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Los 12 desiertos más bellos (o casi) del mundo

Me fascinan los grandes espacios vacíos. Los desiertos, ya sean de arena, agua o hielo, son lugares energéticos donde el minimalismo del paisaje ayuda a encontrarte a ti mismo. Estos son algunos de los más bellos que conozco

namibia
Namib, el desierto que da nombre a Namibia, es de los más antiguos del mundo: 65 millones de años.

Escribo este post desde Namibia, el país de los desiertos bellos. Desde siempre sentí una atracción magnética por esas manchas blancas que aparecían en los viejos mapas cartográficos. Los desiertos son los lugares más energéticos del planeta. Al poco tiempo de estar viajando por esos grandes espacios vacíos te mimetizas con la sencillez del entorno. De repente notas que no necesitas nada, que los bienes materiales son superfluos, que el minimalismo del paisaje ha atrapado y anulado tus preocupaciones y que tu mente vuela por fin libre por esos espacios sin frontera. Es la limpieza de espíritu siempre soñada, la que buscaron todas las religiones y corrientes de pensamiento (no por casualidad los fundadores de las tres grandes religiones monoteístas usaron el desierto para meditar).  Estos son algunos de los desiertos más bellos que conozco y que más han influido en mi vida:

Namib (Namibia)

Posiblemente sea el desierto más bello del mundo. Dos mil kilómetros de dunas y salares en paralelo a la desolada costa de Namibia. En lengua local Nama, Namib significa grande, espacio enorme. Y doy fe de que lo es. El viajero visita apenas una esquinita de este canto a la desolación, que en realidad se extiende desde la frontera con Angola hasta la de Sudáfrica, aunque la zona más espectacular de dunas rojas abarca 320 kilómetros de longitud y 120 kilómetros en la costa central. Es el famosísimo parque nacional Namib-Naukluft, con dunas de hasta 360 metros de altura. Las más grandes del mundo. Hay una zona de acampada y un lodge de lujo a la entrada del parque. Altamente recomendable el vuelo en avioneta al amanecer sobre la duna 45, Soussesvlei y Deadvlei.

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Wadi Rum (Jordania)

Si tuviera que dar el premio a la belleza, categoría desierto de piedra, no hay duda: el Wadi Rum. Un escenario irreal con montañas de formas increíbles. ¿Cómo pudo la erosión tallar las montañas de esta forma tan maravillosa? Resulta difícil no enamorarse de este gran espacio vacío de montañas desnudas que parecen rematadas por cúpulas bizantinas, como decía el mismísimo Lawrence de Arabia, que cabalgó por sus dunas y montañas a lomos de su dromedario durante el levantamiento beduino contra los turcos en la I Guerra Mundial. Wadi Rum tiene rincones fabulosos, pero no se ven en una sola tarde. Mi consejo es que programes al menos dos noches allí, durmiendo en campamentos del desierto. Hay muchos y de diversa calidad; desde baratos y cutres hasta de lujo con baño privado.

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Sáhara (África del Norte)

La palabra desierto suele ir inexorablemente unida a la de Sáhara. Y es que el desierto del Sáhara, al menos para los viajeros del sur de Europa, ha sido siempre el epítome de la aventura. Aventura además cercana, pues solo tenías que cruzar el Estrecho y ya olías a dunas y hamadas. Hoy, por razones obvias, viajar por el sur de Argelia hasta Tamanrasset, donde se localiza la mayor y más bella porción del Sáhara, no es muy recomendable. Menos aún por Libia o Tchad. Pero tenemos la suerte de contar con un Sáhara en pequeñito, antesala del gran Sáhara en Merzouga (Marruecos), donde sí que es fácil y seguro llegar.

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Atacama (Chile)

Otra maravilla que hay que ver una vez en la vida. Atacama es un desierto de alta montaña. En vez de dunas de arena hay volcanes de más de 6.000 metros de altura, barrancas profundas y salares donde se acumula buena parte de las reservas de minerales estratégicos del mundo. Una serie de casualidades geológicas y climáticas convirtió esta zona del norte de Chile en la región más árida del planeta. Puede estar décadas sin llover y hay zonas donde jamás ha caído una gota. Cielos siempre azules y límpidos sobre los que se recortan las pirámides troncónicas de volcanes de nombre poético, como el Licancabur o el Lascar. El centro de operaciones para visitar la región es San Pedro de Atacama, pueblito de adobe fagocitado ya por el turismo, donde encontrarás alojamiento y todo tipo de servicios y excursiones.

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Uyuni (Bolivia)

Morfológicamente parecido al de Atacama (en realidad son la misma región geográfica), pero en Bolivia, está Uyuni, el mayor desierto de sal continuo y alto del mundo. Tan grande como Asturias, Uyuni se ubica a 3.650 metros de altitud, al suroeste de Bolivia. Posiblemente lleves un pedacito de Uyuni en tu móvil y no lo sepas: este salar alberga la mayor reserva de litio del mundo. La famosa foto en la que se reflejan las nubes solo se puede hacer en la época de lluvias, de enero a marzo, cuando una película de agua cubre parte de su superficie. Hay vuelos directos desde La Paz a Uyuni. Y multitud de buses turísticos, 4x4 y transportes locales, vía Oruro.

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Mojave (EE UU)

No sé si será el más bello, pero sin duda es uno de los más cinematográficos. El desierto de Mojave, o desierto Alto, se prolonga por buena parte del sur de California, suroeste de Utah, sur de Nevada y noroeste de Arizona, y se le conoce así por el pueblo indígena mojave que lo habitaba. La ruta interestatal 15, que va de Los Ángeles a Las Vegas, lo parte por la mitad y es la mejor manera de acercarse a sus muchos rincones. Porque dentro del Mojave hay cuatro parques nacionales o áreas protegidas: Joshua Tree National Park, Death Valley National Park, Mead Lake National Recreational Area y Mojave National Preserve. Por lo que conviene planificar bien la ruta y decidir cuáles quieres visitar, porque las distancias de una a otra son enormes.

