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ENTREVISTA

“No veo razones en nuestra época para el optimismo”

El politólogo y periodista estadounidense David Rieff actualiza su libro 'Una cama por una noche' en el que mantiene su dura crítica al sistema de ayuda humanitaria

David Rieff, autor de 'Una cama por una noche', en la sede de Penguin Random House Grupo Editorial en Madrid.
David Rieff, autor de 'Una cama por una noche', en la sede de Penguin Random House Grupo Editorial en Madrid.

David Rieff (Boston, 1952) es un pesimista. "No es un delito", insiste el analista político y periodista estadounidense. La realidad le da las razones para serlo, dice. Quienes por el contrario son optimistas y piensan que el mundo está mejor que nunca y que el sufrimiento humano se ha reducido respecto a épocas pasadas, no son racionales, sino místicos. Es su opinión. Él, sin embargo, asegura analizar "sin sentimientos". Es lo que trata de hacer en sus libros, también en Una cama por una noche (Debate), que publicó por primera vez en 2003 y que ha actualizado recientemente en nueva edición. Aun revisado, su crítica al sistema de ayuda humanitaria es la misma: las organizaciones llamadas a proporcionar alivio a los seres humanos que sufren en una crisis se están alejando de su propósito original y han aparcado su principio de neutralidad poniendo en riesgo su capacidad para llegar a las víctimas. De visita en Madrid para el relanzamiento de su obra, Rieff mantiene esta entrevista en castellano, que aprendió en México, uno de los numerosos países en los que ha vivido.

Pregunta. ¿De verdad no tiene ni un solo motivo para el optimismo? 

Respuesta. No veo razones en nuestra época para el optimismo. Y el optimismo es, o debería ser, un asunto empírico. Y cuando miro el mundo, no niego la existencia de progreso, alguien que va al dentista cree en el progreso por definición, pero creo que hay más razones para el pesimismo. Sobre todo por el cambio climático. Comparto el miedo de los jóvenes. Yo no viviré para ver la catástrofe, pero me parece probable que mi hija la viva.

P. No tiene motivos para el optimismo. ¿Y para la esperanza?

R. Los evangélicos dicen: “¿Has oído las buenas noticias?”. Y la respuesta es no. No puedo aceptar la sentimentalidad de los argumentos de los biempensantes. Creo que hay que mirar el mundo de una manera más fría.

P. ¿Piensa entonces que las guerras y las crisis humanitarias no tienen solución?

R. Cada guerra y cada crisis tienen una solución. Pero pensar que se puede poner fin a la guerra me parece una tontería adolescente, a pesar del hecho de que muchas personas de buena voluntad creen en esta posibilidad. Cada guerra y crisis se van a terminar. No hay ninguna permanente. Incluso las guerras más atroces se han terminado. Creo en la diplomacia. Y en el trabajo humanitario. Lo admiro. Mi libro critica una versión excesivamente amplia de la acción humanitaria. Por un lado, la cooptación de la misma por parte de los Estados. Y del otro, el matrimonio de la acción humanitaria y de los movimientos para los derechos humanos. Me parece una alianza equivocada.

P. ¿Cuál es, en su opinión, la forma correcta de acción humanitaria?

R. Mucho más limitada. La acción humanitaria no puede solucionar los problemas. Al contrario, el proyecto de un Estado de derecho internacional de los movimientos de derechos humanos es una solución. Para mí, son dos propuestas en cierto sentido antitéticas. Una ONG humanitaria tiene que negociar con verdugos porque lo importante es poder dar ayuda. A menos que pensemos en militarizar la acción humanitaria, que me parece un error capital, y precisamente es lo que quieren hacer los Estados, como EE UU por ejemplo en Afganistán, donde las agencias humanitarias forman parte del proyecto de la guerra americana. La instrumentalización del humanitarismo por los Estados es un peligro. El otro peligro de decir que podemos servirnos de la ayuda para reformar el mundo. Creo un poco excesivo pedir que las ONG humanitarias solucionen los grandes problemas de nuestro mundo. Para mí, su trabajo es esencial, admirable, pero que no puede servir como una revolución moral o política. Y los derechos humanos, sí.

P. La neutralidad es uno de los principios humanitarios, pero ¿negociando con verdugos se puede mantener?

Una ONG humanitaria tiene que negociar con verdugos, porque lo importante es poder dar ayuda

R. Si no se trata con verdugos no hay acción importante, porque donde no hay verdugos no hay crisis. Se tiene que negociar con ellos. Es el contrario, el revés, de los principios fijos de los derechos humanos. No puedes decir que un crimen de guerra cometido por un grupo con el cual simpatizas está bien; y cuando el mismo crimen lo comete uno que odias, es condenable. Pero una ONG humanitaria debe pensar cada día, cada hora, si seguir con el proyecto o si los daños son mayores que los beneficios. Ese es el problema de la acción humanitaria. Y por eso creo que pensar, como muchos lo hacen, en el mundo humanitario y la defensa de los derechos humanos como si fueran hermanos gemelos es equivocado. La neutralidad no existe. Como tampoco la objetividad. Pero es esencial tratar de acercarse lo más posible. La neutralidad es una ilusión, pero una necesaria.

P. ¿Las ONG y la ONU se han desviado demasiado del principio de neutralidad?

R. Creo que la ONU es una organización dominada por los países más poderosos. No tiene identidad independiente. En tiempos de guerra, la ONU puede aliviar, pero ¿solucionar sin el apoyo de China, EE UU, la Unión Europea? No. Y cada país importante tiene sus protegidos, como es el caso de EE UU con Israel, China con Myanmar, Rusia con Siria…

P. ¿De qué modo influye esto en la acción humanitaria?

R. La acción humanitaria tiene posibilidades muy limitadas. Y con la falta de respeto del derecho internacional, sobre todo, las leyes de guerra, los humanitarios trabajan, en cierto sentido, sin apoyo.

