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IDEAS ANÁLISIS i

Los consejos de los triunfadores no nos sirven para nada

A creadores, famosos y expertos se les piden pistas para quienes están empezando. Recurren a tópicos que no funcionan

Cartel de promoción de la escritora Margaret Atwood, en la Feria del Libro de Fráncfort de 2017. 
Cartel de promoción de la escritora Margaret Atwood, en la Feria del Libro de Fráncfort de 2017. 

Vivimos en la era gloriosa de los podcast, de la conversación pública y del interés sin límites por áreas nicho del campo académico. Este es un momento magnífico para ser un intelectual y tener amplia proyección pública, salvo por una cosa: esa parte de cualquier entrevista que tiene que ver con los “consejos”. Y es que cuando se considera que alguien tiene un gran conocimiento y despierta el interés del público, puedes apostar a que se le pedirá que dé pistas sobre cómo otros pueden seguir sus pasos. Y puedes también apostar a que esas pistas o sugerencias serán inútiles.

En una entrevista reciente, la novelista Margaret Atwood respondía a esta inevitable petición con el tan predecible consejo de que se debe escribir cada día. Más adelante —quizá porque en esa misma conversación había reconocido que ella no lo hacía— añadía: “Yo no lo hago, pero deben hacerlo. Si estás empezando, es algo bueno”.

Luego continuaba (sospecho que se dio cuenta de lo poco sabio que era su mensaje): “Pero lo más importante es que nadie va a ver lo que has escrito hasta que tú se lo des. Por eso no debes estar cohibido cuando escribes. Es algo entre la página y tú. Y si no te gusta, la papelera está ahí”.

Puesto que “no sentirse cohibido” es un consejo bastante inútil para alguien que se siente así, lo que realmente vino a decir Atwood es: “Debes estar listo para tirar a la basura lo que escribes”. Que viene a ser lo mismo que “practica”. Si le pides a alguien consejo sobre cómo ser escritor y te dice “escribe”, parece complicado oír esto sin sorna. Atwood es una escritora brillante y exitosa. Posee gran sabiduría fruto de toda una vida haciendo frente casi a diario a la batalla contra la página en blanco. Con su respuesta trató de darle al entrevistador lo que le pedía, ser útil, ¿por qué sus palabras suenan huecas y tópicas?

En una entrevista, Margaret Atwood ­respondía que un escritor principiante debe escribir todos los días

Entiendo a Atwood. Cuando mis alumnos llegan a mi despacho pidiendo consejos y estrategias para ser filósofos, me retuerzo anticipadamente por la estupidez que estoy a punto de soltar. Mi consejo no es malo en el sentido de que les llevará por mal camino, pero sí lo es porque no les llevará a ningún sitio. Es como si, justo antes de dar el consejo, pulsase un botón que succionase toda la parte importante y terminara diciendo básicamente una nadería.

Este problema no aqueja a toda forma de ayuda verbal. Hay que hacer una distinción entre “consejo”, “instrucciones” y “coaching”. Das instrucciones a alguien para que alcance una meta que es un instrumento para conseguir otro objetivo ulterior (que no conoces). Así es como alguien puede dirigirse a una biblioteca siguiendo tus direcciones si quería llegar allí; o como logra cargar un cartucho de tinta en una impresora, etcétera. Por el contrario, el coaching —o entrenamiento entendido en un sentido amplio— tiene que ver con un trabajo transformador de guía hacia algo con valor intrínseco, como una victoria deportiva, intelectual o incluso social.

Las instrucciones hacen que seas mejor en algo que tú independientemente valoras, mientras que el coaching puede mejorar tu capacidad para evaluar —te da pistas sobre qué es importante, ya sea en el plano intelectual, físico o emocional—. Este entrenamiento adopta muchas formas (enseñar filosofía puede ser una de ellas, y creo que mi terapeuta también es un determinado tipo de entrenador), pero siempre implica invertir tiempo de manera que se genere una historia educativa común. El coaching o entrenamiento siempre es personal.

Al usar la palabra “consejo” se trata de combinar lo impersonal con lo transformador. Son como “instrucciones para la autotransformación”. El novelista principiante no se acerca a Atwood en busca de instrucciones sobre cómo utilizar un procesador de texto, y tampoco está pidiendo que Atwood sea su coach literaria. Quiere lo que le podría dar esta última, pero transmitido como si fueran instrucciones. Eso no existe. De ahí que quien ofrece un consejo se vea condenado a repetir cosas que suenan sensatas y que ha escuchado a otra gente: pensamientos tan descafeinados que no queda nada.