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La Guajira (Colombia)

Cuando se habla de Colombia se piensa en ron, en café y en verde. Muy poca gente sabe que tiene también un desierto enorme y sugerente: La Guajira. Ocupa el extremo norte del país y es una península lejana, aislada, conflictiva, que se adentra en el Caribe y que comparte con Venezuela. Uno de los lugares más interesantes de La Guajira es el Cabo de la Vela, una aldea de humildes ranchitos de yotojoro y una única calle a lo Far-West que bien podría haberse caído de las páginas de una novela de García Márquez. No llega ni la energía eléctrica ni el agua canalizada y el hospedaje es de lo más básico. Un sitio alejado de todo, pero cada vez más frecuentado por viajeros atraídos por la belleza de un desierto costero de luces inquietantes y colores arrebatadores.

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Tabernas (España)

En España tenemos también desiertos. Pequeños, pero desiertos al fin y al cabo. Mi favorito es el desierto almeriense de Tabernas. Un escenario de película. Y no es una metáfora. Árido como pocos lugares del continente, reseco como la piel de un animal muerto, sin más hálito de vida que los espartales que cubren sus torturados relieves, Tabernas resulta tan impactante que desde hace décadas la industria cinematográfica (primero la del espagueti-western, luego muchos más géneros, incluida la saga Indiana Jones) ha usado estos decorados naturales para transportarnos, sin mudar una piedra de sitio, a los tórridos desiertos de Sonora, a las praderas de Texas o a las interminables planicies de Arizona. Tabernas es un lugar irreal, un pedacito de África que quedó varado en esta orilla del Mediterráneo cuando Hércules separó las dos columnas del estrecho de Gibraltar. Se accede por la autovía AS-92, entre Guadix y Almería.

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Baja California (México)

Un sitio por el que siento predilección en México es Baja, como la llaman los locales, esa península alargada entre el Pacífico y el Mar de Cortes que parece estar separándose del continente. Baja no es un desierto convencional. Es una selva seca, una jungla de espinas colonizada por millones de cactus y plantas crasas de todas las especies imaginables —cardones, cirios, biznagas, collas, datilillos, ocotillos...— muchos de ellos tan altos como un edificio de tres pisos. Un universo de arena y cactus alterado tan solo por la cinta de asfalto de la Mex-1, la mítica carretera que cruza de norte a sur la península. Durante los setenta y los ochenta, miles de jóvenes norteamericanos, seducidos por la cultura Beat de Allen Ginsberg y Jack Kerouac, llegaron a Baja a bordo de furgonetas Combi, de autocaravanas o de cualquier cosa que se moviera, bajo el lema sexo, tequila y marihuana, convirtiendo la Mex-1 en una metáfora de la huida y la transgresión. Hoy, vienen en avión a celebrar juergas de sexo y alcohol en el Spring Break en Cabo San Lucas o San José del Cabo.

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Nubia (Sudán)

Es una de las porciones más tórridas e inhóspitas del Sáhara, situada en la frontera entre el sur de Egipto y el norte de Sudán. Sin embargo, el río más largo y caudaloso de África, el Nilo, la parte en dos permitiendo que en sus orillas florezca una civilización de agricultores que hace unos miles de años llegó a dominar el Bajo Egipto bajo el reino de Kush, los faraones negros. Nubia es un lugar complejo para llegar (todo es complejo en Sudán), aunque hay vuelos desde Jartum a Dóngola y se acaba de terminar una carretera asfaltada hasta la gran curva del Nilo. Pero es el único desierto del mundo en el que puedes ir caminando por la arena y tropezarte con un campo de pirámides o una necrópolis abandonados hace 4.000 años para ti solo.

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Karakum (Turkmenistán)

Crucé este gran desierto del Asia Central en un viejo tren ruso por la Trans-caspian railway, la única línea férrea que se atreve a franquear estas desoladas planicies de arcilla rojiza (aunque el nombre, en turcomano, significa arenas negras). Los raíles se perdían en el infinito como líneas de fuga en la inmensa soledad de las planicies turkmenas. El Karakum ocupa casi 300.000 kilómetros cuadrados (el 10º desierto más grande del mundo) y está casi en su totalidad dentro de las fronteras de Turkmenistán. Y preñado en su interior de gas y petróleo. Era uno de los grandes obstáculos que tenían que atravesar las caravanas de la Ruta de la Seda. Turkmenistán es uno de los países más herméticos del mundo y solo se puede visitar acompañado por una agencia de viajes local.

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Groenlandia (Dinamarca)

¿Por qué pensamos que los desiertos son siempre marrones y de arena? Los hay también blancos. Los polos son en el sentido estricto, desiertos. Y también el interior de Groenlandia, una isla cubierta por un casquete de hielo en el que no hay vida alguna. Se llama Inlandsis y tiene 2.700 kilómetros de largo y hasta tres kilómetros de espesor. ¡Un cubito gigantesco! La misma sensación de lejanía, paz y soledad que había sentido antes en el Sáhara la tuve durante las dos semanas que pasé arrastrando un trineo por el interior del casquete helado de Groenlandia, caminando día tras día con la sensación de estar dentro de un gran vaso de leche, persiguiendo un horizonte esquivo que siempre estaba demasiado lejos. Magia pura. Y además, muy accesible. Quizá no para repetir la experiencia de cruzarla con esquís pero sí para explorar en verano la costa y los glaciares del sur, con varias agencias especializadas que lo organizan, como por ejemplo Tierras Polares.

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