P. Con tantos conflictos en la actualidad y récord de refugiados en el mundo, ¿cree que la ONU ha fracasado en el propósito por el que fue creada?

R. Creo que un sistema establecido hace 70 años, sin reformas importantes, es un fracaso por definición. Muchos hablan de una reforma de la ONU, pero nunca ocurre. Del Consejo de Seguridad… parece imposible. Hemos hablado de la reforma del Consejo desde los años 70. No diría exactamente que es un fracaso. Diría que las esperanzas en la ONU han sido exageradas. Como en la Corte Penal Internacional. En el momento del Tratado de Roma, se hablaba de ella como una revolución en términos de justicia global. Y vemos ahora que no. Que es una corte para verdugos sin amigos. Y por supuesto no hay ninguna posibilidad de poner ante esta justicia a norteamericanos, chinos, rusos…

P. ¿Cómo debería ser esa reforma para tener unas Naciones Unidas más eficaces?

R. Creo que el sistema tiene la derrota en su ADN. La ONU fue construida por las grandes potencias. A ellas les gusta así.

P. Respecto a las ONG humanitarias, no todas reciben críticas en su libro, algunas se salvan… ¿qué tienen de diferente?

R. Hay muchas ONG que hacen un trabajo admirable en el terreno. Oxfam, Cáritas, Save the Children, Médicos del Mundo, etcétera. Y tengo mucha admiración para su trabajo. Pero si hablamos de la perspectiva intelectual y moral, prefiero la versión limitada de la acción humanitaria. Y en mi opinión hay únicamente dos organizaciones que han cuidado esta misión más modesta. Son El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y Médicos sin Fronteras (MSF). Este libro, en un sentido, es una apología de la visión de MSF.

P. En otros libros es también crítico con la eficacia de la cooperación internacional para el desarrollo para luchar contra el hambre, la pobreza y reducir la desigualdad. ¿Tampoco sirve como solución?

Creo un poco excesivo pedir que las ONG humanitarias solucionen los grandes problemas de nuestro mundo

R. La desigualdad es un hecho. No tiene que ver con que sea un pesimista. En este caso no. La desigualdad crece. La cooperación en este momento no funciona para reducirla. Y vamos a ver si los grandes logros de nuestra época, sobre todo en la lucha contra las enfermedades y epidemias, con la catástrofe ambiental, van a perdurar. No estoy convencido. Pero es una especulación, qué sé yo, no soy adivino. Pero me parece que no tenemos buenas respuestas.

P. Reconoce entonces que ha habido avances... aunque estén en riesgo por la crisis climática.

R. El desarrollo tiene unos resultados mixtos. Hay éxitos, pero el país que ha conseguido los más importantes progresos en términos de desarrollo y salida de la pobreza es China, una dictadura absoluta. Y no ha compartido el modelo de desarrollo de la ONU o la Fundación Gates. Hay que admitir que muchos de los éxitos en términos desarrollo han ocurrido en países autoritarios: Vietnam, China, Etiopía, Ruanda… Dictaduras, hay que decirlo. Excluyendo China, las cifras de desarrollo son muy malas.

P. ¿También requiere reformas el sistema de cooperación?

R. Cada 10 años, el mundo del desarrollo dice: "Bueno, estábamos equivocados en el pasado, pero esta vez entendemos lo que hacer y vamos a hacerlo correctamente". Y después de 10 años…

P. Cuando las organizaciones ven cuestionado su trabajo, suelen responder: ¿Y entonces qué hacemos, nada? ¿Cuál es, en su opinión, la alternativa?

R. Esta respuesta la conozco bien. Me la han dado toda mi vida profesional. Les diría que el proyecto de desarrollo es político y que imaginar que puede ser un proyecto técnico es un error fundamental. Pero, por supuesto, si entran en política, muchos regímenes van a excluirlos. Y no quieren salir de los países. Hasta cierto punto, hay que admitir que el sistema no funciona. Con China, las cifras son un éxito. Sin ella, son una catástrofe.

P. ¿Es la suya una crítica constructiva?

R. ¿Qué quiere decir constructiva? No me interesa reformar un sistema completamente roto. No veo por qué esto es un delito. He oído toda mi vida: "Tu crítica no es constructiva". La crítica es crítica. No quiero formar parte de un think tank prodesarrollo. Al contrario. Quiero escribir e invitar a las personas a reflexionar sobre la coherencia del sistema. En este sentido, para mí es constructiva y para ellos la antítesis. Hay muchas personas en el sistema de desarrollo que creen que soy destructivo.

P. ¿Cuánto pesa su experiencia personal en su forma de pensar?

R. Mi experiencia en terreno me ha marcado, por supuesto. Pero espero que mi pesimismo llegue de un pensamiento coherente y no solo por las cosas horribles que he vivido. Escribí tres libros antes de cambiar de profesión y pasar al terreno de la guerra. Y no creo que haya cambiado tanto mi perspectiva esencial.

P. Ha vivido en muchas partes del mundo, ¿hay en algún sitio en el que haya pensado que así, como son allí, deben ser las cosas?

R. ¿Un lugar mejor? Uruguay. Me gusta. Es un pequeño país fuera del juego. No puedo decir esto de países importantes. Países como Uruguay son más humanos.

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