El problema aquí es el desencaje de forma y contenido. El conocimiento instrumental afecta a temas universales. Siempre que tengamos “x”, dará “y”. Esto yo lo puedo transmitir a otro sin que exista entre nosotros una conexión sólida. En cambio, en la información destinada a quien quiere convertirse en algo, interviene siempre el punto particular del camino en que este se encuentra, entre la total ignorancia y la casi perfección. ¿Cuáles son sus debilidades? ¿En qué destaca? ¿Qué empujoncitos le ayudarían? Solo alguien que conozca bien a la persona puede saberlo. Una carrera a la que otros aspiran está repleta de correcciones minúsculas, vías muertas, retrocesos, reorientaciones y ruido de fondo. Es tan idiosincrásica, única y particular como el propio ser humano.

Cuando los usuarios no se están peleando en Twitter, se explican unos a otros con alegría y esmero cómo vivir

Supongamos que Atwood nos hiciese un relato detallado de cómo llegó a ser quien es y pormenorizase qué fue especialmente formativo. Ningún aspirante a escritor intentaría utilizarlo como patrón. Porque si hay algo que con toda seguridad Atwood no hizo, por ejemplo, cuando se mudó a Berlín o aceptó un empleo de profesora de gramática, fue seguir los pasos de otro. Al parecer, la moraleja de la historia de cualquier persona que haya destacado es que no intentaba replicar la de otra. Una de las paradojas de los consejos es que aquellas personas a las que con más probabilidad se les pedirá son quienes tienen menos probabilidades de haber seguido el de otros. Sus proyectos para “llegar a ser” son los más singulares.

Sería estupendo que la información capaz de transformar los valores de una persona se pudiese transmitir con tanta facilidad como las indicaciones para llegar a un sitio. En un mundo así, las personas podrían ser de grandísima ayuda invirtiendo poco en los otros. El mito del consejo reside en la posibilidad de transformarnos unos a otros con un contacto superficial. Por eso no sorprende que haya tanto intercambio de consejos en las redes sociales. Cuando los usuarios no se están peleando en Twitter, se explican unos a otros con alegría y esmero cómo vivir. En ese contexto, los consejos son como una cháchara trivial o pegamento social: hacen que la gente sienta que se llevan bien unos con otros sin tener que estar unidos bajo un clima común.

Seguramente no haya nada malo en esto siempre que no contamine los espacios en los que la asistencia real es posible. Yo no tengo consejos ni trucos que dar a mis alumnos sobre cómo convertirse en filósofos. Mi conocimiento está en el esfuerzo de la argumentación filosófica; en leer viejos libros, extraer premisas y desmenuzarlas. Puedo ayudar a alguien a mejorar en el oficio enseñándole a hacer más de esto y menos de aquello. No puedo ayudarle a ser filósofo sin ser su profesora de filosofía, de la misma manera que no puedo dar un masaje sin tocar a una persona. La verdadera ayuda exige contacto. Quienes mueven los dedos fingiendo tener poderes mágicos, en realidad no nos llevan a ninguna parte.

La verdadera ayuda exige contacto. No obstante, vale la pena señalar que no todo contacto tiene que adoptar una forma bidireccional. Atwood puede ser de mucha utilidad a jóvenes y personas confusas a las que nunca ha conocido, porque puede que ellas sí la hayan conocido a ella. Ese es mi caso. En su novela Ojo de gato hay una imagen que lleva acompañándome casi 30 años: la de la niña que se arranca la piel de la planta de los pies para sobrellevar su soledad y su alienación. Es la imagen del reconocimiento de la propia diferencia y del castigo que alguien se autoinflige por ello, y al mismo tiempo, del sufrimiento como un juego que se juega con uno mismo, haciéndose así dueño del dolor. Cuando era adolescente, la relacioné con la historia de la sirenita, que sufre de manera similar por su humanidad, y con mi propia sensación de que el proceso de autocreación implicaba una buena dosis de violencia contra mí misma. Imagino que seguiré descifrando esa imagen toda mi vida, aprendiendo de ella por el camino.

Agnes Callard es profesora de filosofía en la Universidad de Chicago. Este texto ha sido publicado originalmente en The Point Magazine. Traducción de Newsclips.

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