenas direcciones sus retos con gentes de visión en el poder. Se desarrollan con mucha rapidez. Podemos entablar con ellos relaciones de igual a igual, lo que no es el caso respecto a algunos países de la zona occidental, como Senegal. Entran complejos coloniales en ambas direcciones que no han quedado resueltos. Y así no se puede arreglar apenas nada. Algo que no les ocurre con el Gobierno español, que es más hábil en sus relaciones con Senegal debido a la inmigración, bajo el paraguas de la UE. Los españoles no negocian con ellos con traumas de por medio. Para nosotros es como tratar problemas de familia aún muy presentes. Apenas hace 60 años que se independizaron y no rompimos los lazos tan radicalmente como hicieron los británicos con sus territorios.

P. ¿En qué medida juega China ahora sus bazas en África?

R. Entraron con fuerza y algunos Gobiernos los recibieron muy bien, pero hoy es el día en que comprenden que no se trata de un socio humanitario. Crece una evidente desilusión. Van a lo que van. Les extendían un cheque, por ejemplo, para que no reconocieran a Taiwán y luego veían qué podían sacar, sin importarles el medio ambiente, la formación de profesionales…

P. ¿Qué será de nosotros si Europa se desintegra?

R. No creo que ocurra. Simplemente, como en la vida de un ser humano, la UE está pasando por una adolescencia tormentosa. Ha crecido muy fuerte en muchos campos: económico y político, principalmente. Se resiente de eso. Hace poco hice un reportaje surcando el Danubio, muy centrado en los países del Este. Entrevisté a Viktor Orbán, un político, pese a sus posiciones, muy hábil. Le pregunté cuál había sido su mayor logro y me contestó: conseguir que los húngaros puedan destilar alcohol en sus propias casas. Así es Orbán, se alía con lo que más le conviene. De lo que me di cuenta es de que la prioridad o la máxima preocupación de esos países no es la inmigración, sino su país vecino. Eso es todavía un trauma de la desintegración del Imperio austrohúngaro, aún les afecta.

P. Dice el filósofo George Steiner que podemos comprender el mundo de hoy, sus logros y calamidades, fijándonos en la herencia del Imperio austrohúngaro. ¿Está de acuerdo?

R. Desde luego. Sus conexiones culturales son fuertes. Muchos sienten hoy cierto orgullo por ese pasado. Cuando franceses y británicos decidieron aniquilarlo abrieron la caja de Pandora. Y no hay que olvidar el papel que además desempeña ahí Rusia. Pero de manera desigual. Puede influir sobre los húngaros, pero no sobre los polacos, por el rechazo que les causan. Ahí, nunca. Y así en otros países.

P. Pasemos a Francia. ¿Por qué se sienten sus paisanos en decadencia?

R. La herencia de la centralización es muy agobiante. Desde Luis XIV es así. Eso crea un desequilibrio respecto a la organización del Estado. Otros países, como España, lo han resuelto bien con las autonomías. En las periferias, los que no viven en París muestran su descontento. Sienten que existen dos Francias. Cuando atraviesas el país y pasas por sus regiones a veces te sientes en un desierto, con gente desmotivada. ¡Puedes acabar comiendo en un McDonald’s! También ese reparto territorial causa tensiones, como pasa en Cataluña, pero, en general es un factor de desarrollo incuestionable. En Francia no existe eso y ha colapsado. La gente está furiosa, pero ningún líder local los representa. Ese sistema del que éramos los campeones se resquebraja y los países que han repartido el poder entre sus territorios están en una mejor posición; países más jóvenes como Alemania o Italia, y también España, que, con la llegada de la democracia, comprendió que debía establecer ese modelo.

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